MACRI, MILEI Y EL SÍNDROME DE ROBERT THE BRUCE

POLÍTICA

Hay películas que uno recuerda por una escena. Y hay otras que, con los años, terminan pareciéndose demasiado a la vida

Por
Ricardo Raúl Benedetti 

Corazón Valiente es de esas. William Wallace pelea por la libertad de Escocia con una idea casi ingenua para cualquier político profesional: hay cosas que no se negocian. Frente a él están los ingleses, pero también los nobles escoceses. Hombres que comparten, al menos en parte, la causa de la independencia, aunque tienen otras preocupaciones: sus tierras, sus privilegios, sus alianzas, su futuro. Y entre ellos está Robert the Bruce. Bruce quiere una Escocia libre. Pero también quiere ser rey de esa Escocia. Ahí empieza la tragedia.

Porque las grandes causas suelen ser bastante sencillas hasta que aparecen las personas encargadas de llevarlas adelante. Wallace cree que, llegado el momento, los nobles estarán con él. Bruce duda. Los nobles calculan. Los ingleses avanzan. Y en Falkirk, cuando llega la hora de la verdad, algunos de aquellos hombres que parecían formar parte de la misma causa terminan negociando con el enemigo. Wallace pierde la batalla. Después vendrá el arrepentimiento de Bruce. Volverá a pelear, liderará la independencia y será coronado rey. Pero hay una pequeña diferencia entre ellos: Bruce llega a la corona; Wallace, a la ejecución. La independencia de Escocia sobrevive. El hombre que la encarnó, no.

Siempre me impresionó esa historia. Quizás porque tiene algo que a los argentinos nos resulta muy familiar. Cambian las montañas escocesas por Buenos Aires, los castillos por despachos, las armaduras por trajes y los ingleses por la Casa Rosada, y de pronto uno empieza a reconocer algunas caras.

Durante los últimos meses había empezado a aparecer una posibilidad que, para muchos, tenía algo de ilusión y bastante de necesidad: construir una alternativa republicana que no quedara atrapada entre los dos polos que vienen ordenando la política argentina. Ni el kirchnerismo ni los libertarios. Una fuerza capaz de tomar de cada experiencia aquello que sirve, rechazar aquello que no, defender las reformas que el país necesita y, al mismo tiempo, sostener las instituciones, las formas republicanas y los límites al poder.

No parecía una empresa sencilla. Precisamente por eso era atractiva. Había dirigentes de distintos espacios explorando esa posibilidad. Hernán Lacunza fue uno de ellos. También otros dirigentes y expresiones partidarias empezaron a mirar hacia ese lugar que, en la política argentina, suele aparecer en las encuestas como una vacancia y desaparecer en cuanto llegan las negociaciones. Pero esta vez había algo distinto: nombres, conversaciones, entusiasmo y, sobre todo, una sensación que hacía tiempo no aparecía: la de que quizá no todo estaba condenado a terminar en una elección entre dos extremos.

Yo también me entusiasmé. Y quizá por eso lo que ocurrió después me dolió más.

Porque Mauricio Macri había dado una señal concreta: había habilitado a Lacunza a mostrarse como precandidato presidencial, a explorar, a caminar, a imaginar una candidatura propia, sin una alianza previa con Milei. No era poca cosa. Era, al menos, la posibilidad de abrir una puerta.

Y entonces llegó la llamada.

Macri habló con Karina Milei. Después apareció la mesa política entre el PRO y La Libertad Avanza. Dirigentes de ambos espacios se sentarán en la Casa Rosada para reconstruir la relación, explorar acuerdos y, según se informó, “blindar el cambio”.

Y ahí pensé en Robert the Bruce.

No como una metáfora cómoda sino como una de esas asociaciones que aparecen solas y que uno preferiría no hacer.

Porque, en esta película, Mauricio Macri es Bruce.

Lo digo sin ninguna alegría. Tengo, todavía hoy, respeto por Macri. Y justamente por eso puedo reconocer lo que me provoca esta escena sin necesidad de convertirlo en un villano de historieta. No creo que Macri sea un traidor. Creo que está haciendo política. Y ese es, precisamente, el problema.

Porque Robert the Bruce tampoco era un idiota ni un cobarde. No quería que Escocia siguiera sometida a Inglaterra. Tenía razones, convicciones, ambiciones y una idea de futuro. Lo que quería, además, era llegar al poder. Las dos cosas podían convivir. Hasta que llegó el momento de elegir.

Y eso es lo que me hizo ruido de esta historia.

