OPINIÓN
Dios creó el universo; el hombre inventó el reloj
Por
Osvaldo J. Capasso

¿Qué es el tiempo?
La pregunta parece sencilla porque todos creemos conocer la respuesta. Vivimos pendientes del reloj, contamos los días, celebramos aniversarios, tememos envejecer y repetimos que el tiempo pasa, vuela, cura, destruye, se pierde, se gana, se estira o se acorta.
Ahora bien, intentemos definirlo sin utilizar palabras que ya supongan temporalidad. No podemos decir que es una sucesión, porque suceder implica un antes y un después. Tampoco que mide el cambio, porque cambiar significa abandonar un estado para adquirir otro. No sirve hablar de duración, transcurso, comienzo, final, permanencia o espera: todos esos vocablos contienen aquello que pretendemos definir.
La conclusión inicial es incómoda: hablamos constantemente del tiempo, pero no podemos mostrarlo ni definirlo sin introducirlo previamente en la definición.
Vemos cuerpos que se desplazan. Vemos materia que se transforma. Vemos células que se reproducen, metales que se oxidan, astros que giran y organismos que envejecen. Vemos las agujas de un reloj trasladarse sobre una esfera o átomos oscilar dentro de un instrumento. Pero ¿alguien vio alguna vez al tiempo?
Algo inexistente no se estira ni se encoge.
El movimiento no necesita un río invisible
Cuando una persona sube una escalera pasa de un peldaño a otro. Lo que existe empíricamente es el movimiento de su cuerpo en el espacio. Mientras asciende, su corazón late, la sangre circula, los músculos se contraen y se producen innumerables reacciones químicas. A ese conjunto de transformaciones lo ordenamos y comparamos mediante otro movimiento regular: el de un reloj.
El reloj no contiene tiempo. Contiene materia en movimiento.
Si deja de funcionar, no se detiene el universo; se detiene el mecanismo. Si adelanta o atrasa, no se ha acelerado ni retrasado una sustancia cósmica. Simplemente ha variado el proceso físico elegido como patrón.
Por eso corresponde invertir una frase aceptada sin examen: no cambiamos porque pasa el tiempo; construimos la idea de tiempo porque advertimos que todo cambia. No envejecemos debido a que una entidad invisible nos atraviesa. Envejecemos porque la materia que integra nuestro organismo se transforma, acumula alteraciones y pierde determinadas capacidades de reparación.
El universo no necesita avanzar por el tiempo. Le basta con moverse, interactuar y modificar sus configuraciones. El devenir no sería un viaje por una cuarta dimensión, sino la propia dinámica de la creación.
La objeción inevitable: ¿cómo hay movimiento sin antes y después?
Quien defienda la existencia del tiempo formulará una objeción atendible: para que un cuerpo se traslade debe ocupar una posición y luego otra. Si eliminamos lo anterior y lo posterior, quedarían solamente dos fotografías inmóviles y no podríamos demostrar que entre ellas hubo movimiento.
La objeción es seria, pero contiene aquello que pretende probar. Da por supuesto que el orden entre configuraciones debe pertenecer a una dimensión llamada tiempo. ¿Por qué no podría ser una propiedad causal del propio movimiento? Una semilla contiene condiciones que permiten el desarrollo del árbol; el árbol no produce retroactivamente la semilla. Esa dirección pertenece a la estructura de los procesos materiales, aunque ninguna sustancia temporal los transporte.
Decir que una configuración deriva de otra no obliga a imaginar un recipiente dentro del cual ambas se alojan. El orden causal puede ser real sin convertirse en una cosa adicional. De igual manera, la distancia expresa una relación entre posiciones sin transformarse por ello en un objeto depositado entre dos cuerpos.
En esta concepción existen secuencia, causalidad y devenir. Lo que se niega es que esas relaciones necesiten una entidad autónoma que las produzca. Llamarlas «temporales» no demuestra la existencia del tiempo; solamente revela hasta qué punto nuestro lenguaje fue construido alrededor de esa categoría.
