CAMBIAR FIGURITAS

OPINIÓN 

"Ha sido un placer hacer negocios con usted"

Por Hernán Iglesias Illa

El domingo a la tarde fuimos a Parque Rivadavia a cambiar figuritas del álbum del Mundial. Del lado de los puestos de libros usados, sobre Formosa, cientos de familias (no exagero) se habían juntado, sin cita previa, para ejercer la venerable tradición comercial del trueque. Con sus listas de repetidas y faltantes en mano, padres e hijos, madres e hijas, buscaban ojos anónimos y preguntaban: ¿tenés para cambiar? Así empezaba la danza, bajo el frío sol del otoño, del mercado secundario de las figuritas del Mundial, que cada niño porteño parece haber comprado y empezado a completar.

Con Lev (7) teníamos 42 figuritas repetidas, que nos sacamos de encima con asombrosa facilidad. En los encuentros dialogábamos casi siempre los adultos, sobre todo si los hijos eran chiquitos. Uno recitaba primero las que le sobraban y la contraparte chequeaba si le servían, no contra el álbum (prácticamente no vi ninguno) sino contra una lista escrita a mano en un cuaderno. “Canadá 9, Sudáfrica 2 y 6, Austria 8 y 14”, empecé, aprendiendo rápido el ritual. Un papá y una hija con acento venezolano movieron sus dedos por la lista y respondieron: “Austria 8 nos sirve”. Entregamos entonces a Phillipp Mwene, defensor del Mainz, mirada desafiante, aritos en las orejas. “¿De Argentina te tenés alguno?”, me preguntó el padre. “Argentina 4”, le respondí: Cuti Romero. También le servía. Cuando cada uno hubo leído sus listas, se produjo el intercambio de los activos físicos que sellaba nuestro acuerdo: fueron seis para allá y vinieron seis para acá, entre ellos Lucas Digné (FRA 8) y Omar Alderete (PAR 7). A varios les hice el mismo chiste, que funcionó la mitad de las veces: “Ha sido un placer hacer negocios con usted”.

Las reglas de etiqueta dicen que uno debe armar su pilón de repetidas en el orden en el que están en el álbum, así es más fácil encontrarlas. Como vimos que casi todos respetaban esta regla, reordenamos nuestro pilón inicial, que venía aleatorio, para ser mejores participantes del mercado. A veces uno podía decir los código de país que aparece en las figuritas, para acelerar (BRA 8, MEX 2, FRA 10), pero no siempre se entendían y entonces decíamos Arabia Saudita y no KSA, Cabo Verde y no CPV. Todo este proceso ocurría sin fricciones, con una eficacia envidiable (¡sin Estado!, diría alguno) y en voz bajísima: a pesar de la multitud, el susurro era apenas audible.

Aun así, el clima era celebratorio, cálido, de una gran confianza interpersonal: nadie parecía tener miedo de que le robaran las figuritas, le enchufaran falsificaciones o se produjeran asperezas. Cuando una contraparte, un adolescente de ojos grandes vestido de gimnasia, me dijo que su figurita con el escudo de Egipto (EGY 1) valía no una sino dos figuritas normales, acepté el precio y pagué: entregué SEN 4 (Niakhaté) y CIV 19 (Guessand). Más tarde comprobé, aliviado, que este precio era validado por el resto del mercado. Esto reforzó para mí, un novato en el arte del trueque mundialista, esta idea poco resaltada de la altísima confianza interpersonal que existe entre la clase media porteña. Es más popular decir que la ciudad es un sálvese quien pueda, una batalla por la supervivencia, pero rituales de este tipo, que no empezaron con este Mundial ni es la primera vez que pasan en el Parque Rivadavia, son más habituales de lo que parece.

A la misma hora Peter Thiel, instalado en Buenos Aires por motivos indescifrables, jugaba un torneo de ajedrez en el club Torre Blanca, en Almagro. Había llegado acompañado desde Palermo por dos guardaespaldas, había pagado en efectivo la inscripción de 3000 pesos y se había sentado en los tableros asignados. Ganó cinco partidas y perdió dos, lo que le valió una medalla de bronce y una sensacional foto con las autoridades del club y los ganadores. Parece que alguien le gritó “la patria no se vende”, pero un socio de Torre Blanca que conocí el lunes de casualidad me aclaró que el agresor había sido un solo tipo, militante de “Peón Vuelve”, la brillantemente nombrada rama ajedrecística de La Cámpora.

Thiel, en modo villano favorito, posaba entonces contento, relajado aunque un poco marciano, rodeado de criollos del Abasto y sin miedo aparente a ser abducido o agredido o molestado. Es una imagen disonante, como si los dos mundos de la fantasía futurista y del club de barrio retro no pudieran existir en el mismo plano. Y sin embargo, Buenos Aires te aporteñiza: como los papis y las mamis de Parque Rivadavia, Peter confió en porteños desconocidos con quienes lo unían tenues lazos institucionales, aceptó sus reglas e imitó sus rituales. Le dijeron “ahora hacemos una foto” y se puso en situación de foto.

En el muy buen episodio sobre Nueve Reinas de “Películas Políticas Argentinas”, el nuevo podcast de Seúl, Diego Papic y Pablo Siciliano dicen que los porteños de clase media somos menos chantas de lo que creemos que somos. De una manera un poco perversa, que revela la doble condición argentina de creernos los mejores o los peores del mundo, pero nunca en el pelotón, preferimos tener de nosotros mismos la imagen de poco confiables, de ventajeros, porque nos hace más interesantes y menos grises. Eso, dicen Diego y Pablo, explica en parte la fascinación por el personaje de Ricardo Darín, un tipo sin moral que opera en una ciudad sin ley y que sólo puede ser derrotado por otro igual de amoral pero más vivo.

En Nueve reinas nadie confía en nadie, y hacen bien. La realidad, menos interesante para este retrato pero interesante en sí misma por otros motivos, es que confiamos, nos pasamos el mate con desconocidos, invitamos a NN a asados y partidos de fútbol. Descendemos sobre Caballito un domingo a la tarde para intercambiar figuritas, aprendiendo y respetando las reglas. Queremos que nos vean como Darín, pero somos Gastón Pauls.

Revista Seúl




Comentarios