Macri puede coincidir con Milei en buena parte de las reformas económicas. Puede considerar que al Gobierno le debe ir bien. Puede creer que hay que garantizar gobernabilidad, aprobar leyes y evitar que el kirchnerismo vuelva al poder. Todo eso es perfectamente discutible y, en algunos casos, perfectamente razonable. Pero también es cierto que muchas de las diferencias que Macri marcó con Milei no están en la economía, se encuentran en las formas, en las instituciones, en el respeto por las reglas, en el personalismo, en la manera de ejercer el poder; en aquello que hace que una reforma liberal pueda convivir con una República y no convertirse simplemente en el proyecto personal de quien ocupa la Casa Rosada.

Por eso la escena me resulta difícil de procesar. Primero se habilitó la posibilidad de construir una alternativa propia y, cuando esa posibilidad empezó a asomar, Macri volvió a buscar al poder que esa alternativa debía enfrentar. No hubo emboscada. No hubo traición declarada. Hubo una llamada. Y quizá sea eso lo que más inquieta.

Las grandes decisiones políticas rara vez llegan acompañadas de música dramática. No aparece un villano bajo la lluvia. No suenan trompetas. No hay nadie que diga: “Ahora voy a traicionar la causa”. Hay un teléfono, una conversación, una mesa, una foto y, después, con el tiempo, descubrimos qué significaba realmente todo aquello.

En Corazón Valiente, los ingleses eran el poder. Y Eduardo I, Longshanks, era su rey. Hoy, en esta versión argentina de la película, Javier Milei y su Gobierno ocupan ese lugar. Tienen el poder, el Estado, la iniciativa y una estructura política que busca expandirse. Y cuentan con algo más importante todavía: la capacidad de hacer que todos los demás empiecen a discutir en función de ellos.

La diferencia es que acá no hay espadas. Hay encuestas. No hay castillos. Hay cargos. No se negocian tierras. Se negocian lugares en las listas. Y los nobles, por supuesto, siguen siendo nobles. Solo que ahora tienen teléfono celular.

Pero hay algo que todavía me resisto a dar por terminado.

¿Y si esta vez la película cambia?

¿Y si el acuerdo entre el PRO y La Libertad Avanza finalmente no prospera? ¿Y si las diferencias que hoy parecen negociables terminan siendo demasiado profundas? ¿Y si quienes venimos imaginando una alternativa republicana por encima de los dos polos de la grieta (los libertarios y el kirchnerismo) consiguen finalmente hacer algo que la política argentina suele considerar casi una extravagancia: ponerse de acuerdo sin que nadie tenga que rendirse ante el otro?

También puede ocurrir. Y sería una enorme noticia.

Porque todavía no sabemos cómo termina esta historia. Yo hoy viví a esto, como una traición. No sé si la historia la llamará así. Tal vez dentro de un año descubramos que aquella conversación fue apenas una jugada, una negociación, una manera de ordenar el tablero. Tal vez el acuerdo no llegue a ninguna parte. Tal vez aparezca una candidatura capaz de reunir a quienes hoy están dispersos y ofrecer algo distinto de esta eterna obligación argentina de elegir entre el miedo a que vuelva uno y el temor a que se consolide el otro.

El tiempo tendrá que responder. Y esa es, quizás, la única prudencia que le corresponde a quien escribe sobre política mientras la historia todavía está ocurriendo. Si finalmente el acuerdo se concreta, habremos asistido al nacimiento de una nueva alianza entre quienes tienen el poder y quienes alguna vez quisieron disputárselo. Pero si no se concreta, y aquellos que hoy se parecen a William Wallace consiguen construir una tercera fuerza por encima de los dos polos de la grieta, habrá que reconocer que leímos demasiado rápido aquella escena.

Quizás Macri no haya sido Bruce. Quizás la llamada no haya sido el comienzo del final. Quizás sea apenas el momento en que algunos entendieron que había llegado la hora de dejar de esperar.

Y ahí está, para mí, la verdadera esperanza: que la necesidad de una alternativa no dependa de que Macri la lidere, de que Milei la tolere ni de que nadie le extienda un certificado de existencia. Puede construirse. Con dirigentes de distintos partidos, con republicanos que no quieran volver al pasado ni entregarse al presente, con quienes comprendan que la libertad necesita instituciones y que la República necesita límites al poder. Con quienes estén dispuestos a superar la grieta sin convertirse en la nueva versión de ninguno de sus extremos.

Eso todavía no existe como fuerza consolidada. Pero tampoco sabemos que no pueda existir. Y quizá por eso esta historia todavía vale la pena.

Porque William Wallace murió antes de ver la independencia de Escocia. Bruce terminó siendo rey. Pero esta no es Escocia. Es Argentina. Y la película todavía no terminó.

Quizás el verdadero desafío no sea encontrar a otro rey, sino construir una fuerza política suficientemente libre y republicana como para no necesitar ninguno. Y quizá la historia que viene no dependa de encontrar un nuevo líder, sino de saber cuántos estamos dispuestos a construirla.

Tribuna de Periodistas




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