OPINIÓN
El clima mundialista, que en 2022 era pro-Argentina, ahora se nos puso en contra. A algunos les gusta. A mí no
Por Hernán Iglesias Illa
El martes, después del partido contra Egipto, me sorprendió la indignación de medio mundo contra el triunfo de la selección argentina, motorizada en parte por lo que veían como errores del árbitro (o un “robo” de la FIFA) y en parte por una rabia más estructural que viene desde hace años, sobre todo de hinchas mexicanos y españoles, pero también de otras partes del mundo. Como ahora uno en X puede leer posteos escritos originalmente en otros idiomas, me encontré con analistas e hinchas extranjeros diciendo las peores cosas sobre la Argentina, a veces diferenciando entre rivalidad futbolística y rivalidad general, y a veces no tanto. Después de leer, participar y arrepentirme, me puse a pensar si esta antipatía es algo que me gusta o no me gusta.
Me enojé especialmente con expertos portadores de credenciales prestigiosas, con doctorados o premios internacionales, que abandonaban el rigor de su método profesional para denunciar conspiraciones a favor de Argentina. Con Garry Kasparov, por ejemplo, a quien sigo desde hace años y admiro su valentía para oponerse al régimen criminal de Vladimir Putin, pero que el martes salió de su zona de confort y no me dejó más remedio que responderle (así nos justificamos los calentones). Le pedí primero que no se deje llevar por las conspiraciones, que no le queda bien, que lleva 20 años combatiendo conspiranoicos. Y después, cuando insistió en que el triunfo argentino había sido gracias a la “FIFA corrupta”, que “beneficia a las estrellas”, le dejé más clara mi desilusión: “Esto es tan ignorante y deshonesto intelectualmente que la próxima vez que me digas algo horrible sobre Putin no voy a saber si debo creerte”. Algo parecido les ladré al legendario inversor Mohamed El-Erian, al politólogo y ex embajador estadounidense Michael McFaul y a un doctor en economía brasileño, ¡especializado en métodos de investigación!, profesor en Estados Unidos, que sin evidencia alguna (justamente el tema al que dedicó su vida) se abrazó a la teoría de la FIFA, el robo y el favoritismo.
Cuento todo esto no para fanfarronear (no estoy especialmente orgulloso), sino para ilustrar dos puntos. El primero es que hasta al más racional se le puede salir la cadena metodológica cuando opina sobre fútbol. El-Erian, que vive desde hace décadas de enseñarles a los gobiernos cómo ganar el favor de los mercados, y nunca incluye en sus lecciones hacer declaraciones demagógicas, se bajó a sí mismo la vara de la evidencia porque era fútbol. Lo mismo con los otros casos. Tipos que nunca jamás abrazarían una teoría conspirativa sobre finanzas o democracia, porque son parte de la élite tecnocrática, sienten que en el fútbol pueden hacerlo.
¿Esto está bien o está mal? Tengo un amigo, liberal de toda la vida, ahora diputado nacional, que defiende esta doble personalidad: admite que en el fútbol es populista (es hincha de Boca) y que a las pasiones no hay que pedirles otra cosa. Que es muy de amargo (esto lo dice sobre mí) reclamarle al fútbol la racionalidad que esperamos del Estado, la economía o la política. Que está bien para El-Erian o Kasparov tener una zona de descanso donde sacar a pasear la visceralidad que tienen reprimida cuando hablan de mercados o instituciones republicanas. Yo no estoy tan convencido, pero es un debate que tenemos desde hace años y no vamos a saldar en el corto plazo.
El otro punto es una sensación que me quedó después de ver todas las reacciones, no sólo las de los expertos, y comprobar que un porcentaje alto de los usuarios latinoamericanos, y también de otros continentes, había hinchado contra nosotros el martes y lo van a volver a hacer pasado mañana. Algunos se agrandan ante el odio o la bronca ajena. Otros incluso lo disfrutan. A mí, quizás por mi temperamento, me entristece un poco. Por eso a la noche, después de pelearme con medio mundo, tuiteé esto: “Igual no me gusta que nos odien. Eso es de nacionalistas. Yo prefiero que nos quieran. Hoy, aparentemente, no podrá ser”.
