OPINIÓN
Un gobernante tiene que actuar desapasionadamente y sin sentimientos: como un médico en un hospital de campaña que tiene que amputar un brazo sin anestesia
Por Diego Papic
Solo por ser amable debo usar cruel rigor; Así empieza lo malo, y aún resta lo peor.
—William Shakespeare, Hamlet, acto III, escena 4
Hace algunos años que la palabra “empatía” multiplicó su presencia en el discurso popular. No estoy seguro de que todos los que la usan como si fuera un comodín sepan exactamente qué significa, porque no veo a los comisarios morales muy dispuestos a ponerse en el lugar de sus acusados; más bien todo lo contrario: embisten a lo bestia contra todos aquellos a quienes consideran equivocados sin detenerse un segundo a contemplar la posibilidad de que haya algún atenuante en sus conductas.
En el debate público de la semana pasada volvió a invocarse el concepto un par de veces, quizás no echando mano a la palabra misma, porque habría sonado muy boba en ese contexto. Quiero mencionar dos ejemplos (ya sabemos que, en periodismo, dos casos son tendencia).
El miércoles pasado, en el stream de Infobae, pude ver una discusión desesperante del economista y autor de Seúl Iván Carrino contra cinco de los seis participantes de la mesa: Gonzalo Aziz, Diego Iglesias, Gustavo Lázzari, Matías Barberia y Mica Mendelevich. La sexta, Malena de los Ríos, casi no participó; yo creo que porque no quería quedar del lado de Carrino, pero tampoco podía avalar las huevadas que decían sus compañeros.
Subí a X el clip que demostraba mayor ignorancia: Mica Mendelevich preguntando, con sincera curiosidad, por qué estaría bien que las tasas de los préstamos fueran más altas que la inflación. Pero hubo unas cuantas perlitas de ese tipo. La que nos ocupa hoy es la que alude a la falta de empatía de las fintech a la hora de otorgar los préstamos. El responsable fue el inefable Gonzalo Aziz.
“A mí me parece que cuando se produce la relación entre dos partes para otorgar un crédito está bueno darle un poco más de participación a la dimensión social y humana de ese acto, no solamente a una transacción económica. Antes vos ibas a pedir un crédito al banco, te acercabas a un ejecutivo bancario, conversabas, te preguntaban cosas de tu vida, vos contabas por qué necesitabas la guita y se definía si eras capaz de recibir ese crédito. Hoy vos, en la desesperación de tu cama, no pudiendo llegar a fin de mes, no pudiendo garpar los alimentos, el alquiler, es psicológicamente muy tentador tocar un botoncito y llevarte una guita a una tasa gigante que nunca en tu vida vas a poder pagar. Estaría bueno incorporar un departamento a las fintech que ayude a que el crédito sea un hecho más solucionable y no un quilombo a futuro.”
El Departamento de Empatía que propone Aziz, ante la mirada incrédula de Carrino, que ya se hizo meme, estaría compuesto por psicólogos, sociólogos, psicopedagogos y poetas, que evaluarían tu estado emocional antes de autorizar el préstamo. ¿Necesitás la plata o solo estás un poco bajón?
Hubo un diálogo del mismo tenor el día anterior en el mismo stream, en otro horario. Gonzalo Sánchez, Cecilia Boufflet, Ramón Indart y Tati Schapiro entrevistaron al economista Sebastián Galiani (viceministro de Hacienda en el Gobierno de Juntos por el Cambio), que había estado reunido con Milei el viernes anterior e hizo una defensa encendida de la gestión económica, muy bien argumentada y con muchos datos.
A diferencia del caso anterior, los periodistas no estaban en modo beligerante sino en modo de curiosidad genuina. Por supuesto, eso no impidió que hicieran preguntas desafiantes (qué se hace con los sectores de la economía que no arrancan, cuán prudente es que se les permita a las empresas que no generan divisas pedir préstamos en dólares, y otras), pero siempre en el marco de un diálogo entre entrevistadores y entrevistado en el que no se veían en la obligación de llevarle la contra, aunque se percibiera que, en muchos casos, no estaban muy de acuerdo con él.
