OPINIÓN
A veces pasa que empezás a escribir para un lado y terminás en cualquier otro. Las palabras, las ideas, las imágenes son liebres que saltan, cruzándose en el camino que venías siguiendo
Por Andrea Calamari
Sigo fragmentaria, por no decir dispersa. Quizás debería sincerarme. Me está costando cada vez más mantener líneas mentales y narrativas de largo aliento: sólidas, enfocadas. Me gustaría sentarme a escribir con una idea en la cabeza y desarrollarla hasta el final sin irrupciones indeseadas.
No hablo de las asociaciones que aparecen cuando uno está encadenando unas palabras con otras, algo que, con ideas, eso está bien. Nadie quiere un texto traslúcido y aséptico que va de principio a fin como si nada lo hubiera tocado, sin contaminación cruzada. Lo bueno de ponerse a escribir es que vos arrancás para un lado, más o menos intuís el recorrido porque te empezaste a abrir paso por ahí, le das para adelante y casi que podés ver el desenlace, esperando, al final del camino y de repente te aparece lo imprevisto.
Se te cruza una liebre.
¿La seguís o le disparás?
Acaba de pasarme. Yo no iba a hablar de liebres, pero se me apareció y estoy como Alicia: tengo que seguirla.
Me llevó a la chata Chevrolet de los hermanos Urselay, con cuatro faroles redondos alineados arriba de la cabina, la caja llena de barro, los restos de sangre y cuero, un ojo tieso rodando de un lado a otro. Las risas, los gritos de los hermanos Urselay cuando salían a cazar liebres. Va a costar recuperar el paso porque me fui lejos: llegué a Larralde, imagínense.
“La liebre es una luz con tanta bala
Mi viejo doce chico ni tosió
Las balas del pueblero, pelaron los potreros
Haciéndole un augero al pobre peón
Y entre los pajonales se han enredao mis males
Por un cuerito flaco que es mi pan”.
No desesperen, citadinos, ya estoy de vuelta.
Yo iba a hablar de libros.
Hace poco le regalé a una amiga Los viernes, de Juan Forn. Esos cuatro tomos que recopilan las contratapas que cada viernes escribía Forn para Página/12 son un buen ejemplo de escritura si lo que uno busca es contar una historia (una sola) a partir de personajes enormes y en apariencia inabarcables. Tomar un aspecto de una vida, hacer foco ahí y no dispersarse, no perderse en todo lo que se podría decir sobre esa persona, darle carácter narrativo a lo que una pluma menos entrenada convertiría en una entrada de Wikipedia, hacer todo eso, creo, es un gran mérito. No me gustan las ficciones de Forn, pero los relatos de los viernes están muy bien. Eso sí, mi querida Sandra de la Fuente, lo que olvidé decirte entonces es que eso también lo hizo Javier Marías en Vidas escritas, un libro de 1992 con el que volví a cruzarme en estos días.
Es raro lo que pasa con la lectura: en el momento en que estamos dentro de un libro creemos que esa experiencia se quedará con nosotros, que ese fraseo particular que nos llama la atención permanecerá en la memoria, y resulta (a veces, demasiadas veces) que un tiempo después ni nos acordamos de haberlo leído.
Sólo aquello que leí y releí, lo que conversé con otros, lo que usé para dar clases (es decir que lo pasé una y otra vez por los ojos, la voz, la mano que toma notas), sólo eso es lo que subsiste.
¿Será que finalmente le vamos a tener que dar la razón a Sócrates?
Es conocido que el hombre no era partidario de la escritura: si uno le pregunta algo a un libro, dijo, no responde. Las palabras escritas parecen hablar con uno como si fueran inteligentes, pero si se les interroga para saber más, siguen repitiendo lo mismo.
Claro que antes de llegar a esa conclusión, Sócrates se hizo preguntas al respecto, fue y vino en el diálogo, aplicó el muy mentado método socrático, al que conocía como si lo hubiera inventado.
Sócrates le cuenta a Fedro una historia que transcurre en Egipto.
Resulta que el dios Theuth llega con algunas novedades (el Olimpo egipcio es una especie de Silicon Valley), ha descubierto los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, el juego de dados y el de damas. También las letras. Entusiasmado, presenta sus hallazgos ante el rey: todos los egipcios deberían conocer estas nuevas artes.
