BASURALES POR TODOS LADOS

OPINIÓN

El problema que nadie quiere mirar de frente

Por Alberto Marino 

El panorama es bastante crudo: en Argentina hay más de 2.000 municipios… y unos 5.000 basurales a cielo abierto. Sí, leíste bien. No todos son iguales, pero casi todos nacen por lo mismo: son la salida más fácil, rápida y barata cuando no hay plata, planificación ni infraestructura.

La lógica es simple. Si un municipio no puede bancar un relleno sanitario, termina tirando todo en un descampado. Es lo más lejos posible de una gestión seria de residuos, pero muchas veces no hay otra. Y ahí está el problema de fondo: manejar la basura como corresponde cuesta caro, y la mayoría de los municipios no llega.

Encima, estos basurales no aparecen de un día para el otro. Arrancan de a poco: alguien tira unas ramas, otro deja bolsas, otro se saca de encima un mueble viejo. Lo que parecía algo momentáneo se transforma en un punto fijo. Y así, sin que nadie lo frene, crece.

A esto se suma otro clásico: cuando el camión recolector no pasa o pasa cada tanto, la basura igual se junta. ¿Y qué hace la gente? La lleva al baldío más cercano, a una cava abandonada o a cualquier terreno vacío. Es una solución de emergencia que termina siendo permanente.

En los papeles, estos basurales son ilegales. En la práctica, todo el mundo mira para otro lado. ¿Por qué? Porque no hay alternativas reales.

En el Área Metropolitana de Buenos Aires la cosa escala fuerte: ahí se genera el 40% de los residuos del país. Cada día entran unas 17.000 toneladas al CEAMSE. De ese total, unas 5.000 vienen de la Ciudad y cerca de 12.000 de la provincia.

Pero la provincia tiene dos caras. Por un lado, la gran mayoría de la basura (el 87%) termina en rellenos sanitarios. Por otro, todavía hay 81 municipios que siguen usando basurales a cielo abierto. Es el 13% restante, que no es poco.

Y ojo, porque incluso en zonas donde hay rellenos sanitarios, aparecen basurales más chicos por todos lados. Son los famosos vuelcos clandestinos. En barrios más vulnerables, donde vive más gente y el camión pasa menos, esto es casi inevitable.

Ahora bien, esto no es solo un tema ambiental. También es social. Hay familias enteras que viven de lo que encuentran en la basura. Recuperadores urbanos que separan, venden y sobreviven gracias a eso.

Pero el costo es altísimo: contaminación del suelo, del agua y del aire. Aparición de ratas e insectos. Problemas de salud para quienes viven cerca. Y además, una vez que un lugar se convierte en basural, no alcanza con limpiarlo: hay que remediarlo, y eso cuesta una fortuna. Por eso, muchas veces ni se hace.

Entonces, la gran pregunta: ¿por qué no hay una solución? Básicamente, porque no hay una política sostenida en el tiempo. Cada municipio hace lo que puede con lo que tiene. Se habla mucho de “regionalizar”, es decir, compartir costos e infraestructura entre varios distritos. Suena bien, pero nadie quiere recibir la basura del vecino.

Y como si faltara algo, la plata tampoco aparece. Hubo programas y financiamiento durante años, incluso internacional, pero hoy ese esquema está casi frenado.

En este contexto, hay algo que suele subestimarse: la comunicación. Sin la gente adentro del sistema, nada funciona. Separar residuos, reciclar o consumir menos no pasa solo por poner contenedores. Si la gente no entiende o no confía, no lo hace.

Ahí está una de las fallas más grandes: nunca quedó claro qué hacer con la basura ni por qué debería importarnos. Mientras tanto, el problema crece callado. No suele estar en la agenda, pero pega en todos lados: salud, ambiente, economía y calidad de vida.

Si querés ver hasta dónde puede escalar todo esto, mirá lo que pasa en Bariloche. El basural de la ciudad recibe unas 200 toneladas de residuos por día y ya acumuló más de 500.000 toneladas. Pero lo más preocupante no es el tamaño, sino el impacto.

El lixiviado —ese líquido que se genera cuando la basura se descompone— se filtra en el suelo y puede llegar a las napas de agua. Ahí está el verdadero peligro: que contaminantes como metales pesados terminen en el agua que consumimos.

En este caso, la amenaza alcanza a los lagos Gutiérrez y Nahuel Huapi, además de arroyos cercanos. Todo esto, en plena ciudad turística.

Y hay más: para achicar volumen, muchas veces se prende fuego la basura. Resultado: aire contaminado y más riesgos para la salud. ¿Reciclaje? Menos del 5%.

Tribuna de Periodistas




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