GISELLA ME DEVUELVE EL TELÉFONO

HISTORIAS

Una inesperada mañana de domingo en una iglesia del centro

Por Hernán Iglesias Illa

Empiezo con una anécdota, casi una parábola, sobre algo que me pasó hace unas semanas.

Domingo a la mañana, me subo al 102 para ir al club y me pongo el celular en la entrepierna, contra el asiento, para maniobrar el Kindle con una mano y sostener con la otra la bolsa donde tengo la botella de ron que le voy a regalar más tarde a mi viejo para su cumpleaños 85. Voy leyendo La casa del lago, de Thomas Harding, la historia de un bungalow en las afueras de Berlín que primero fue de un médico judío, después de un compositor amigote de los nazis y, más tarde, habitado por una serie de familias durante el régimen comunista.

Concentrado en el libro estoy a punto de perderme mi parada, pero salto ágil y aprieto el botón a tiempo. Bajo del colectivo de un saltito, pongo mi cara en la pantalla de reconocimiento facial y entro al club. Parece que va a ser un gran día, pero 20 metros después de cruzar el molinete me doy cuenta de que me dejé el celular en el 102. La sensación es demoledora, por el teléfono en sí, que era nuevo, y por ser tan boludo.

Corro por todos lados buscando a Irina, mi mujer, a quien encuentro abrigada y sola frente a la cancha donde nuestro hijo juega al fútbol. La bombardeo con información y urgencia, a ella le cuesta entender qué corno me pasa, eso a su vez me frustra: perdemos segundos valiosos. Le pido que llame al teléfono que quedó en el 102, a ver si atiende alguien: suena, no pasa nada. Irina me sugiere volver a casa y fijarme en mi computadora si aparece en la aplicación para encontrar teléfonos. Agarro el auto y cuando llego a casa tengo mensajes de Irina con el contacto de una mujer, Gisella, que dice haberlo encontrado. En la computadora veo cómo la bolita de la app, con mi teléfono, avanza por Uruguay desde Guido hacia Santa Fe, el recorrido del 102 pero en dirección contraria.

Le escribo: “Hola Gisella! Soy Hernán, el dueño del iphone que encontraste! Gracias!”. Me dice que está yendo a la iglesia, que a eso de las dos de la tarde (son las 12:30) puede dármelo. A pesar de la buena noticia, no me doy por satisfecho. Un poco pesado, le digo que es el cumpleaños de mi papá (menciono el número 85, para agregar dramatismo) y que me espera para almorzar. “¿Te puedo encontrar en la iglesia?”, le pregunto. Me responde que está llegando. Es verdad, puedo verlo en la app. “Avisame cuando estés afuera”, agrega. Le digo cómo estoy vestido (pantalón azul, abrigo verde) y salgo para allá.

La reunión de la iglesia es en el Teatro Avenida, a una cuadra y media de la 9 de Julio. Estaciono en doble fila y me bajo a buscar a Gisella. El lugar está lleno de chicos y chicas jóvenes bien vestidos, como los católicos de otra época, que se ponían su mejor ropa los domingos, y entusiasmados, alegres, expectantes. Se me acercan algunos con auriculares o walkie-talkies, porque me ven desorientado, y me tratan con muchísima amabilidad. No la conocen a Gisella, pero se ofrecen para buscarla. Durante varios minutos no aparece, pero estoy confiado de que todo va a salir bien, no sé por qué. Mientras espero, observo el clima de la reunión, que me gusta, y googleo rápido a Hillsong, la iglesia que convoca, un grupo evangélico de origen australiano y con sedes en medio mundo.

Después de un rato aparece Gisella y me da el teléfono, que reconozco desde lejos por los stickers de Messi que me regaló mi hijo. Es una chica linda, joven, de pelo negro, bien puesta. Torpemente le ofrezco una gratificación, mientras agarro los 100 dólares que tengo en el bolsillo del abrigo. Me dice que no, por favor. Le insisto y otra vez me pone una mano en el brazo, para evitar que le dé nada. Vuelve rápido para adentro, porque el servicio está a punto de empezar. Me subo al auto, cruzo Plaza Congreso y doblo en Callao para buscar a mi familia y salir de la ciudad hacia San Isidro, donde mis hermanos y mis sobrinos nos están esperando.

Mientras manejo, pienso en el doble gesto de Gisella: primero, el de encontrar un teléfono en el colectivo y responder los mensajes desesperados de su dueño despelotado, cuando perfectamente podría haberlos ignorado; y segundo, el de negarse a aceptar una recompensa, a pesar de que, siento, el contrato tácito entre argentinos permite recibir plata si uno ha hecho lo correcto. Con su gesto perfecto, firme pero no exagerado, Gisella pareció decirme que, para ella, con hacer lo correcto le alcanzaba. Eso me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo: bien porque recuperé el teléfono y me ahorré 100 dólares y mal porque había sido, de los dos, el único que le había puesto un precio a nuestra breve relación.

Después me pongo a pensar en otra cosa que sentí durante mis diez minutos en el lobby del Teatro Avenida, esta mañana de domingo transformado en una iglesia. Me doy cuenta de que me cayeron bien esos chicos y esas chicas que ahora mismo deben estar cantando y rezando, participando juntos de algo que para ellos es importante y les da sentido. Hace algún tiempo, en mi larga etapa de ateo liberal a la Dawkins o Hitchens, me habría reído o burlado de ellos, de sus pastores, de sus canciones melosas y su código moral estricto.

Ahora me he vuelto, por ponerle un nombre, pluralista, en el sentido de que respeto a las personas religiosas e incluso las valoro, sobre todo su falta de cinismo, aunque piensen distinto de mí en una variedad de temas. Antes pensaba que el declive de la religión era una buena noticia para Occidente, ahora estoy menos convencido. Me di cuenta, además, que el desprecio liberal progresista por las iglesias pentecostales es en parte una cuestión de clase, del sofisticado urbano que en teoría defiende a los pobres pero desdeña su fe y su cultura. Esto es lo que se ve, por ejemplo, en la serie de Netflix El Reino, un retrato impiadoso y cruel de las iglesias evangélicas.

Hace unos meses fui a visitar a Osvaldo Carnival en su iglesia de Caballito, invitado por su hijo Sebastián, y me llevé una impresión parecida, la de gente que quiere sumar y no pretende mucho más que mover las cosas un poquito para el lado del bien. Vi en los pibes que se acercaban a la iglesia, y también a la universidad que armaron al lado, ganas de progresar, de mejorarse a sí mismos, gente humilde con garra buscando ir para adelante, que prefiere ser salvada por Dios antes que por el Estado o la militancia política. Lo mismo me pareció ver en Gisella. Con los Carnival conversamos durante casi dos horas y, cuando me levanté para irme, Osvaldo me propuso cerrar la charla con una oración. Al principio me incomodó, pero después me la tomé en serio. No recé, exactamente, pero tampoco observé la escena desde afuera, con la distancia irónica de cronista ateo con la que la habría mirado unos años antes.

Revista Seúl




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