Entiendo, por supuesto, que una cosa es la rivalidad futbolística y otra es una antipatía más general. Una parte de la futbolística es entendible y es el precio de ganar: los campeones generan envidia y ganas de verlos caer. Lo hemos practicado nosotros, los argentinos, mil veces. Otra parte de la bronca futbolística, en cambio, me resulta indescifrable y es la tirria contra Leo Messi, una persona imposible de odiar, amable y atenta con todo el mundo, jamás una polémica, una palabra fuera de lugar, admirado por compañeros y rivales. El problema es que el clima se ha enrarecido y la frontera entre lo futbolístico y lo extrafutbolístico se volvió borrosa, sobre todo después de Qatar, las acusaciones de racismo y las quejas por la falta de jugadores negros en nuestra selección, que podemos tomar como estrafalarias (lo son) pero reflejan una sensación quizás minoritaria pero persistente, al menos en las redes. Si a eso le sumamos la inesperada agresividad de tantos uruguayos, antes más tímida, y la abierta animadversión de buena parte de los hinchas latinoamericanos, con especial protagonismo de chilenos y mexicanos, noto un clima espeso y no necesariamente futbolístico.
Si estas percepciones que tengo, en lugar de diluirse, se mantuvieran después del Mundial y nos transformáramos en un país y un pueblo antipáticos para una porción creciente del mundo, ¿sería algo positivo? Para mí, como dije en el tuit, no: yo prefiero que nos quieran. Incluso como política de Estado, de generación de soft power, de la selección como embajadora de nuestros mejores valores (el corazón, la amistad, la entrega). Siento que una visión positiva de la idea de la argentinidad nos puede ayudar con otros objetivos políticos o comerciales. Es mejor caer simpático, pienso yo, incluso si solo estás negociando una cuota de exportación de arándanos o arandelas. Más allá de eso, de lo utilitario, igual prefiero que mi país y mis compatriotas sean queridos o admirados, no temidos o despreciados. Desde mi personalidad ingenua, un poco blandengue, le veo poco sentido a triunfar si los demás te detestan. Y una cosa linda de 2022, ahora desaparecida, era que dos tercios del planeta (aprox) parecían querer que saliéramos campeones, o al menos que Messi saliera campeón.
No todo el mundo está de acuerdo conmigo, por supuesto. Recuerdo que después de Qatar, cuando los franceses empezaron a tirar excusas, varios oficialistas de aquel momento dijeron cosas como “me encanta ser un grano en el culo del mundo” y proponían una actitud canchera, desafiante, orgullosa como método de relacionamiento. Hay toda una tradición del nacionalismo argentino que saca pecho cuando nos putean, y se convence de que la hostilidad siempre es por buenas razones. Cuentas anónimas del mundo de la geopolítica me respondieron el martes que lo mío era una ingenuidad, que cualquier país fuerte tiene “constantes operaciones hostiles” con sus vecinos y que Argentina, “fingiendo que todos nos tenían simpatía, terminó con dos atentados en el medio de CABA”. En definitiva, que “a nivel geopolítico, esta es una mentalidad de vencido”. Un tuitero a quien no conozco, pero pensamos parecido, me sorprendió con un “la bronca también construye carácter”. Y agregó: “Hay que dejar de ser un paisito simpático e inofensivo al que es fácil querer con condescendencia”. Nunca pensé que éramos percibidos como un país simpático e inofensivo. ¿Cuántas divisiones tiene Messi, Hernanii?, me preguntan los geopolíticos, siempre atentos a los fierros.
Lo único que disfruto de todo esto es que ahora los victimistas son los otros. Nosotros durante décadas, dentro y fuera del fútbol, estuvimos convencidos de que el mundo se complotaba en nuestra contra. Al Diego le cortaron las piernas, el penal de Codesal en Roma, el rodillazo de Neuer a Higuaín. Esa actitud, como todo victimismo, nos ponía un techo, porque nos quitaba el derecho a soñar con lo máximo, si total los grandes poderes nunca nos lo iban a permitir. Una de las cosas que más me gustan de esta selección de Messi y Scaloni es que nunca, jamás, le echaron a otro la culpa de sus (pocas) derrotas, nunca hicieron piña de grupo inventándose un enemigo exterior. Ni siquiera en estos días, que sí hay un montón de gente deseando su derrota. Los que se portan ahora como aquellos viejos argentinos denunciadores de injusticias son nuestros vecinos, algunos fans de Cristiano Ronaldo, otros hinchas del Real Madrid, porque no saben que el victimismo los manca, los corroe, les pone un techo. El victimismo es de equipo chico.
En fin. No va a ser hoy, quizás tampoco mañana, pero en algún momento nos van a querer. Como me dijo un amigo, con esa suficiencia tan argentina: “Es inevitable”.
Revista Seúl

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