OPINIÓN
Creo en el cambio climático, pero si la sola mención del tema desata amenazas de muerte contra un meteorólogo, es porque hace rato que dejamos de discutir sobre el clima

Con estas temperaturas en el norte de Europa, el horno no está para bollos. Ni siquiera y, sobre todo, para el small talk sobre el tiempo. El inofensivo “qué calor” intercambiado con un desconocido en un taxi o en un ascensor puede pasar a mayores en un instante, dependiendo de la fe de cada uno en el clima; porque de eso se trata, como veremos más adelante. Pero primero vayamos al campo de batalla: los mapas con temperaturas presentados en el pronóstico del tiempo.
Con los primeros calores y huecos informativos entre el ébola y la guerra en Irán, el presentador del tiempo en TV cobra un breve protagonismo y despliega su mapa digital con tonalidades amarillas, anaranjadas, rojo furia y negro “vamos a morir todos”.
Francia ha ido abandonando el concepto de “la chica del clima” (que debería llamarse “del tiempo”), verdaderas instituciones en América Latina y el este de Europa, donde el espectador, a falta de preocuparse por si va a llover en las planicies o en la montaña, se pierde en el relieve de la joven que mueve el puntero sobre la pantalla verde. Lo que sí se afianza —poco importa el canal— es el remate de las previsiones con, palabras más, palabras menos, la sentencia: “Lo que estamos viendo es inédito/histórico para esta época del año y se debe al cambio climático”.
Las capturas de pantalla de los mapas pasan luego a las redes para hacer lo que mejor hace X: burlarse, putear, polarizar. “Es sólo una ola de calor”, “ya tuvimos temperaturas altas en el pasado”, “¡dejen de querer meternos miedo!”. Los más comprometidos con la causa hacen copy paste de mapas de hoy y de hace décadas comparando la distinta atribución de colores a temperaturas idénticas para probar que antes se veían menos alarmistas, aunque en los factores de peligrosidad para el humano existan otros parámetros que antes no importaban y hoy sí.
Cuestión que la animosidad es tan grande que los meteorólogos reciben lluvias de insultos y amenazas, al punto que uno de los periodistas del canal de noticias BFMTV, uno de los más vistos de Francia, interrumpió el vivo de su parte del tiempo para protestar a cámara. “Van 48 horas que recibimos amenazas e insultos porque en los mapas meteorológicos aparece el color rojo (…) el color depende de la desviación respecto a los valores normales de la temporada. Ahora bien, esta alcanza localmente hasta +15 °C, o incluso +17 °C”, dijo el reportero, tratado en X de “payaso”. El canal publicó una nota explicando la metodología de sus valoraciones térmicas, mientras el Sindicato de Periodistas del canal denunciaba las amenazas contra los climatólogos y escribía: “estos mapas no deforman la realidad, sino que reflejan hechos de acuerdo con un código de color empleado de manera universal en los medios”.
No voy a entrar en quién tiene razón, no porque no me parezca importante, sino porque la discusión es en realidad sobre otra cosa, lo que explica el nivel de violencia de un asunto que durante mucho tiempo fue un tema de conversación absolutamente trivial.
Creo en el cambio climático. Digo “creo” porque como para una infinidad de cuestiones delego en terceros especializados mi facultad para saber. En este caso, creo en el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, sus siglas en inglés), el nivel de consenso científico y la metodología de revisión por pares. Del mismo modo, creo que el avión en el que viajo está en condiciones de volar porque fue revisado por técnicos capacitados, que el chocolate que me compro en el súper cumple las normas sanitarias para consumo humano o que el médico se atiene a lo que aprendió en una universidad competente para cuidarme. No puedo estar en todo. Y todos hacemos lo mismo de una u otra forma: confiamos en el consenso de la ciencia y, si cambia, como ocurre tantas veces, lo haremos también. Entonces, ¿por qué este rechazo a la realidad del cambio climático en sus dos principales variantes: “No es real, son ciclos de cambios de temperatura que siempre han existido” o “es real, pero no tiene un origen humano”? ¿Por qué un hecho que puede ser debatido en calma, científicamente y con matices, despierta tales pasiones? Porque en realidad hablamos de otra cosa.
La ecología cooptada
En sus inicios, los dos polos principales de esta discusión eran como con el del cigarrillo. Profesionales de salud contra industriales, que negaban o minimizaban los efectos nocivos de fumar. En el tema del cambio climático, eran científicos contra las petroleras, que hoy siguen haciendo un lobby enorme en las cumbres climáticas y en las políticas públicas. Esta dicotomía se alteró con el desarrollo de los movimientos ambientalistas que metieron de contrabando otras banderas a la causa. Los partidos ecologistas europeos en los años ’90 se convirtieron en sinónimo de partidos de izquierda, algo que no era evidente al principio. Incluso existieron movimientos ecologistas nazis.
El discurso ambientalista se volvió inseparable del del anticapitalismo, aunque los experimentos comunistas no se mostraran particularmente amables con la naturaleza. Ya en siglo XXI, el ambientalismo pasó bajo el paraguas de la interseccionalidad, es decir: una rama más, con el feminismo, el movimiento LGBT-etc., el decolonialismo o el antiimperialismo, del árbol de una supuesta justicia social. La militancia ambientalista, como la antirracista y feminista, sólo tendría legitimidad si llevaba el sello de conformidad anticapitalista+antioccidental. Por eso, nada más natural e ilustrativo que el paso de Greta Thunberg de profeta del apocalipsis climático a pasionaria de Black Lives Matter y su última iteración, el palestinismo. Dicho sea de paso, es curioso que los propalis tengan como símbolo la sandía. Esta fruta es una de las maneras de llamar a este activismo climático: verde por fuera, rojo por dentro.
Al desprecio por la sociedad liberal capitalista, la culpabilización desde una supuesta superioridad moral y el catastrofismo se suma el hecho de que las caras más visibles de la militancia son las más radicales, las que lanzan porquerías a obras maestras de la pintura o incursionan en sus detestadas centrales nucleares, energía que han rechazado más por ideología que por evidencias científicas sobre el impacto ambiental real y han hecho que Alemania vuelva a explotar el carbón y Putin chantajee cerrando la canilla de gas a toda Europa.
Al cooptar la lucha contra el cambio climático y meterla en el pack de la izquierda radical, han generado una reacción visceral que se desplazó al marco más amplio de la batalla cultural. De ahí que Trump o Milei rechacen el Acuerdo de París. Y esta lógica conlleva una doble desgracia para el planeta y sus habitantes. Por un lado, la cara visible del ambientalismo ha quedado en manos de unos marginales narcisistas que desacreditan la labor científica y de divulgación sobre algo tan vital como el aire que respiramos. Por otro, ha convertido a personas que, sin esta instrumentalización, podrían haber estado más atentos y abiertos a ver qué estaba pasando con el medioambiente y qué se podía hacer con el asunto. En cambio, lograron radicalizar a buena parte de la sociedad que se dice: si ellos dicen que es por allá, debe ser por el lado contrario. Vamos a tener que buscar temas menos caldeados, como la situación en Oriente Medio.
Revista Seúl
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