Aristóteles, Agustín y una pregunta que lleva siglos
Esta duda no nació con la física contemporánea. Aristóteles sostuvo en el Libro IV de la Física que el tiempo se encuentra ligado al movimiento y que es su número o medida según lo anterior y lo posterior. No lo concibió como un objeto que pudiera existir con absoluta independencia de los cambios. Mucho después, Leibniz también rechazó el tiempo absoluto y lo entendió como un orden de relaciones entre acontecimientos, en oposición a la concepción de Newton de un tiempo que fluiría por sí mismo.
San Agustín formuló en sus Confesiones una de las expresiones más honestas de la filosofía: si nadie le preguntaba qué era el tiempo, creía saberlo; cuando debía explicarlo, ya no lo sabía. Observó además una paradoja difícil de superar: el pasado ya no es, el futuro todavía no es y el presente, si permaneciera, no sería tiempo sino eternidad.
No se trataba de un mero juego verbal. Agustín comprendió que el tiempo carece de consistencia propia cuando se intenta aislarlo. Lo que llamamos pasado subsiste como memoria; el futuro, como expectativa; y el presente, como atención de la conciencia. De ese modo trasladó el problema desde una supuesta corriente exterior hacia la experiencia interior del hombre.
Tomás de Aquino recogió la idea aristotélica: sin movimiento no habría tiempo. Y al referirse a Dios distinguió la prioridad de la eternidad de una prioridad cronológica. Dios no habría esperado durante una cantidad infinita de años para crear, porque hablar de un «antes» de la creación supone colocar al Creador dentro del calendario de la criatura.
Entonces la afirmación de que el tiempo no posee existencia autónoma no constituye una extravagancia reciente. Forma parte de una discusión milenaria entre quienes lo conciben como un recipiente real e independiente y quienes entienden que no es nada fuera de las relaciones, los movimientos y los acontecimientos.
Einstein: lo comprobado y lo interpretado
La teoría de la relatividad modificó para siempre la física. Negarlo sería necio. Sus ecuaciones producen predicciones confirmadas con una precisión extraordinaria. Los relojes atómicos situados a diferentes alturas no mantienen exactamente el mismo ritmo; el movimiento relativo modifica las comparaciones entre relojes; y los sistemas de navegación por satélite necesitan correcciones relativistas para funcionar correctamente.
Pero una cosa es el resultado experimental y otra su interpretación ontológica.
Supongamos dos brújulas colocadas en el mismo lugar del mar. Si acercamos un imán a una de ellas, las agujas señalarán direcciones diferentes. Nadie concluiría que aparecieron dos nortes. Entenderíamos que una fuerza afectó el funcionamiento de uno de los instrumentos.
Con los relojes la cuestión es más compleja, porque los efectos relativistas no alcanzan solamente a un mecanismo defectuoso: distintos relojes y procesos físicos acompañan las mismas relaciones. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de los Estados Unidos logró medir diferencias entre relojes atómicos separados por apenas treinta y tres centímetros y, más recientemente, por alrededor de un milímetro. Eso confirma la predicción matemática de Einstein.
¿Qué demuestra exactamente? Demuestra que los procesos físicos comparados no evolucionan al mismo ritmo bajo distintas condiciones de movimiento y gravedad. No permite colocar dentro de un recipiente una porción de «tiempo dilatado» ni observar una entidad temporal estirándose.
La física denomina tiempo propio a lo que registra un reloj a lo largo de determinada trayectoria. Es una definición operacional eficaz. Sin embargo, todavía puede formularse la pregunta prohibida: ¿se alteró el tiempo o se modificaron coordinadamente los procesos de la materia sometida a diferentes condiciones?
