OPINIÓN
En España hay una islamofobia que indigna a todos y un antisemitismo que no le indigna a nadie
Por Osvaldo Bazán
El martes pasado, el 31 de marzo, ocurrió algo no habitual en España.
La Selección española de fútbol jugó en Barcelona.
Desde 2004 hasta el 2022, nunca jugaron ahí. Rompió la racha un amistoso contra Albania y, recién cuatro años después, lo que pasó el martes, un amistoso contra Egipto.
Y no, no fue en el Camp Nou, el coqueto y enorme estadio del Barcelona.
Fue en el más humilde RCDE Stadium de Cornellà de Llobregat, del RCD Espanyol.
¿Por qué en casi 100 años la selección española jugó sólo 20 partidos en la segunda ciudad del país y no usa su estadio más famoso?
Cuando uno pregunta por qué pasa esto, la respuesta que recibe es que en Cataluña, especialmente en entornos próximos al FC Barcelona, existe un sector importante con sentimiento independentista que genera temor a un ambiente hostil. Sí, los españoles del centro de Barcelona silban el himno español, llevan pancartas separatistas y no se identifican con la Selección nacional. Por eso las autoridades del fútbol buscan sedes donde el apoyo sea más unánime y no haya tantas polémicas.
Desde Argentina, es difícil entender que sea polémico porque acá una de las pocas cosas que nos unen a (casi) todos es la bandera. Por la razón que sea, la celeste y blanca emociona en general y son pocos los que la despreciarían, menos aún serían quienes lo hicieran en público. ¿Un argentino chiflando el himno o la bandera? No lo veo.
En España, la realidad es bien distinta, por varias razones. En principio, porque no todos los españoles quieren serlo. Escuchar a los legisladores nacionales por Cataluña que se refieren a “Cataluña” como su país es fuerte para nosotros.
Pero, además, en España muchos ven en la bandera roja y amarilla la bandera del franquismo, lo cual es un error histórico, pero andá vos a explicarle a los gallegos (uh, ahora se vienen los lectores que andá a saber cómo les llega esto a España y te dicen “burro, es que no todos los españoles somos gallegos”, pero, bueno, gallegos habrá siempre. Fin, como decía uno del que no me acuerdo el nombre ahora).
La bandera rojigualda (como también se la llama) no es la “bandera del franquismo”.
La bandera roja y amarilla fue creada en 1785 por el rey Carlos III y se convirtió en bandera nacional en 1843, casi un siglo antes de Franco. Sí, Franco la usó muchísimo (como las dictaduras argentinas), pero el dictador petiso y pelado amigo de Evita Perón le metió un águila al escudo, recordando la bandera de los Reyes Católicos. En la Constitución de 1978, se volvió al diseño básico (tres franjas rojas y una amarilla) y se sacó el águila del escudo, la rémora franquista. Sin embargo, en Cataluña, en el País Vasco y en muchos sectores de izquierda, la rojigualda todavía es vista como símbolo de centralismo y del pasado autoritario.
No pocas veces ha habido tensión vecinal porque alguien pone la bandera española en su balcón en Cataluña.
Eso en Argentina es inimaginable, ¿cómo va a ser polémico poner una bandera argentina en un balcón?
Bueno, en España, especialmente los 11 de septiembre, que es la Diada, la fiesta nacional de Cataluña, no es raro que en las marchas se quemen banderas españolas. De hecho, acaba de ocurrir ahora que los trenes de los suburbios de Barcelona fallan un día sí y el otro también. Mientras las cámaras mostraban el enojo de los vecinos, muchos aprovecharon para quemar banderas españolas. Pero como, además, el partido de dizque ultraderecha Vox la reivindica casi con bronca, el cóctel está servido. Mostrar la bandera es para muchos una provocación (tanto para quien la muestra como para quien la ve). Por eso la Selección juega en el RCDE Stadium, lejos del centro de Barcelona, en Cornellà de Llobregat con un público de clase trabajadora, mayoritariamente castellanohablante y con un perfil más españolista que el del Camp Nou.
Este martes, a los 10 minutos de comenzado el partido, desde una de las tribunas empezaron a cantar “¡Bote, bote, bote, musulmán el que no bote!” (que sería algo así como “el que no salta es musulmán”). Ya antes, cuando apareció la Selección egipcia, había sido chiflada masivamente.
Rápidamente, desde la voz del estadio se exigió que cesaran los cantos y arreciaron entonces los insultos contra el Gobierno de Pedro Sánchez, que casi no fueron registrados por la prensa en general.
