OPINIÓN
No fue un error de cálculo ni una anomalía perdida en alguna ecuación
Por Iván Nolazco
+1 y −1 cometieron un error que la matemática no había previsto. Se enamoraron.
No fue un error de cálculo ni una anomalía perdida en alguna ecuación. El problema era bastante más serio. Durante siglos habían ocupado lugares opuestos con una disciplina ejemplar, separados por el cero y por esa antigua costumbre humana de sospechar de todo aquello que lleva un signo diferente.
Hasta que una noche +1 cruzó una distancia que ningún teorema le había prohibido cruzar y descubrió algo perturbador. −1 estaba exactamente tan lejos del cero como él.
|+1| = |−1| = 1
Aquello que para un matemático era una igualdad elemental, para ellos resultó una declaración de amor. Y entonces comenzaron los problemas.
Los positivos consideraron que +1 estaba confundido. Los negativos sospecharon de las intenciones de −1. El 7, que desde que supo que era primo se había vuelto insoportablemente vanidoso, afirmó que ciertas relaciones atentaban contra el orden natural de los números. El 2 prefirió guardar silencio. Bastante tenía con ser el único primo par y cargar desde siempre con la sospecha de ser una excepción.
El cero escuchaba desde su casa. Vivía entre ambos territorios y había desarrollado la prudencia de quienes pasan demasiado tiempo en medio de discusiones ajenas. Algunos decían que no era nada. Otros sabían que bastaba colocarlo después de un número para transformar su magnitud. Él nunca corregía a nadie. Había aprendido que quienes parecen no valer nada suelen guardar secretos que los demás descubren demasiado tarde.
+1 y −1 siguieron viéndose y pronto comprendieron que el verdadero problema no era matemático. Ningún axioma había establecido que positivo significara bueno y negativo significara malo. Eso lo habíamos hecho nosotros. Convertimos dos signos matemáticos en categorías morales. Hablamos de personas positivas, noticias negativas, balances positivos y pensamientos negativos como si la recta numérica hubiera escrito alguna vez un código de conducta.
Los números jamás pidieron semejante responsabilidad.
−1 puede representar un grado bajo cero, una deuda o un desplazamiento en sentido contrario. +1 tampoco constituye necesariamente una bendición. Una enfermedad puede registrar crecimiento positivo y nadie celebraría el resultado. Los signos describen relaciones, posiciones y sentidos. Somos nosotros quienes terminamos llenándolos de virtudes y culpas.
Una madrugada, mientras estaban sentados cerca del cero, −1 preguntó qué veía +1 cuando la miraba.
—Mi contrario —respondió.
−1 guardó silencio.
—Y también mi reflejo.
Entonces comprendieron la simetría. +1 habitaba a la derecha del cero y −1 a la izquierda. Aquello, matemáticamente, solo indicaba posición, pero los humanos tenemos la extraña habilidad de convertir la izquierda y la derecha en algo mucho más complicado que dos direcciones. Para los números no había ideología, superioridad ni culpa. Había distancia. Ambos estaban exactamente a una unidad del cero. Diferentes en el signo, iguales en valor absoluto.
|+1| = |−1| = 1
Quizá por eso resultaba tan difícil explicar su amor. Los demás insistían en mirar hacia qué lado estaba cada uno, mientras ellos habían descubierto que lo verdaderamente importante era la distancia que los separaba del mismo centro.
Eran una contradicción perfectamente ordenada.
Quizá por eso decidieron hacer lo que hacen casi todos los enamorados cuando quieren averiguar si una relación funciona. Intentaron sumarse.
+1 + (−1) = 0
Desaparecieron.
La recta entera entró en pánico. Los positivos responsabilizaron a los negativos y estos respondieron acusando a los primeros. El 7 proclamó que siempre había sabido cómo terminaría aquello. Durante horas buscaron restos de ambos hasta que alguien tuvo la ocurrencia de golpear la puerta del cero.
Apareció con una taza de café en la mano.
—¿Dónde están?
—Aquí.
Miraron alrededor. Solo estaba él.
—Ustedes siguen confundiendo equilibrio con desaparición —dijo antes de cerrar la puerta.
A la mañana siguiente +1 y −1 volvieron a ocupar sus lugares.
No habían sido destruidos. Sus magnitudes se habían compensado exactamente. El cero no era la nada que todos suponían. Era un número, el elemento neutro de la suma, la frontera entre positivos y negativos y una de las piezas fundamentales del sistema posicional. Un cero solo parece insignificante, pero basta colocarlo después del uno para obtener diez, añadir otro para conseguir cien y continuar hasta que la imaginación se canse antes que la matemática.
Tal vez por eso la humanidad tardó tanto en domesticarlo. Siempre nos resultó más sencillo imaginar cosas que comprender la ausencia de ellas.
+1 y −1 quisieron probar nuevamente su relación, esta vez multiplicándose.
(+1)(−1) = −1
Los positivos protestaron. Parecía que −1 había arrastrado a +1 hacia su territorio. La celebración de los negativos duró apenas hasta que alguien recordó otra operación elemental.
(−1)(−1) = +1
Ahora protestaron ellos.
El cero siguió tomando café.
