OPINIÓN
Le debo al Mundial del ‘78, visto de chica desde la cama, mi primera certeza de que el mundo era más grande que mi pueblo: toda infancia debería tener garantizada esa revelación
Por
Andrea Calamari

Es difícil conocer el momento exacto en el que aprendimos lo que aprendimos. Hablo de conocimientos puntuales, de esos que más adelante, a lo largo de una vida, se van acumulando en la estantería más o menos colmada de lo que llamamos cultura general, esa que puede hacerte ganar en el Trivia o en un programa de Guido Kaczka. Cuándo supiste lo determinante que fue el pulgar oponible, la fotosíntesis, la polinización, la importancia del dodecasílabo en el idioma español, la disputa por la ubicación del meridiano cero en París o en Greenwich.
No me acuerdo del momento en que aprendí ninguna de esas cosas ni tantas otras y, sin embargo, puedo precisar el día puntual en que tuve conciencia del mundo como una suma de países. Y no sólo eso. También tengo presente lo que me rodeaba, el estado de ánimo, un olor, la disposición de los muebles, la ropa que llevaba puesta, lo que sentía.
El 31 de mayo de 1978, me diagnosticaron paperas, no sólo a mí, también a mi hermana. Mis padres nos ubicaron a las dos en la cama grande, nos dieron un fixture y encendieron el televisor. No era relevante que no nos interesara el fútbol, que jamás hubiéramos visto un partido y que no supiéramos quién era Menotti; ya tendríamos tiempo de conocer ese nombre y unos 20 más con números en la camiseta ordenados alfabéticamente: el 1 Alonso, el 2 Ardiles, el 3 Baley, el 4 Bertoni, el 5 Fillol (juro que estoy citando de memoria). Mucho tardé en comprender la improbable coincidencia que supuso el 10 para Kempes, no tenía manera de saber que ese número está indefectiblemente asociado a jugadores emblema en sus equipos y que se les asigna por el puesto en el que juegan y no por la inicial de su apellido.
Volviendo a la fecha en cuestión, la Copa del Mundo se convirtió en nuestro plan para la prescripción médica de varias semanas en la cama. Las paperas exigían inmovilidad y eran de recuperación lenta, no eran rápidas como la varicela y la rubéola —habíamos pasado también por eso—. Las paperas eran traicioneras: si no te agarraban de uno de los dos lados, se te deshinchaba un cachete y se te pasaban al otro.
Es necesaria una recomendación acá para los lectores jóvenes: googleen paperas, varicela, rubéola. Verán cuánto ha avanzado la ciencia y cuán aconsejable es respetar el calendario de vacunación.
Ese día 31 de mayo, con el fixture en la mano, tomé conciencia de habitar un espacio mucho más amplio y diverso que mi casa, mi pueblo, los pueblos vecinos y un lugar con montañas en las vacaciones. El mundo era más que eso. Yo habitaba una porción muy chica y recortada de algo mayor.
Dieciséis banderitas. 16 países. Hungría el primero. Tendríamos suficiente cantidad de tiempo libre para averiguar todo, para conocer más.
Escribo 16 y reparo en la distancia enorme que lo separa de los 48 de este Mundial. Qué festival me hubiera hecho con esa cifra. ¿Dónde queda Cabo Verde? ¿Cómo es la bandera de Uzbekistán? ¿Cómo se les dice a los que nacieron en Curazao? ¿Curazaínos?
No importa que no te guste el fútbol, pensá en los chicos. El Mundial es un mes fuera del tiempo: podés faltar a la escuela porque juega Argentina, comprás figuritas, te acostás más tarde porque juega Noruega y te gustan tanto las tribunas con remeros vikingos que tus papás no pueden negarse. Es un mes solamente, un mes fuera del tiempo. Pero esto sucede cada cuatro años, y uno crece rápido. No se vive igual cuando sos más grande.