La estrella del equipo, Lamine Yamal, que es musulmán, no dio la vuelta final a la cancha para saludar a los hinchas y escribió con razón en sus redes sociales: “yo soy musulmán, alhamdulillah (gracias a Dios). Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable. Entiendo que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas. El fútbol es para disfrutarlo y animar, no para faltar al respeto a la gente por lo que es o en lo que cree. Dicho esto, gracias a la gente que nos vino a animar, nos vemos en el mundial”.
Se entiende, claro. ¿Le vas a decir “el que no salta es musulmán” a la estrella musulmana de tu equipo? ¿Querés que salte o que no salte?
La hinchada, además, mostró ¡oh, herejía! banderas españolas. Eso terminó resultando intolerable y es lo que permite a todo el progresismo español decir que fue un acto de la ultraderecha. Los Mossos d’Esquadra (la policía local) abrieron una investigación por delito de odio y el Gobierno lo remitió a la Fiscalía. Salió en pleno el progresismo español a defenestrar a los calumniadores, encabezado por su Presidente, el Pedrosánche, quien tuiteó: “El episodio de ayer en Cornellá es inaceptable y no debe repetirse. No podemos permitir que una minoría incívica empañe la realidad de España, un país plural y tolerante. La Selección de fútbol y su afición, también”.
El ministro de Justicia, Félix Bolaños, tuiteó que los cánticos “nos avergüenzan como sociedad” y advirtió que “la extrema derecha no va a dejar un espacio libre de su odio y quienes hoy callan, serán cómplices”. Ángel Víctor Torres, ministro de Política Territorial y Memoria Democrática de España (sí, tienen ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, un señor que está acusado de usar un departamento céntrico pagado con dinero de coimas para encuentros con señoritas de catálogo, cosa que él negó, por supuesto) señaló que “son grupos ultras jaleados por la política ultra” y que “quien calla es cómplice. España con su presidente a la cabeza defiende la paz, la integración y la convivencia. Es un orgullo de país”. Óscar Puente lo vinculó con “la derecha racista y xenófoba” y lo calificó de “fascismo”. Puente es el ministro de Transporte y Movilidad sostenible (sí, tienen un ministro de Transporte y Movilidad sostenible, responsable del pésimo estado de rutas y trenes españoles, donde hace poco murieron 45 personas). La ultraizquierda que reivindica al régimen iraní, al cubano, a Maduro y a cuanto tirano de izquierda ande por ahí, siempre sospechada de ser financiada por esos mismos tiranos, en la voz de Irene Montero de Podemos lamentó que “escuchar ‘musulmán el que no bote’ en un estadio nos avergüenza, pero si cientos de personas lo corean orgullosos es porque han visto en la tele y la política a mucha gente ‘respetable’ diciéndoles que ese odio es ‘sentido común’”, y reclamó “parémoslo antes de que la islamofobia vaya a más”. El dirigente de Por Andalucía Antonio Maíllo no desaprovechó el dolor de la estrella deportiva y dijo que “la desolación de Lamine Yamal nos representa a todos”.
Mientras eso ocurría en los medios oficiales, en las redes sociales y en grupos de WhatsApp y Telegram de barrios de Cornellà, Hospitalet y otros municipios del Baix Llobregat circularon numerosos mensajes y videos en los que los hinchas expresaban un claro sentimiento de hartazgo. Muchos decían que los cánticos representaban “lo que ya no se puede decir en voz alta” en el día a día, refiriéndose a tensiones relacionadas con la inmigración, la seguridad y la convivencia en colegios y barrios con alta presencia musulmana.
Cornellà de Llobregat es un municipio obrero del Baix Llobregat, en el área metropolitana de Barcelona, con unos 90.000 habitantes y más del 25% de población de origen extranjero, especialmente magrebí y pakistaní. Son ellos los que se enfrentan día a día a unas estadísticas que si alguien las dice en España, es tildado de facho y ultraderechista, tanto como si usara la bandera española. Y termina siendo cierto porque el reclamo sólo queda en manos de Vox, que son los que recuerdan, como hizo el secretario general del partido, Ignacio Garriga, que los problemas de convivencia son concretos.
Sólo del 2024 al 2025, los delitos contra la libertad sexual aumentaron en un 2,3%; los presos extranjeros en las cárceles españolas son el 33,2% del total, aunque los extranjeros en España son el 20,2% de la población general, y España es el país europeo con mayor número de detenciones de yihadistas en los últimos años. Estos, que son datos oficiales y que muestran un problema real al que se enfrentan los barrios más vulnerables, están ausentes en los discursos progresistas. Es casi una herejía decir, cuando se cuentan las noticias policiales, que los autores son extranjeros.
