OPINIÓN / CULTURA
Di Benedetto escribe por resta. Saca hasta que lo que queda tiene que sostenerse solo, y el peso lo carga lo que sacó
Por Javier D. Donna
Hay una imagen que no se saca de encima. Preso desde el mismo 24 de marzo del 1976, con papel contado, escribió los cuentos de Absurdos con letra microscópica en las cartas que le dejaban mandar. Compresión al límite, obligada por la celda, fiel a lo que hacía en libertad. Cupo un mundo en el margen de una carta.
Lo leo lejos. A un hemisferio de Mendoza, en un idioma que puertas adentro es lengua de casa y afuera se vuelve lengua de trabajo. O de nadie. Desde acá ciertas cosas de Antonio Di Benedetto se ven con más nitidez, como una costa que recién se ordena cuando ya se soltó el amarre. La espera, sobre todo. De joven, y en Argentina, uno cree entenderla. Yo la entendí más tarde, cuando tocaba aguardar algo que no llega, desde un sitio al que ya no se vuelve.
Esa espera tiene una fecha de fundación y seis palabras. Zama se abre con una dedicatoria: “A las víctimas de la espera”. Don Diego, funcionario de la Corona, aguarda un traslado, un reconocimiento que lo devuelva al centro. No viene. Los años pasan en la página como en la vida de un hombre al que su administración olvidó. Di Benedetto hace durar esa espera. Retiene la frase, le saca el relleno, deja al lector dentro del hueco. Uno aguarda con Zama la carta que no llega.
De ese hueco a otro se cruza una frontera. Juan Preciado llega al pueblo del padre: un caserío de muertos que murmuran. Rulfo cuenta Pedro Páramo en esquirlas: voces sin cara, tiempos barajados, una cronología armada con lo que falta. Trabajan el mismo material, el hueco, en direcciones opuestas: Zama espera salir de un lugar; Juan entra en uno ya vaciado. En los dos, lo dicho es la orilla de lo callado.
Desde el banco de trabajo, hacen lo mismo con las manos. Di Benedetto escribe por resta. Saca hasta que lo que queda tiene que sostenerse solo, y el peso lo carga lo que sacó. Hay una imagen que no se saca de encima. Preso desde el mismo 24 de marzo del 1976, con papel contado, escribió los cuentos de Absurdos con letra microscópica en las cartas que le dejaban mandar. Compresión al límite, obligada por la celda, fiel a lo que hacía en libertad. Cupo un mundo en el margen de una carta.
Lo demás ya se sabe, y conviene decirlo en voz baja. La espera es el tiempo del que se fue. Se aguarda un regreso que la realidad va corriendo de lugar hasta volverlo imposible. Liberado en el 77, Di Benedetto salió con lo puesto y sobrevivió en España sin alardear de lo que había escrito. Fueron años magros y callados, de oficios prestados y ciudades de paso, con la Argentina cada vez más lejos. A un océano de Mendoza. Volvió en el 84 a un país que ya era otro; murió dos años después, un 10 de octubre. Lo leo desde lejos, en la lengua de casa, y el hueco de la página se parece bastante al lugar donde estaba la casa.
Cuarenta años después, recordarlo sin ruido es volver a leerlo, sobre todo donde calla. Mendoza lo tuvo cerca y a veces lo dejó solo. Sus libros aprendieron a esperar, y siguen ahí, en el margen, para quien se incline a leerlos.
LOS ANDES

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