Pero aun dentro de este tono amable, me sorprendió una pregunta de Tati Schapiro. Fue la siguiente:
“Le quiero preguntar si en esa conversación [con el presidente] nota algo de dolor o de preocupación por esos que se van cayendo del sistema, por los que se van quedando sin trabajo. [Galiani empieza a decir que Milei aumentó la AUH, pero Schapiro lo interrumpe, espantada de que le respondan con datos a una pregunta sobre sensaciones.] Sí, pero yo me refiero a otra cosa. Cuando hablamos de una empresa que cierra, que es parte de este proceso, que se priorizan otras cosas, Argentina de cara al mundo, la reinserción, lo entiendo perfecto. Pero hay 120 personas que se quedan sin trabajo. ¿Hay algo de eso que se esté pensando cómo resolver? ¿Algo de eso duele? ¿Algo de eso preocupa?”
En resumen: todo muy lindo el plan económico, pero ¿tiene empatía el presidente?
Estoy escribiendo esto el lunes a la noche. Ya son las 11. Escroleo Instagram en un minirecreo y veo en la cuenta de La Nación un fragmento del editorial de Carlos Pagni: “En el Gobierno hay dos abordajes distintos para el tema de la empatía”. Carajo, me voy a tener que morfar los 49 minutos del editorial.
Pagni arranca con una encuesta sobre el “estado emocional de los argentinos”: 21% con incertidumbre, 20% con angustia/tristeza, 19% con bronca/enojo, 17% con esperanza, 13% con confianza, 5% con miedo, 1% con alegría. Y después cita los tres requisitos que debe cumplir un programa de estabilización según los enumeró el sociólogo Juan Carlos Torre en el ya célebre Diario de una temporada en el quinto piso: debe tener consistencia técnica, ofrecer una tierra prometida y los gobernantes que lo ejecutan deben tener empatía con las víctimas del programa.
Según Pagni, hay dos posturas en el Gobierno respecto de esto último. Por un lado, el “ala política” adhiere a la idea de la empatía. Entre ellos, Patricia Bullrich, Diego Santilli y, ahora desde afuera, Guillermo Francos. Y probablemente Santiago Caputo. Por el otro, el “ala ideológica” (parafraseo) propone aplicar empecinadamente la receta. Menciona a Federico Sturzenegger, Lilia Lemoine y el propio Milei.
En un sofisma extraordinario, Pagni compara este empecinamiento ideológico con las revoluciones de izquierda, que con su dogmatismo prometen un paraíso que nunca llega y pretenden modificar a la sociedad, generalmente con violencia, para que se ajuste a sus ideas. Y después vuelve a arremeter con la galletita del peronismo racional: con la diputada de Unión por la Patria Victoria Tolosa Paz esperando en el piso para ser entrevistada, se pregunta si el peronismo está ofreciendo un candidato “que tiene cabeza ortodoxa, valora el equilibrio fiscal, no quiere ir a una emisión descontrolada para financiar una expansión del gasto delirante que nos lleve a una inflación delirante, pero quiere que todo eso se haga con rostro humano y con sensibilidad productiva, con empatía frente al caído”. Un candidato que esté a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
Ahora acá va mi opinión. Atención: estoy en contra de la empatía. El revoleo de adjetivos del tipo “inhumano” o “cruel” para referirse al modelo económico es muy poco serio. Una de las consecuencias de la neurodivergencia patente de Milei es su ausencia de empatía. Es medio psicópata, pero en el buen sentido. Cualquier sentimiento que pueda nublar su juicio e impedirle ejecutar el programa económico que todos (Pagni, Tati Schapiro, Gonzalo Aziz, quizás no Mica Mendelevich) sabemos que tiene que llevar adelante debe ser reprimido y ahogado en un balde de Monster Mango Loco.
Milei es como un médico en un hospital de campaña. A nadie se le ocurriría decirle a un cirujano obligado a amputar un brazo sin anestesia que es “inhumano” o “cruel”, porque está tratando de salvarle la vida al paciente. Los sentimientos no tienen nada que ver con esto.
De la misma manera que un algoritmo de scoring, que no te puede semblantear y al que no le vas a caer mejor o peor por andar con un pin de Boca o de Rosario Central, va a ser más eficiente que un fulano que te recibe en su oficina del banco y se deja influir por sus sesgos y problemas, los gobernantes tienen que actuar desapasionadamente y con los datos. O, como se decía peyorativamente en épocas de Macri, mirando el Excel y no la calle. Juntos por el Cambio no fracasó por no tener empatía, sino por el miedo a que pareciera que no la tenía.
Revista Seúl

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