OPINIÓN
En la nueva serie de Netflix sobre su vida, la diva arranca independiente y empoderada, pero después se pregunta cuál es el costo de no necesitar nunca a nadie
Uno de mis primeros recuerdos de Moria Casán es una tapa de Radiolandia donde se la mostraba gigante arriba de un escenario, con la carne abundante desbordando un enterizo diminuto y un título que decía: “¿No es demasiado, Moria?” Esto era en los ‘80, Moria tenía unos kilos de más, había cumplido 40 y las revistas se lo recordaban siempre que podían. Para los varones de mi generación, en cambio, lo más importante de la foto era esa carne, que en nuestra imaginación quedó identificada con el despertar sexual propio y el de la sociedad democrática.
La serie Moria, que estrenó Netflix la semana pasada, se hace cargo de todo esto y celebra el camino de auto-creación de su protagonista, que se inventó a sí misma y no le debe nada a nadie: cambió de nombre, dejó atrás los mandatos burgueses y se tiró de cabeza a la pileta de la fama, donde nadó durante décadas sin ahogarse. La serie es inteligente y tiene energía, aunque se va oscureciendo a medida que avanza, quizás sin darse cuenta. La chica ambiciosa y empoderada que domina a los hombres en los ‘70 atraviesa el siglo XXI enganchada a la cocaína y a la obsesión por estar en televisión, que viene todas las tardes a su jardín de Parque Leloir para grabarla despotricar contra personajes menores. “Es todo un juego”, le dice Moria a su hija Sofía, que para ese momento ya es el corazón moral de la serie, y no le cree. Nosotros tampoco.
El aporte de Sofía Gala es importante como personaje pero también como actriz, porque interpreta a su madre en los primeros tres episodios (de ocho) de la serie. Su Moria, la del origin story (papá militar, la Facultad de Derecho, la llegada de casualidad al teatro de revistas), se lleva el mundo por delante sin marco teórico ni segundas intenciones: es una Moria que va al frente, escapando de algo que no sabemos qué es. ¿Qué quiere Moria, además de ser famosa o, como le dice a Susana Giménez en un taxi en los ‘70, “inmortal”?
La relación con Susana es interesante porque refleja lo que la serie quiere decir al principio sobre Moria y lo que dice al final. La Moria joven es presentada como un personaje superior a Susana, que se embarazó joven, sufre por los hombres y, cuando le preguntan qué quiere, responde “millonaria”. Moria, en cambio, es ambiciosa, domina a los hombres y aborta cuando tiene que hacerlo: que nada se interponga en su camino. Décadas más tarde se encuentran en una peluquería y la sabia es Susana, un poco más zonza pero en paz consigo misma mientras Moria, ahora en la piel de Griselda Siciliani, que le da un rictus severo, sigue a toda velocidad buscando vaya uno a saber qué.
A pesar de su codificación reciente como ícono gay y estrella de la galaxia peronista, la primera Moria, por decirlo en peronistés, se salva sola: no necesita de nadie ni quiere necesitar a nadie. Es casi una parodia de lo que los progresistas creen que es la meritocracia libertaria, autosuficiente y transaccional: “No soy nostálgica de nada”, dice en un momento. “No siento culpa ni arrepentimiento”, explica más tarde. A su hija de cuatro años le dice, en un clip ahora viral, que quiere vivir “con ella” pero no “para ella”, una idea glacial de la maternidad. La serie al principio celebra esta posición, la de la Moria hecha a sí misma, insolente y deseante que en la cama no se arrodilla adelante de ningún hombre (los hombres, en cambio, varias veces se arrodillan adelante de ella). Pero a medida que pasan los episodios, la luminosidad inicial deja paso a un clima más oscuro, incluso literalmente, porque en la quinta de Parque Leloir no para de llover.
Moria es careta en este sentido: cada vez que aparece la cocaína es para decir que alguien es un inútil (Luis Vadalá, segundo marido), se volvió mala persona (la Moria de Siciliani) o está perdida en la vida (la Sofía adolescente). Uno podría decir que todo esto es una lectura forzada, que la serie es apenas un entretenimiento, pero el marco narrativo elegido por el director, Javier Van de Couter, en el que la Moria actual, de 80 años, supervisa maquetas como una titiritera que ve todo y sabe todo, refuerza en el espectador la idea que las escenas elegidas son exactamente lo que Moria ha elegido contar. Y lo que ha elegido contar no es sólo una colección de grandes éxitos y ascenso meteórico gracias al empoderamiento femenino sino, también, una historia de aprendizaje.
