OPINIÓN
Libros: el precio único protege a las librerías de problemas coyunturales (caída de ventas) y estructurales (venta por Internet, explosión de la oferta). Quizás sería prudente esperar a un mejor momento para desregularlo
Por Hernán Iglesias Illa
Una de las polémicas de la semana fue la decisión del Gobierno de derogar, dentro de un proyecto de ley más amplio, el régimen de precio único de los libros que existe desde hace un cuarto de siglo. El ministro Federico Sturzenegger presentó la medida como algo a favor de los consumidores, que podrán comprar libros más baratos, y el sector editorial se abroqueló en defensa del régimen actual, con el argumento de que permitir descuentos va a concentrar el mercado y hacer desaparecer las librerías de barrio o independientes.
El debate me pareció frustrante, como tantos en esta época, porque de un lado el Gobierno quiere, sin mucho cariño ni atención al detalle, cambiar las reglas de juego de un sector simbólicamente importante y al que me siento cercano (soy comprador, autor y, ojalá pronto, editor de libros). Y, por otro, una parte del sector se defendió de forma corporativa y demagógica (“la cultura no es un negocio”), planteando escenarios catastrofistas y mezclando sus argumentos con su antipatía general hacia el Gobierno.
Aproveché la semana para hablar con media docena de protagonistas del mundo del libro, sobre todo editores, para que me explicaran con la mayor precisión posible la situación del mercado y me ayudaran a entender mejor lo que estaba pasando. Mi impresión inicial era que la desregulación, si pasa, tendrá menos efecto de lo que desea el Gobierno y temen los libreros. Por lo que no tenía opinión firme a favor o en contra de la medida. En el camino, sin embargo, aprendí algunas cosas. Mis instintos a favor de los precios libres y la competencia no desaparecieron, pero sí me di cuenta de que el precio único es apenas una pieza de un negocio extraño, no siempre virtuoso, que atraviesa transformaciones profundas, como el avance de la venta por Internet y las mejoras tecnológicas que permiten imprimir pocos ejemplares casi al mismo costo unitario que las grandes tiradas.
Empiezo por lo más coyuntural. Las librerías están pasando por un momento delicado, con ventas estancadas o a la baja, en parte por la falta de crecimiento económico (de la última década y media) y en parte por factores estructurales. Los editores hablan de una virtual ruptura de la cadena de pagos, es decir, que cada vez más librerías se están atrasando con la parte que les corresponde de los libros que venden (alrededor de la mitad del precio de venta). Esta situación, que algunos califican como “durísima”, o incluso “la peor de los últimos diez años”, hace que cualquier cambio en el sistema sea percibido, quizás exageradamente, como una sentencia de muerte. Por eso pienso ahora que la derogación del precio único es una de esas medidas que, si hay que hacerlas, conviene hacerlas cuando la situación es más holgada.
¿A qué le tienen miedo las librerías? En el desorden de la conversación a veces se menciona a jugadores que no existen, como Amazon, o insignificantes, como los supermercados. Un miedo de las independientes, sin embargo, es concreto: que Yenny y Cúspide, las dos “grandes cadenas” (7% de las librerías pero casi 40% de las ventas del sector), empiecen a vender libros con 10% o 20% de descuento y les roben lectores-clientes. Esto es algo que técnicamente podría ocurrir, aunque no tanto como cree el Gobierno. Yenny y Cúspide, que por su tamaño se quedan con un porcentaje más alto del precio de venta, tienen más margen para dar descuentos que las librerías de barrio. Sin embargo, Yenny, por ejemplo, ya ha dicho que está en contra de la desregulación del precio, con el argumento de que necesita un ecosistema sano. Aunque admite que la desregulación beneficiaría a Yenny, su CEO, Adolfo De Vincenzi, dijo hace poco que el pez más grande es Mercado Libre. A ese sí le tiene miedo.
Clicks o ladrillos
Acá entramos en un terreno más dudoso, que la industria del libro no termina de descular pero está detrás de todas las conversaciones. Las ventas en librerías están estancadas, pero en Mercado Libre subieron un 40% en 2025, no porque tenga mejores precios sino porque los lectores valoran la comodidad y la variedad de la oferta. En su defensa, los libreros argumentan que recomiendan libros, crean lectores y tienen un rol casi comunitario en el sostenimiento de la lectura. Lo segundo y lo tercero son ciertos y un camino para que las librerías sigan siendo relevantes. Lo primero, en cambio, ocurre menos de lo que parece. Yo, que compré libros toda mi vida, recuerdo solo un episodio, hace más de 30 años en la librería de Santa Fe y Rodríguez Peña que ahora es Gandhi, antes Waldhuter y en 1994 no recuerdo cómo se llamaba. Había terminado de leer American Psycho, de Bret Easton Ellis, le pedí al librero algo parecido, porque me había gustado, y me trajo Dinero, de Martin Amis, que leí y me gustó a pesar de una traducción estrafalaria de Anagrama. Un caso exitoso del valor agregado que las librerías reclaman sobre su función, pero que no me volvió a pasar, en parte porque no lo volví a pedir, y sospecho que pasa menos de lo que a veces se declama. En cualquier caso, parece inevitable que, a mayor o menor velocidad, más lectores compren sus libros por Internet, en base a recomendaciones que también vieron en Internet. Eso pone presión a un sector que viene tratando de esquivar esa bala.
