OPINIÓN
Sobre las distintas formas de homenajear a los seres que se van

Por Diego Papic
El año pasado se murió uno de mis gatos. No voy a hacer una columna como la de Leila Guerriero en El País; en primer lugar, porque no sabría como hacerlo, pero en segundo porque me parece medio abyecto, para usar la famosa palabrita de Jacques Rivette, meterle poesía a la muerte. Hace poco más de un mes se murió mi tía (la que estuvo en febrero en el Dupuytren) y no me dio ni para el infaltable posteo de Instagram. Sentía que cualquier like que obtuviera con su muerte era obsceno y mal habido. Ya sé que un like puede significar simplemente “lo lamento”, pero igual no me sentí cómodo. No juzgo a quien lo hace. Es lo que me pasa.
A mi gato sí le dediqué un posteo en su momento, pero es diferente. En primer lugar: es un gato, no una persona. Pero, además, ¿qué quedaba de él si yo no hacía eso? Nada. Mi tía (Mirta Alicia Trakinski era su nombre) dejó recuerdos y tocó las vidas de innumerables personas a lo largo de sus 78 años. Mi gato (Charly era su nombre) vivió sus siete años dentro de los 70 metros cuadrados de mi departamento y nadie más que yo lo conoció verdaderamente. Cuando se murió, una ex me mandó unas fotos que le había tomado cuando estábamos juntos. “Era un amor. Lo recuerdo con muchísimo cariño”, me dijo. Pero no lo conocía.
Es que es difícil conocer a un gato. Supongo que pasa con cualquier animal. Supongo que conocer a una lombriz es más difícil todavía. No quiero entrar en esa discusión de gatos versus perros, team batata team membrillo. Tengo gatos simplemente porque hace unos años vivía con una chica que tenía gatos y cuando nos separamos y se fue, me dejó uno de garrón y me encariñé.
Tiempo después, tomé la estúpida decisión de adoptar otro. Por un lado, quería jugar con un cachorrito. Por el otro, pensaba que Rocco podía disfrutar la compañía. ¡Error! Se pelearon hasta el último día. A veces se lamían, pero enseguida pasaban a las trompadas. Cuando Charly murió (sí, murió el más joven, prematuramente, algo que todavía me mortifica), Rocco ni se inmutó. No me vino a despertar para avisarme, y ni sé dónde estaba cuando vi el cadáver blanco y peludo en el living (jamás diría “yacente, yerto”, pero ya estaba más duro que sánguche de baldosas).
Conseguí el teléfono de uno de esos tipos que se llevan los cadáveres de los animales. Me cobraba $100.000 o $130.000 “con devolución de cenizas”. Elegí la primera opción, no por un tema económico sino porque no me resultaba agradable tener las cenizas de mi gato muerto en mi casa. El tipo no intentó simular congoja, supongo que debe ser agotador, sino imposible, hacerlo tantas veces por día. Cuando lo empezó a poner en la bolsa me dijo: “Está duro, es el rigor mortis”. Yo aprendí del rigor mortis en El regreso de los muertos vivos, película que vi cientos de veces por televisión en los años ’80: el corazón deja de latir, las células dejan de recibir oxígeno y los músculos se contraen y quedan rígidos. “Se debe haber muerto en el medio de la noche”, le dije.
El servicio incluía un posteo en las redes sociales con la leyenda “Charly: Dejaste de ser un ángel terrenal para convertirte en un ángel celestial” o la que yo quisiera. Me pareció que ameritaba una leyenda personalizada y mandé: “Charly: voy a extrañar tus patitas amasándome la panza. Buen viaje”. Lloren, chicos, lloren.
Después, puse en mi Instagram:
Charly (2017-2025). Era blanco y peludo como yo. Parecía gordo, pero yo decía que era por los pelos. Me gustaba pellizcarle la panza porque tenía como un colgajo de piel. Nunca en su vida mordió, arañó ni gruñó a nadie, aunque tampoco se dejaba alzar ni siquiera por mí. Aun así, era muy cariñoso. Cuando se te subía encima, ronroneaba a un volumen mayor de lo normal y movía la cabeza para que lo acaricies. Cuando venía gente, se escondía abajo de la cama. Otras veces se escondía en lugares secretos que jamás descubrí. Lo llamaba, pero aparecía cuando quería y yo nunca sabía dónde había estado. Lo molestaba a Rocco, su hermano mayor, que le rugía y lo fajaba. Una vez terminó con la trompa arañada. Pero Charly lo molestaba igual. No comía mucho, pero le gustaba comerse el plástico de las bolsas del supermercado o de la ropa del lavadero (creemos que se murió por eso). Siempre pensé que Rocco se iba a morir primero, además porque estuvo mal del estómago el año pasado, así que esto me toma por sorpresa. También es mi primera mascota propia que se me muere (no incluyo a las de la casa de mis viejos). Pobre Charly. Que este posteo quede como testimonio de tu paso por el mundo.
Lo releo ahora y me doy cuenta de que ya me había olvidado de algunas cosas, de que ya me estaba olvidando de Charly.
No se cumple un aniversario, pero el texto de Leila Guerriero me hizo extrañarlo un poco y también pensar en las diferentes maneras que tenemos de despedir a los seres que se van. Esta es la mía.
Revista Seúl
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