Si ambas formulaciones generan exactamente los mismos cálculos, el experimento no decide por sí solo cuál de las dos describe la realidad última. La matemática acredita relaciones; no siempre resuelve la naturaleza metafísica de aquello que relaciona.
Esto no refuta a Einstein. Delimita el alcance de su teoría. La relatividad puede ser impecable como modelo físico y, al mismo tiempo, quedar abierta la discusión acerca de si el tiempo constituye una dimensión fundamental, una propiedad emergente o una abstracción construida para ordenar transformaciones.
Einstein concluyó correctamente la relatividad especial y la general. Lo que no consiguió fue completar su proyecto posterior de una teoría unificada de los campos. No corresponde atribuir ese fracaso a su tratamiento del tiempo. Sí corresponde preguntarse si la exitosa geometría relativista debe ser interpretada necesariamente como la descripción definitiva de lo que existe.
La ciencia tampoco ha cerrado el debate
La divulgación suele presentar el espacio-tiempo como una malla que se hunde bajo el peso de los astros. Es una imagen útil pero engañosa: utiliza la gravedad para representar geométricamente la gravedad y puede llevar al lector a confundir una analogía con una sustancia física.
Los agujeros de gusano, los viajes hacia el pasado y otras figuras seductoras son posibilidades o soluciones matemáticas bajo ciertas hipótesis; no hechos observados que obliguen a creer que el hombre puede desplazarse libremente por el tiempo.
Inclusive dentro de la física existen posiciones que cuestionan su carácter fundamental. Julian Barbour ha sostenido que no hay un río invisible de tiempo, sino configuraciones completas del universo, «ahoras» relacionados entre sí. Carlo Rovelli explica que en formulaciones fundamentales de la gravedad cuántica la variable temporal puede desaparecer y que aquello que experimentamos como tiempo surge en determinados niveles macroscópicos y termodinámicos.
Esto no significa que exista consenso científico sobre la inexistencia del tiempo. Significa algo más modesto y a la vez decisivo: la ciencia no ha clausurado la pregunta.
La segunda ley de la termodinámica introduce la llamada flecha del tiempo mediante el aumento de la entropía. Un vaso cae y se rompe, pero sus fragmentos no vuelven espontáneamente a reunirse. No obstante, allí observamos irreversibilidad material: dispersión de energía e información. Decir que esa irreversibilidad es causada por el tiempo agrega algo que el fenómeno no muestra necesariamente. Tal vez la flecha temporal sea simplemente el nombre que damos a la dirección estadística de las transformaciones.
En otras palabras, la ciencia sabe medir con enorme exactitud. Lo que todavía discute es qué está midiendo cuando mide tiempo.
El Génesis: días antes del Sol
La Escritura comienza con una afirmación, no con una ecuación: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Allí aparecen el Creador y la creación. Aparecen la luz, la oscuridad, las aguas, la tierra y la vida. No encontramos, en cambio, un acto separado mediante el cual Dios cree una sustancia denominada tiempo.
El relato habla de tarde y mañana desde el primer día, pero las grandes lumbreras aparecen recién en el cuarto. Génesis 1:14 señala que servirán como signos para las estaciones, los días y los años. Es decir, los astros proporcionan referencias para contar y ordenar ciclos.
Este detalle impide imponer sin discusión nuestra jornada solar de veinticuatro horas a los primeros días de la creación. ¿Cuánto duró el primer día antes de existir el Sol como regulador de nuestros días? ¿Veinticuatro horas, un año, miles o millones de años? La Escritura no lo define.
Quizás porque su propósito no era entregarnos un cronómetro de la creación. La palabra «día» puede señalar una jornada, una etapa o una unidad narrativa según el contexto. Lo fundamental no es la cantidad de minutos, sino el orden de la obra: Dios dispone, separa, reúne, produce y contempla que aquello creado es bueno.
La tarde y la mañana describen configuraciones y alternancias. No prueban que detrás de ellas corra una entidad invisible. Yahweh creó una realidad dinámica; el hombre observó sus regularidades y fabricó calendarios.