La matemática acababa de recordarles que sus reglas no estaban interesadas en nuestras preferencias. Menos por menos da más no porque el universo sea optimista, sino porque la estructura algebraica necesita conservar su coherencia. Y acaso allí resida una de las bellezas menos evidentes de la matemática. No necesita complacernos para funcionar.
Con el tiempo dejaron de esconderse. Primero fueron observados con curiosidad, luego tolerados y finalmente aceptados. No porque los demás comprendieran por completo aquella relación, sino porque hasta los prejuicios terminan agotándose cuando la realidad insiste demasiado.
Ninguno cambió de signo.
Eso era importante.
+1 no necesitó volverse negativo para comprender a −1, ni −1 convertirse en positivo para merecer la aceptación de los demás. Permanecieron diferentes y precisamente allí estaba la belleza matemática del asunto. La igualdad de su valor absoluto no borraba la diferencia de sus signos.
Una noche comenzaron a preguntarse algo mucho más peligroso. Querían saber si ellos mismos existían.
Fueron a buscar al cero y lo encontraron mirando un cielo que aquella noche parecía haber multiplicado sus estrellas.
—¿Existíamos antes de que los seres humanos aprendieran a contar? —preguntó +1.
El cero no respondió.
La pregunta llevaba siglos esperando una respuesta.
¿Inventamos los números o los descubrimos?
Si los inventamos, +1, −1, π y √2 son construcciones extraordinarias de la mente humana. Pero existe otra posibilidad mucho más inquietante. Quizá las relaciones matemáticas estuvieran allí antes que nosotros. Mucho antes de que alguien escribiera el primer número, dos estrellas ya eran dos estrellas. Los planetas describían órbitas antes de que existieran ecuaciones capaces de calcularlas y las proporciones habitaban la naturaleza cuando todavía ningún geómetra había trazado un triángulo.
Entonces aparece uno de los grandes misterios del conocimiento. ¿Cómo puede una criatura encerrada en un pequeño cerebro, perdida sobre un planeta menor, escribir símbolos sobre una hoja y utilizarlos para predecir eclipses, calcular la trayectoria de una nave o describir partículas que jamás podrá tocar?
Tal vez nosotros inventamos el lenguaje de la matemática. Lo inquietante es sospechar que la gramática estaba funcionando mucho antes de nuestra llegada.
El cero parecía saberlo, aunque continuaba guardando silencio.
Pasaron años, siglos o apenas algunos segundos. Dentro de una recta infinita, medir el tiempo parecía una preocupación bastante humana. Una noche +1 y −1 decidieron marcharse juntos hacia algún lugar donde nadie conociera su historia. Eligieron el infinito.
El cero sonrió.
—¿Hacia cuál?
Fue entonces cuando comprendieron que tampoco el infinito era tan sencillo como habían imaginado. Cada uno podía avanzar indefinidamente en sentido contrario al otro y, por mucho que caminaran, jamás ocuparían el mismo punto conservando sus valores. La matemática podía aceptar aquel amor, pero no estaba dispuesta a falsear sus propias reglas para regalarles un final feliz.
−1 pensó entonces que estarían separados para siempre.
El cero les pidió que se midieran.
De +1 hasta él había exactamente una unidad. De −1 hasta él, también.
d(+1,0) = d(−1,0) = 1
La misma distancia y sentidos contrarios. Una simetría perfecta.
Habían cometido un error mucho más humano que matemático. Creyeron que estar juntos significaba necesariamente ocupar el mismo lugar. Pero podían conservar sus signos, sus posiciones y sus diferencias mientras permanecían unidos por una relación que ninguno podía construir sin el otro.
Antes de regresar a sus respectivos territorios, −1 preguntó al cero qué ganaba permaneciendo eternamente entre ambos.
El cero tardó en responder. Nadie le había preguntado jamás qué sentía alguien condenado a permanecer exactamente en medio de todas las cosas.
Miró hacia los dos extremos de la recta y confesó que él también estaba enamorado.
—¿De quién? —preguntaron.
El cero señaló hacia donde los números dejaban de poder contarse.
—Del infinito.
+1 y −1 se miraron divertidos. Le recordaron que jamás podría alcanzarlo.
—Precisamente —respondió.
Aquella madrugada regresaron cada uno a su lugar. Ya no intentaron destruir la distancia que existía entre ellos. Habían comprendido que ciertas diferencias no necesitan desaparecer para que una relación sea verdadera.
El cero quedó nuevamente solo frente a una recta que continuaba hacia lugares donde nadie llegaría jamás. Antes de dormir escribió sobre su puerta |+1| = |−1|, contempló la igualdad durante unos segundos y después la borró.
Había descubierto que aquella historia nunca había tratado solamente de dos números enamorados. Hablaba también de nuestra obstinación por confundir igualdad con identidad, diferencia con distancia y oposición con enemistad.
Pero guardaba una última ironía.
+1 y −1 habían conseguido aceptar que jamás serían iguales y que no necesitaban serlo. El único que seguía atrapado en un amor imposible era precisamente aquel a quien todos consideraban vacío.
El cero.
Enamorado desde siempre del infinito.
Quizá porque el infinito tiene una forma particularmente cruel de corresponder a ciertos amores. Permanece delante de nosotros mientras avanzamos y se aleja exactamente lo necesario para que nunca podamos decir que ha terminado.
Tribuna de Periodistas

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