Todos los chicos deberían tener derecho a unas paperas de lenta recuperación para atravesar un mundial —completo— frente al televisor.
Y ya que estamos en temática mundialista y acá suelo hablar de libros, aprovecho para decir que se acaba de publicar Scalopedia. Una enciclopedia coral de la Scaloneta de Matías Bauso, Javier Acuña y Esteban Serrano. Lo de coral es porque invitaron a un montón de gente a participar, entre ellos a mí, así que voy a aprovechar este espacio para compartir lo que escribí (total no es spoiler porque no hablo de fútbol, lo único que faltaba).
El libro está armado con formato de enciclopedia alfabética y mi entrada se llama “Upa”:
Desentrañar los múltiples sentidos del nolepudohaceupa debería ser materia para filólogos. No se trata de una expresión cualquiera ni de una frase dicha entre otras, es un acto de habla que marca un antes y un después, es una declaración de principios, es la condensación del espíritu de la Selección argentina de fútbol en la era Scaloni en boca de su figura emblemática.
Veamos el contexto. Es el 10 de julio de 2021, y la Selección está a punto de saltar al campo del Maracaná para jugar contra Brasil. En el vestuario, los jugadores hacen una rueda. Los cuerpos encadenados, levemente inclinados hacia el centro, como si hubiera una fuerza gravitatoria que los lleva hacia ahí.
Hay una fuerza.
Es el capitán.
“Ya sabemos lo que es Argentina, ya sabemos lo que es Brasil, hoy no quiero decir nada de esto. Hoy quiero darles las gracias, muchachos, quiero darles las gracias por estos 45 días. Se los dije el día de mi cumpleaños: se armó un grupo espectacular, un grupo hermoso y lo disfruté muchísimo. Cuarenta y cinco días donde no nos quejamos de los viajes, de la comida, de los hoteles, de las canchas, de nada, muchachos. Cuarenta y cinco días sin ver a nuestras familias, muchachos, ¡45 días! El Dibu, el Dibu fue papá, fue papá y no pudo ver a la hija todavía, nolepudohaceupa (…)”
Nolepudohaceupa no es una deformación del lenguaje producto del apresuramiento, no es un arrebato ni una licencia poética. Permítanme decir que tampoco estamos frente a un simple caso de acento rosarino (tan fácilmente denostable por los cultores del silabeo perfecto, la dicción inmaculada y la pronunciación completa de todas y cada una de las letras que componen las palabras, incluidas las eses, casi nunca necesarias). Nolepudohaceupa es el vocablo emblema de un lenguaje nuevo.
Los inclinados a la sensiblería hablaron de “una emotiva arenga de Lionel Messi”, pero una arenga es otra cosa. Acá no hubo ni prédica ni proclama, no fue este un discurso para enardecer los ánimos ni exaltar osadías, fue más bien una charla bajita. Doméstica.
No hace falta convertirse en héroe para ganar la copa. Hay que ganar la copa para llevarla a casa y alzar a los hijos.
“El Chino igual, lo vio un ratito nomás, estuvo un ratito nomás, muchachos. ¿Y todo por qué? Por esto, por este momento, porque teníamos un objetivo, muchachos, teníamos un objetivo y estamos a un pasito de conseguirlo, a un pasito. ¿Y saben qué es lo mejor de todo? Que depende de nosotros, depende de nosotros ganar esta copa. Así que por eso, ahora vamos a salir y vamos a levantar esa copa y la vamos a llevar para Argentina para disfrutar con nuestras familias, nuestros amigos, la gente que bancó siempre a Argentina. Lo último, y con esto termino: no existen las casualidades, muchachos. ¿Saben qué? Esta copa se tenía que jugar en Argentina y Dios la trajo acá, Dios la trajo acá para que la levantemos en el Maracaná, muchachos, para que sea más lindo para todos. Así que salgamos confiados y tranquilos que esta la vamos a llevar para casa”.
Revista Seúl
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