Daniel y la llave que permanece sellada
Daniel 12 profundiza el misterio. El hombre vestido de lino anuncia «un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo». Daniel oye, pero no entiende. Cuando pregunta por el desenlace, recibe una respuesta que debería moderar la soberbia de todo intérprete: las palabras permanecerán ocultas y selladas hasta el tiempo final.
Los versículos siguientes mencionan 1.290 y 1.335 días. Durante siglos se intentó convertir esas cifras en calendarios exactos. Algunos las vincularon con Antíoco IV y la profanación del Templo; otros con acontecimientos posteriores; otros con un cumplimiento futuro. No existe hasta hoy una interpretación universalmente demostrable.
El problema no se encuentra solamente en la cantidad. También es necesario identificar el acontecimiento inicial, determinar el valor de la unidad profética y comprender los cuarenta y cinco días adicionales. La cifra fue revelada; la llave completa no.
Otra vez, la Escritura no define qué es el tiempo. Establece etapas y acontecimientos cuyo cumplimiento pertenece a Dios. El «tiempo final» no necesita concebirse como una estación ubicada en una vía cósmica. Puede ser la consumación de aquello que Yahweh ha dispuesto.
El hombre pretende conocer la fecha porque desea controlar el acontecimiento. Dios entrega lo necesario y conserva lo que pertenece a su soberanía.
La eternidad no es una cantidad interminable de años
Cuando afirmamos que Dios es eterno solemos imaginar una vida que se prolonga infinitamente hacia atrás y hacia adelante. Pero ésa continúa siendo una imagen humana: una hilera interminable de días.
La eternidad divina es otra cosa. Dios no envejece, no espera, no recuerda porque haya olvidado, ni aguarda un futuro que desconoce. Su existencia no depende de movimientos materiales. Para Él no habría un pasado perdido ni un mañana todavía inexistente. Como expresó Tomás de Aquino, nuestro lenguaje aplica a Dios palabras temporales porque la inteligencia humana, ligada a lo compuesto y cambiante, intenta comprender la eternidad mediante aquello que conoce.
Yahweh no existe dentro del espacio y del tiempo como un objeto más grande que los demás. Es el fundamento de todo cuanto existe. «Yo soy el que soy» no expresa una biografía sometida al reloj; expresa plenitud de ser.
La creación sí cambia. No porque una fuerza llamada tiempo la empuje, sino porque fue creada con movimiento, causalidad, interacción y devenir. Dios no está sujeto a esas transformaciones: las sostiene.
El hombre no crea de la nada
Ningún ser humano crea en sentido absoluto. Transforma, combina, imita y reorganiza aquello que ya existe. Vio volar a los pájaros y construyó un avión: una máquina admirable, aunque pesada, ruidosa y rígida frente a la gracia del original. Consiguió reproducir un resultado sin crear el vuelo ni las leyes que lo hacen posible.
Lo mismo ocurre con el reloj. El hombre observó el recorrido aparente del Sol, las fases de la Luna, las estaciones, los latidos y las oscilaciones. Después dividió, numeró y comparó esos movimientos. Creó el segundo, la hora, el calendario y las convenciones necesarias para organizar la vida colectiva.
Pero de allí no se sigue que haya creado ni descubierto una cosa llamada tiempo. Pudo haber construido una extraordinaria herramienta conceptual y luego haber confundido el instrumento con la realidad.
El reloj permite coordinar encuentros, calcular velocidades, estudiar transformaciones y formular leyes. Su utilidad es indiscutible. También lo es la utilidad de una línea imaginaria sobre un mapa. Pero nadie cree que el paralelo o el meridiano se encuentren pintados sobre la superficie terrestre.
Una variable matemática puede resultar indispensable sin poseer existencia material autónoma. El símbolo t ordena las ecuaciones. Eso no obliga a atribuirle la condición de sustancia, fuerza o río que atraviesa el universo.