Desde hace años existe un pacto de caballeros entre editoriales y librerías según el cual las editoriales no venden sus libros directamente por Internet, en Mercado Libre o donde sea. Durante la pandemia, con las librerías cerradas, el Grupo Planeta armó su propia tienda de Mercado Libre y fue repudiado por los libreros. En la gran mayoría de los casos, cuando uno compra un libro en Mercado Libre no se lo compra a la editorial sino a una librería, que entrega parte de su propio margen para pagar la comisión de ML y el envío. Editoriales medianas o pequeñas venden desde sus sitios web, pero la costumbre sigue siendo no vender directamente por Mercado Libre, para proteger el ecosistema librero. Cuando Yenny y las librerías independientes dicen que le tienen miedo a Mercado Libre, en realidad le tienen miedo a que las editoriales vendan más abiertamente en la plataforma, porque la empresa fundada por Marcos Galperin casi no vende productos propios. Si encima pudieran hacerlo con descuentos mayores al 5% ahora permitido, sería un cataclismo.
¿Cuánto puede durar esta situación? Quizás pueda durar más para las novedades, los libros recién publicados, pero no veo cómo podría sobrevivir para libros de hace uno o dos o cinco años que las editoriales todavía tienen en stock pero las librerías ya no. Me pasó con libros míos hace poco: quedaban pocos en librerías y ninguno en Mercado Libre, porque los libreros no los ofrecían en Internet y la editorial (una multinacional) se negaba a venderlos directamente. Se daba entonces la paradoja de que había lectores que querían comprarlos (me mandaban DMs), en las librerías a su alrededor estaban agotados y en Mercado Libre no los encontraban o estaban a precios estratosféricos. Eso es una falla de mercado: hay libros de 2007 o 2011 para vender y lectores para comprar, pero no tienen un lugar (un mercado) donde encontrarse fácil.
Esto va a ser cada vez más habitual porque, como escribe Germán Echeverría en el otro artículo de hoy sobre el tema, los avances tecnológicos en las máquinas de impresión permiten ahora imprimir pocos ejemplares, lo que multiplica la cantidad de títulos y reduce las tiradas. Va a ser imposible para las librerías tener “todos” los libros publicados en los últimos años, porque no les va a alcanzar el lugar. Ya les está pasando. Uno de los editores con los que conversé me dijo que ve un proceso por el cual las librerías terminarán concentrándose en novedades y recomendaciones y el “fondo”, lo menos reciente pero todavía en circulación, terminará yendo a la venta online y quizás directa, de la editorial al lector.
En este panorama, el precio único es una forma de proteger a las librerías de los cambios estructurales que las exceden, a ellas y a los editores. En Argentina, al menos, el impacto del libro electrónico ha sido menor y parece estabilizado, en parte porque Amazon no está en el país y ninguno de los otros dispositivos ha logrado imponer su propio ecosistema. Es un problema menos. Pero aun si nos concentramos en el papel, que sigue siendo popular porque es una tecnología misteriosa y perfecta, difícil de reemplazar, las tendencias en el mundo editorial llevan a una reducción de la importancia de los intermediarios. En este caso las librerías, pero también las editoriales. La autopublicación, antes un tabú, algo que el sector editorial miraba con desdén, como proyectos vanidosos de escaso valor, sigue creciendo, empujada en parte también por las mejoras tecnológicas de impresión y venta directa. En el mundo del video y de la música, los creadores ya llegan a sus públicos a través de nuevas plataformas, que redujeron el papel de los canales de televisión y las discográficas. ¿Por qué el mundo del libro no habría de moverse también en esa dirección?
Devolución de IVA
Dicho esto, hay algo que el Estado puede hacer para compensar a las librerías y me parecería una medida de justicia impositiva. Desde hace décadas la venta final de libros no paga IVA, como un reconocimiento a su valor cultural. Pero siempre las editoriales pedían extender la exención del IVA a toda la cadena, es decir, que pudieran recuperar lo que pagaban del impuesto por el papel, la impresión, los alquileres, etc. Eso lo lograron finalmente durante el gobierno de Macri, en 2018, lo que no les impidió (a algunos) seguir abucheando a sus funcionarios en la Feria del Libro en los años siguientes. Las que quedaron excluidas de la exención fueron las librerías, que siguen sin recuperar lo que pagan de IVA por sus gastos de operación, a pesar de que venden un producto exento. Una recomendación entonces para este gobierno amigo de bajar impuestos: extender a las librerías el beneficio impositivo que ya tienen las editoriales. No solucionará todos sus problemas, pero las ayudará a pararse mejor ante los cambios en marcha.
Mi impresión es que la Argentina tiene un sector editorial vibrante, más interesante que los de otros países de América Latina y muy poco subsidiado en comparación con otros de la región (sobre todo desde que el gobierno de Milei redujo al mínimo las compras estatales). También creo que a veces se pone un poco a la defensiva, exagerando su importancia social (habla de “bibliodiversidad” el mismo sector que no dijo ni mu cuando entre 2012 y 2015 estuvo prohibida la importación de libros), y le falta reconciliarse más con el costado comercial de su tarea, que sin dudas tiene un componente cultural o literario pero sigue siendo un negocio. En mis años de participar como autor de este ecosistema muchas veces me quedó la sensación de que las editoriales que me habían pagado por mis libros después no estaban desesperadas por venderlos. Hay esquemas que funcionan igual desde hace demasiado tiempo y que habrá que sacudir para adaptarse a los escenarios que muchos admiten en privado (más libros pero menos ejemplares, más Internet y menos intermediarios) pero todavía no pululan por la conversación pública. Incluido, eventualmente, el precio único. Yo creo que todo terminará bien, porque en general lo creo (es un temperamento), pero además porque el libro es indestructible y los argentinos tenemos algo con los libros que no vamos a dejar que se pierda.
Revista Seúl

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