ME GUSTABA VIAJAR EN TREN

OPINIÓN

Ahora recuerdo los viajes de mi infancia para vistar a familiares y padrinos

Por Walter R. Quinteros*

Mi madre me sentaba delante suyo, los dos teníamos ventanilla, parecía que éramos parte del paisaje en el reflejo de los vidrios. El tren avanzaba entre campos sembrados, entre vacas amontonadas en los alambrados, entre miradas curiosas de los andenes, y vegetaciones misteriosas. Ya no había sierras, todo era como un mar verde, y de repente caía la noche, la luces del tren se enredaban en las sombras, ante mis ojos y en mi alma. 

Me gustaba viajar en tren, la gente dormía en sus asientos, yo los observaba en silencio, caminaba por el pasillo, volvía y me sentaba a contar luces lejanas, a los puentes que cruzábamos, y pegaba mi frente al frío cristal. Las gotas inquietas de la llovizna paseaban por la ventanilla. Más allá, por las rutas, autos y camiones buscaban su destino. Y las cruces de las orillas. Contaba las cruces de las orillas.

Me gustaba viajar en tren. Yo era un niño que tenía miedo a la muerte, me habían enseñado que era una figura aterradora que acechaba en cualquier lugar al que se portara mal, por eso contaba las cruces de los muertos, como parte inolvidable del paisaje. Después, durante la madrugada, papá bajaba las persiana de tablillas, "porque los Tobas tiran flechas y piedras" —me dijo—. Y con una sonrisa agregaba —"y andan cazando los ñacurutús".

En Resistencia, nos esperaban mis padrinos, mezclados entre la gente que vendía panes, chipás, frutas, dulces, comidas, helados y ropas de colores. Mi madre era chaqueña. una mujer tierna y enamorada de su tierra, donde pasó toda su infancia arrullada por el canto de aquellos pájaros, como un sinónimo mismo de felicidad que manifestaba trenzando su largo cabello, hablando con loros parlanchines en guaraní.

De niño a mi me gustaba viajar en tren, eran viajes felices que me llevaban y devolvían de las vacaciones, hasta que un día se terminaban. Las valijas se armaban. Nos besaban y abrazaban. Volvíamos a Dean Funes. Al traqueteo de la formación sobre las vías, a los interminables campos, a cruzar puentes sobre rutas y ríos, a la noche misteriosa que me acurrucaba en el silencio del vagón. Y en aquel silencio, mamá cepillaba pausadamente su cabello, era el fin de sus trenzas, el ritual anunciaba que pronto el viaje iba a terminar. A la mañana siguiente, ahora que estoy en eso de recordar, le pregunté lo mismo que cada niño pregunta cuando sale:

—¿Cuándo vamos a llegar? 

Y ella sonriendo, recuerdo que me dijo, 

—"Cuando no escuchemos más el llanto del urutaú". 

A mi me gustaba mucho viajar en tren.




*Escritor, periodista, director del blog de noticias La Gaceta Liberal y Revista Digital Quiénes & Por Qué.

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