¿Atravesamos el tiempo o el tiempo nos atraviesa?
Si el tiempo existiera como una realidad que fluye, deberíamos poder responder una pregunta elemental: ¿nosotros nos desplazamos a través de él o él nos atraviesa a nosotros?
Ninguna de las dos alternativas puede mostrarse empíricamente. Percibimos movimientos y transformaciones, pero no el supuesto flujo. Decimos que el tiempo nos envejece, aunque sabemos que el envejecimiento responde a procesos biológicos. Decimos que el tiempo destruye los edificios, aunque identificamos humedad, oxidación, erosión, movimientos del suelo y fatiga de materiales.
El tiempo termina convertido en una causa sin mecanismo. Se le atribuye aquello que realizan la materia, la energía y sus interacciones.
Afirmar que algo ocurre «con el tiempo» suele ocultar que todavía no explicamos suficientemente el proceso. El lenguaje cotidiano personifica una abstracción: el tiempo cura, juzga, revela, borra y pone las cosas en su lugar. Pero el tiempo no hace nada. Hacen las personas, actúan los organismos y se transforma la materia.
Una tesis, no un dogma
Sería contradictorio cuestionar un dogma científico para reemplazarlo por otro. La afirmación «el tiempo no existe» debe entenderse en su sentido preciso: no existe como entidad autónoma, independiente de los acontecimientos, capaz de fluir, estirarse, encogerse o actuar sobre la materia.
Existe la medición temporal. Existen relaciones de orden, causalidad y simultaneidad relativa. Existen procesos con ritmos diferentes bajo condiciones distintas. Existen memoria, expectativa y conciencia de la finitud. Todo eso es real. Lo discutible es que necesitemos añadir una sustancia temporal para explicarlo.
La carga de la prueba no corresponde solamente a quien cuestiona. Quien afirma que el tiempo posee existencia física propia también debería definirlo sin recurrir a sinónimos y mostrarlo separado de los movimientos utilizados para medirlo.
Mientras eso no ocurra, resulta legítimo sostener que la física ha construido una geometría extraordinariamente eficaz para relacionar acontecimientos, pero no ha demostrado que el tiempo exista de la misma manera en que existen una partícula, un campo o un cuerpo.
Dios creó el devenir; el hombre fabricó el reloj
Tal vez la mayor dificultad para aceptar esta idea no sea científica, sino existencial. Necesitamos creer en el tiempo porque nos permite imaginar que poseemos una cantidad: «todavía tengo tiempo», «perdí tiempo», «me queda tiempo». Convertimos la vida en un crédito depositado a nuestro nombre.
Pero nadie tiene comprada la vida.
No sabemos cuántos movimientos, encuentros o despertares nos quedan. El mañana no es una propiedad; es una posibilidad. La conciencia de nuestra finitud no proviene de que veamos avanzar una aguja, sino de que sabemos que la materia que nos constituye puede dejar de sostener la vida.
Precisamente por eso no deberíamos postergar una palabra de amor, un perdón o un abrazo confiando en una entidad que supuestamente nos entregará otra oportunidad. El reloj puede señalar una fecha futura; no puede garantizarnos que llegaremos a ella.
Yahweh creó cuanto existe. Creó materia, energía, movimiento, orden y vida. El ser humano observó esa creación, contó sus ciclos y llamó tiempo al resultado.
No nos desplazamos por el tiempo: nos transformamos mientras nos movemos por el espacio. El universo no envejece; cambia.
Quizá, entonces, la expresión correcta no sea que el tiempo pasa. Pasamos nosotros, de una configuración a otra, dentro de una creación que jamás permanece inmóvil y cuya totalidad solamente conoce Dios.
El hombre fabricó el reloj. El cumplimiento, como enseña Daniel, sigue perteneciendo a Yahweh.
Tribuna de Periodistas
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