Pero los reyes no piensan como los dioses, están más en el día a día de las cosas del mundo y de las personas y no les interesan las novedades a menos que puedan ser evidentemente útiles.
Parece que el rey no se la hizo fácil al dios. Utilitarista y quisquilloso, empezó a hacer innumerables preguntas acerca de la utilidad de cada hallazgo. Cuando llegaron a lo de las letras, el dios elogió el descubrimiento como lo haría un vendedor de autos usados con la joya del depósito:
“Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”.
Parece que el rey no era ninguna luminaria porque le encantaron las damas y los dados, pero empezó a encontrarle defectos a la escritura. Objetó:
“A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos”.
Ya sospechamos a esta altura que no es el rey el que va esgrimiendo argumentos, sino Sócrates, que siempre tiene a la mano alguna historia incomprobable para convencer a sus interlocutores —desarmados, un poco ingenuos, útiles— con la mezcla infalible entre lógica y narrativa que lo hizo célebre. Continúa el rey/filósofo:
“No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes”.
Se preguntarán ustedes qué responde Fedro ante estas palabras.
“—¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de cualquier otro país que se te antoje!”
Un chupamedias, Fedro.
Me encantan los personajes que fue creando Platón, esos frontones planos y amplios para que Sócrates pudiera pelotear, lucirse. Les explica las cosas como a niñitos, los caga a pedos, los tiene sentados durante horas con paciencia estoica mientras esperan meter un bocadillo cada tanto, darle el pie preciso al maestro, festejarle todo.
Pero bueno, así era Sócrates y entonces le termina diciendo a Fedro que ese invento de las palabras escritas no va a andar, porque carecen de utilidad: si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios.
Es ocurrente la frase, pero no convenció a nadie. No la compró Platón, que se dedicó a escribir, y así convirtió a Sócrates en el personaje arquetípico de la filosofía diletante, ni mucho menos Aristóteles, acumulador de palabras escritas, tantas, que se ganó el apodo de “el Lector”. Los interesados por el saber y el conocimiento entonces fueron dejando de preguntarle todo al bueno de Sócrates y se pusieron a descifrar signos escritos para descubrir qué escondían. En poco tiempo la humanidad leyó de corrido, cesó de confiar el ejercicio de la memoria en cada cabeza individual y lo depositó en el libro.
¿Le pregunto algo y no responde? No importa, le pregunto a otro. Y a otro más. Me quedo pensando en las diferencias entre uno y otro, en sus ventajas y desventajas, en su forma, en el estilo.
Ya hablamos acá de San Agustín, que recomendaba memorizar textos y no confiar en la propia inteligencia. Cuando leés frases que te gustan, decía, tenés que forzarte para retenerlas y así familiarizarte con ellas; de otra manera pasarán delante de tus ojos y pronto se convertirán en letra muerta.
Esto no cuadra muy bien con la imagen cristalizada del lector voraz. Extraña metáfora la del devorador de libros, ese que engulle páginas como si fuera comida rápida. Consumir libros se me hace tan prescindible como acumular combos de McDonald’s.
Acaba de saltar otra liebre. ¿La sigo o la mato?
Es una distracción sobre las palabras, así que la sigo, aunque sea durante un tramo corto porque se hace tarde: escribí prescindible, pero pensé vano (esa palabra no la uso, ya fue blindada por alguien y no podría tipearla sin bochorno) y esa trajo con ella a baladí, pero no podría jamás usarla, me es totalmente ajena. Y ahora el desvío que tomé con las palabras me lleva a una de las listas que tengo en mis cuadernos: PALABRAS QUE LEO, esta vez con el subtítulo SÉ LO QUE SIGNIFICAN PERO NO LAS USO.
Cuando repaso algunas de estas listas, tiempo después, puedo adivinar, o más bien deducir, qué autor estaba leyendo en cada momento. Ya sabemos por dónde andaba cuando la lista reúne:
baladí
vasto
aldabonazo (quizás no la uso por anacrónica: ya casi no hay aldabas en las puertas)
perentorio
añorar
endeble
vacuo
inmotivado
capitular
cesar
craso
obrar (por hacer, actuar)
Y así llegué como a 9.000 caracteres y me había prometido hace tiempo no superar esa cifra. Ya no me acuerdo a dónde quería ir al principio.
Revista Seúl

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