OPINIÓN
Donde la guerra antes dolía… y hoy apenas se desliza

Por Iván Nolazco
Hubo un tiempo en que la guerra entraba en la casa sin pedir permiso. Hoy entra también… pero nadie la deja quedarse.
Esta mañana abrí el teléfono.
No buscaba nada. Y encontré todo.
Un misil cayendo en Medio Oriente.
Un niño cubierto de polvo.
Un mapa que explicaba el avance de tropas.
Un analista que hablaba de “daños colaterales” con la precisión de quien no ha visto nunca un cuerpo.
Deslicé.
Una receta.
Un chiste.
Una publicidad.
Deslicé otra vez.
Y en ese gesto —mínimo, automático, casi inocente— entendí algo que incomoda: la guerra ya no irrumpe.
Se integra.
Y sin embargo, mientras escribo esto… también deslizo.
Afuera, sobre la mesa, un libro permanece abierto por la mitad. No avancé en tres días. No es falta de tiempo. Es falta de esa otra cosa que antes permitía sostener una página sin que el mundo entero entrara a empujones por la rendija del bolsillo. La lectura ya no es refugio. Compite. Y compite mal.
Porque la guerra, ahora, también está ahí. Entre un párrafo y otro. Entre una cita de Marcuse y una notificación. Y uno ya no sabe si está leyendo o solo esperando el próximo destello.
Cuando la guerra no pedía permiso
En los años 60, la guerra no era contenido. Era interrupción.
No llegaba como fragmento. Llegaba como golpe.
Las familias se reunían frente al televisor —esa caja que no entretenía, sino que revelaba— y lo que veían no competía con nada. No había algoritmo que amortiguara el impacto. No había doble tap que suavizara la escena.
Había guerra.
Y la guerra tenía rostro. Tenía nombre. Tenía edad.
El muchacho que aparecía en pantalla podía ser el hijo de alguien. El vecino. El próximo.
La distancia geográfica no alcanzaba para proteger a nadie de la conciencia.
Por eso las calles se llenaban. Por eso las universidades ardían. Por eso la música dejó de ser fondo para convertirse en postura.
La foto de Phan Thị Kim Phúc (1972)
Esa imagen —la niña de nueve años corriendo desnuda por la carretera, la piel quemada por napalm, los brazos abiertos como un grito— no necesitó traducción. No fue viral. Fue vista. Una sola vez. Y esa única vez bastó para que Estados Unidos entrara en una grieta moral de la que ya no saldría igual. Nadie deslizó hacia otra cosa. Porque no había otra cosa. Solo ese cuerpo diminuto atravesando el horror.
La masacre de My Lai (1968)
Cuando se supo que soldados estadounidenses habían asesinado a más de quinientos civiles vietnamitas —mujeres, ancianos, bebés— la prensa no lo trató como un exceso colateral. Fue portada. Fue juicio. Fue una grieta en la conciencia nacional. El periodista Seymour Hersh no necesitó un hilo de Twitter. Necesitó meses de investigación y una revista que se atreviera a publicar. Y el país no deslizó. El país tembló.
El día que John Lennon dijo basta
En 1969, John Lennon y Yoko Ono no pidieron permiso para alquilar carteleras en doce ciudades del mundo. No pidieron permiso para instalar camas en Ámsterdam y Montreal. No pidieron permiso para que la frase “WAR IS OVER! (If you want it)” apareciera en los lugares más absurdos e impecables.
La prensa los ridiculizó. Los llamó hippies ingenuos. Los acusaron de montar un espectáculo.
Pero Lennon no estaba vendiendo nada. Estaba diciendo algo que en ese contexto sonaba casi obsceno:
“Give peace a chance.”
Hoy esa frase suena amable. Casi cursi. Pero en 1969, con 500.000 soldados estadounidenses en Vietnam y una media de 300 muertos por semana, decir “démosle una oportunidad a la paz” no era una consigna. Era una desobediencia radical.
La canción fue grabada en una habitación de hotel, con periodistas, poetas y activistas improvisando como coro. No había estudio. No había producción pulida. Había un solo micrófono y una certeza: la paz no es ingenua, la paz es incómoda.
Y esa incomodidad recorrió el mundo. No por algoritmo. Por oído. Por boca a boca. Porque alguien la cantaba en una marcha y otro la silbaba en una fábrica. No había streaming. Había transmisión real. De cuerpo a cuerpo.
Lo que el presente no quiere admitir
Hay algo que la sociedad de los 60 tenía —y que hoy evitamos—: la incomodidad compartida.
La guerra no era solo un hecho externo.
Era un problema propio.
Hoy, en cambio, la guerra puede ocurrir durante horas frente a nuestros ojos sin alterar el ritmo de nuestro día. Seguimos. Trabajamos. Consumimos. Y en ese seguir —natural, inevitable, casi necesario— la guerra encuentra su forma más eficaz de continuidad.
El libro sobre la mesa sigue abierto en la página cuarenta y dos. Tal vez lo termine esta noche. Tal vez no. La biblioteca de mi infancia —ese lugar donde las noticias llegaban con el peso del papel y el olor de la tinta— ya no existe. Hoy entramos a la guerra como quien entra a una sala de espera: con un pie, con media atención, con el pulgar listo para salir.
El eco que persiste
Hay frases que no envejecen. Se desplazan.
“All we are saying is give peace a chance.”
La voz de John Lennon sigue ahí. No como nostalgia. Como pregunta.
¿Qué significa hoy darle una oportunidad a la paz en un mundo que no se detiene?
¿Qué implica elegir el amor en una lógica que funciona a partir del conflicto?
Tal vez el problema no sea la guerra.
Tal vez el problema es que aprendimos a convivir con ella sin que nos duela.
El libro sigue abierto.
La pantalla sigue encendida.
Y en algún lugar —lejos, pero no tanto— alguien corre, alguien pierde, alguien deja de ser.
Yo podría cerrar esto con una conclusión.
Pero no la hay.
Solo queda una sospecha, incómoda, persistente: quizás la mayor victoria de la guerra no sea ganar territorios… sino lograr que podamos mirarla sin sentirla propia.
Tribuna de Periodistas
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