El villano es la TV
Para mí el gran villano de la serie es la televisión, más la del siglo XXI que la del siglo XX, la obsesión con el vivo, el conflicto, la exposición y la pelea permanente. Lo que vacía a Moria no es aparecer en bolas en el teatro ni en bikini en las películas de Olmedo y Porcel, episodios recordados casi como juegos inocentes. Tampoco la vacían los matrimonios con hombres menores, uno bobo y malo (Vadalá) y otro bobo pero bueno (Castiglione). Lo que vacía a Moria es la picadora de carne de los chimentos y los reality shows, Jorge Rial y Marcelo Tinelli, tener que ejercitar las peores emociones todos los días durante casi todo el día. El viejo espectáculo de mostrar las tetas, sugiere la serie, era menos destructivo que el nuevo espectáculo de explotación de su personalidad.
Esta Moria de los programas de chimentos, de jurado del Bailando y las tardes en Intrusos, es la Moria más fresca en la memoria, la de los memes inolvidables y la reina de “putos, tortas y travas”, como se celebra ella a sí misma. Pero también es una Moria cuesta abajo, abandonada y abandónica, cansada de ir siempre para adelante, sin pedir nunca perdón ni arrepentirse de nada. Rial y Tinelli, sus socios-jefes de aquella época, terminaron deformados en muecas de sí mismos, desprestigiados y fuera de tiempo. En un final bastante emotivo, la propia Moria, sin actrices de por medio, rodeada de familia, amigos y el compañero Pato Galmarini, parece advertirnos que podría haber terminado como ellos.
En su peor momento, lo que le muestra a Moria que no puede seguir así es el proyecto de sus memorias, que no son un libro de victimización ni de autoayuda pero sí de auto-revelación. Después de patinar durante décadas por la superficie de su vida, escribir le permite a Moria mirar más profundo. Lo hace con la ayuda de su editora, un personaje traído de otra serie: urbana, intelectual y asexuada, distinta de los chupamedias y sicofantes de la TV, la editora incomoda a Moria, le hace preguntas que nadie le hizo. Lo que rescata a Moria de la vida resentida, acelerada y cocainómana, por lo tanto, no es la política ni la religión ni la espiritualidad: es la escritura. He aquí una linda defensa del ensayo a lo Montaigne como protección frente al mundo. El libro, además, es lo que la reconecta con su familia, es decir, con su hija y sus nietos, destino final y a toda orquesta de la parábola moriana. En Marty Supreme, que vi el otro día, un personaje carismático obsesionado por la fama acumula anécdotas inolvidables pero vacías hasta encontrar, en la toma final, el sentido que buscaba: su hija recién nacida. En Moria pasa algo parecido: la fama es divertida y excitante pero vacía y agotadora; no vale la pena, sugiere la serie, si te desgarra tu familia.
Si la televisión es la villana, la heroína no es Moria sino Sofía Gala. Toda la serie puede ser leída como una larga carta de amor de una madre a su hija, que le responde con la única interpretación amorosa de su personaje. Siciliani y Cecilia Roth, para mí, eligen admirar otras cosas, cierta dureza, cierto carácter imperial, de madre superiora queer, que la serie justo en ese momento está tratando de desmontar. A pesar de todos los maltratos y los pésimos ejemplos que veremos en los episodios siguientes, Sofía interpreta a su madre sin juzgarla ni endiosarla, encontrándole ternura donde parece no haberla. Ese “no quiero vivir para vos”, de los labios de Sofía actriz para la Sofía niña de ficción, se transforma, un par de horas después, en un “solo me interesa vivir si es para vos”. Aquella Moria que se salva sola al principio cambia a un “nadie se salva solo” pero no en el sentido comunitario de El Eternauta, tomado después por las redes peronistas, sino en algo más específico y pequeño, que mucha gente sabe desde el principio pero a otros, como a Moria, les lleva un tiempo aprender.
Revista Seúl

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