OPINIÓN
Un soldado estadounidense vuelve a donde hasta poco antes había vivido como un niño judío alemán. Las lecciones que aprende lo acompañarán toda la vida
Por Hernán Iglesias Illa
De Henry Kissinger es famosa su etapa como jefe de la política exterior de Estados Unidos y su condición de ideólogo realista sobre cómo debe conducirse la diplomacia. No tengo mucho para agregar sobre eso, tampoco sé si estoy calificado para juzgarlo o refutarlo, pero sí me dieron ganas de rescatar los años que pasó como soldado estadounidense en su derrotada Alemania natal entre 1944 y 1947, porque cuentan una historia increíble y revelan bastante sobre la personalidad de quien después sería una de las personas más influyentes del mundo durante décadas.
En noviembre de 1944, Kissinger volvió a Alemania como parte de un batallón de infantería del Ejército de Estados Unidos, apenas seis años después de haber huido de Alemania con el resto de su familia ante la escalada del hostigamiento nazi contra los judíos. Se había ido a los 15 años como refugiado y había vuelto a los 21 como liberador. Durante el avance aliado y, después, durante la ocupación, fue administrador de varios pueblos arrasados por la guerra y un efectivo cazador de ex oficiales de la Gestapo. A pesar de su juventud, ascendió rápido, en parte por su inteligencia, en parte por su dominio del alemán y en parte por su falta absoluta de sentimentalismo, una cualidad de la que el propio Kissinger estaba orgulloso y que lo definiría el resto de su vida.
Años después, cuando le preguntaron si prefería el orden o la justicia, respondería, citando a Goethe, que prefería el orden. Del nazismo, en cualquier caso, Kissinger parece haber extraído menos una lección moral que una lección sobre el poder y el orden. En Bensheim, una ciudad de 17.000 habitantes donde fue autoridad máxima durante casi un año, gobernó como un tecnócrata preocupado por recuperar las funciones del Estado. Convocó a funcionarios anteriores, los que conocían cómo funcionaban las cosas, y no les hizo demasiadas preguntas sobre su pasado. Descartaba a los que más obviamente habían sido dirigentes nazis, pero evitaba mostrar odio o venganza contra los alemanes. De hecho, ocultaba todo lo que podía su judaísmo, haciéndose llamar “Mr. Henry” para que sus decisiones no fueran consideradas parciales o sesgadas. Ignorando las reglas en contra de confraternizar con los locales, Kissinger se consiguió una amante rubia y atractiva y salía a pasear con ella en un Mercedes-Benz blanco confiscado al dueño nazi de una fábrica de talco para bebés.
En Krefeld, cerca de la frontera con Holanda, se encontró con una ciudad en ruinas, sin agua corriente, sin gas, sin recolección de residuos. En apenas ocho días, siendo un soldado raso, sin experiencia de ningún tipo, logró armar un gobierno civil. “Fue un logro extraordinario”, dijo años después Fritz Kraemer, otro alemán que peleaba para los gringos y había impulsado la carrera de Kissinger en el ejército. “Lo hizo, además, sin mostrar odio ni resentimiento. Sólo dejando claro que era un hombre práctico”. Uno de sus biógrafos, Niall Ferguson, calcula que 23 familiares de Kissinger (pero no padres ni abuelos ni hermanos) murieron en los campos de concentración.
Unos días antes de cumplir 22 años, el soldado norteamericano fue a visitar Fürth, cerca de Nuremberg, el pueblo donde había vivido el niño alemán. En una larga carta a sus padres, que ahora vivían en el norte de Manhattan, el hombre práctico y enemigo declarado del sentimentalismo, se dejó conmover por los recuerdos y los fantasmas. Caminó por las calles adoquinadas de Fürth, hasta hace no mucho llenas de judíos, y en una esquina familiar miró hacia las ventanas del segundo piso donde había vivido casi 15 años. “¿Qué estás mirando?”, le preguntó el nuevo inquilino. Pasó por la escuela donde había enseñado su padre hasta que lo obligaron a renunciar por ser judío y se quiso sacar una foto. Lo interrumpió un empleado, que le preguntó qué estaba haciendo. “Estoy pagando una deuda”, respondió Kissinger. “Una deuda con mi padre”.
Buscó a sus viejos amigos, pero la mayoría había emigrado o muerto en los campos de concentración. La gente del pueblo, que lo trató bien, le dijo que Helmut Reissner, su viejo compañero de colegio y de fútbol, había sobrevivido y se estaba quedando con una familia no judía. Helmut, que había pasado tres años en Buchenwald, reconoció a Kissinger enseguida. Conversaron un buen rato, pero intentaron y lograron controlar sus emociones. Un año después, Helmut ya estaba viviendo en Long Island, junto con una tía, y con el tiempo fundaría una empresa petroquímica que le permitió vivir cómodamente. Para prepararla sobre el estado mental de Helmut, Kissinger le escribió una carta a su tía en la que, quizás sin quererlo, anticipaba algunas de sus ideas sobre política exterior. Los campos habían sido una experiencia tan extrema, escribió, que sólo quienes tuvieran una enorme determinación pudieron sobrevivir. “Los intelectuales, los idealistas, las personas con valores no tenían ninguna chance”, agregó. Para salir de ahí con vida era necesaria una mentalidad a prueba de todo, capaz de mentir, de engañar, de abandonar cualquier estándar moral.
Moralidad y realismo
Con los años, Kissinger iba a volver a mostrar esta tensión entre moralidad y realismo. Para sobrevivir, en Buchenwald o en la política internacional, hay que ser realista y fuerte: el idealismo puede dar consejos incorrectos y ser percibido como una señal de debilidad. Es impresionante ver a una persona tan joven, aunque ya sacudida varias veces por los ventarrones de la historia, intuir algo que después sería uno de los pilares de la arquitectura de la Guerra Fría. En esos años le preguntaron qué opinaba de la creación del Estado de Israel y, según Walter Isaacson, respondió que estaba en contra. No porque los judíos no tuvieran derecho a tener su propio país, sino porque podía alienar a los países árabes y perjudicar los intereses de Estados Unidos en Medio Oriente. Otra vez el orden, el equilibrio de poderes, por encima de lo que a él pudiera parecerle justo.
Antes de dejar Europa y volver a Estados Unidos, donde lo esperaban su primera mujer, Ann, una carrera brillante en Harvard y una década como ajedrecista del tablero global, Kissinger visitó a su abuelo David, que se había refugiado y acomodado bastante bien en Estocolmo. Lo que más impresionó a Kissinger fue la ausencia total de amargura en su abuelo, a pesar de que había perdido tres hijas en el Holocausto. En una carta a sus padres le elogia su capacidad para evitar el odio, estar siempre de buen humor, hacer chistes sobre cualquier cosa. En un momento parece sugerirle a su padre, Louis, que lo tomara de ejemplo: “Estoy seguro de que el abuelo no querría, querido padre, que te torturaras tanto con este tema, así como él no se tortura a sí mismo”.
¿Dónde termina el temperamento y dónde empieza una ideología? Nadie lo sabe bien, pero es notable ver en aquel joven Kissinger cómo sus reacciones primarias –el sentido práctico, la falta de sentimentalismo, la desconfianza hacia el idealismo, el elogio de la entereza aun tras el desastre– ya estaban ahí, mucho antes de convertirse en una doctrina y, gracias a sus cargos y su influencia, intervenir en buena parte de la historia global contemporánea.
Revista Seúl

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