Las clases acomodadas, en general, aceptan más en abstracto a la inmigración. Están en contacto con una inmigración también de élite, sudamericanos y asiáticos profesionalizados. En cambio, en el nivel socioeconómico bajo, la inmigración genera más rechazo porque hay competencia directa por recursos limitados (trabajo, vivienda, atención social). Es lo que se conoce como “tolerancia elitista”: las élites la defienden desde lejos, mientras las clases populares la padecen de cerca. Los más acomodados pueden elegir a qué colegio mandar a sus hijos. Los más vulnerables no tienen esa opción. Que los partidos progresistas y de izquierda no quieran hacerse cargo del tema es lo que deja espacio a la “ultraderecha” para convertirlo en su campo de acción.
“Israel suntsitu”
Ahora bien, tanto batiburrillo con el tema de la islamofobia, tanto “acá tenemos protocolos antirracistas”, tantas condenas al más alto nivel, tanto “orgullo de país” parecen funcionar sólo cuando las víctimas son los musulmanes.
El sábado 30 de noviembre de 2025, en la Anoeta de San Sebastián jugaron el Real Sociedad y el Villarreal y un grupo de hinchas de la Real Sociedad, en la grada Aitor Zabaleta, cantó coordinadamente “Palestina askatu, Israel suntsitu”. Un cantito que simplemente quiere decir “Liberen Palestina, destruyan Israel”. LaLiga —que es la organización que gestiona el fútbol profesional español— incluyó el tema en su informe de incidentes violentos de esa jornada y lo remitió al Comité de Competición de la RFEF y a la Comisión Antiviolencia. No hubo voz del estadio, no hubo policía local, no hubo pedidos a la fiscalía y, por supuesto, ninguna autoridad salió a decir que “¡qué vergüenza!” ni “paremos el antisemitismo antes de que vaya a más”.
Pero hubo un caso peor en el que directamente se pidió la muerte de un jugador de fútbol por su nacionalidad. Fue el 20 de octubre de 2023 durante el partido Osasuna–Granada en El Sadar (Pamplona).
El Granada ni siquiera convocó al jugador israelí Shon Weissman al partido por “razones de seguridad”, y así y todo el grupo ultra Indar Gorri desplegó numerosas banderas palestinas y coreó de forma masiva y repetida el cántico “Weissman muérete, Weissman muérete” desde el minuto uno del partido y nuevamente en el minuto 20. Gritaron deseando la muerte de un jugador que ni siquiera estaba presente en el estadio, sólo por ser israelí y judío.
LaLiga registró el incidente, pero el Osasuna recibió una multa de pocos euros algunos meses después. Ni cierre de grada, ni sanción deportiva real, ni condenas públicas destacadas por parte de las autoridades del fútbol o del Gobierno.
El odio dirigido hacia el jugador fue tan intenso y sostenido que destruyó su etapa en España.
Recibió amenazas concretas, generó problemas de seguridad para su club y se convirtió en un lastre. En septiembre de 2025, tras dos temporadas decepcionantes y un ambiente hostil constante, el Granada rescindió su contrato. Incluso un club alemán (Fortuna Düsseldorf) canceló su fichaje en el último momento por el rechazo de sus propios hinchas.
A diferencia de Yamal, que hizo público su sentimiento pese a que no iba dirigido especialmente a él, Weissman, de quien sí pedían por su muerte, nunca se victimizó ni hizo comentarios al respecto. Shon Weissman hoy juega en el FC Blau-Weiß Linz de la primera división de Austria, una liga de mucho menor nivel. Su valor de mercado era de casi nueve millones de euros en octubre de 2021. Hoy se ha desplomado hasta los 750.000 euros, mucho más del lógico desgaste producido por la edad. Menos mal que jugó los mejores años de su carrera en un país con protocolos antirracistas y coso, que si no, no sé, pobre pibe.
Ese fue el peor caso, pero, por supuesto, hay más casos.
Y recientes.
El cantito “Puta Israel” se repitió en Mendizorroza (Alavés), El Sadar (Osasuna), Vallecas (Rayo Vallecano), San Mamés (Athletic) y Balaídos (Celta).
El 7 de octubre de 2025, la asociación Acción y Comunicación sobre Oriente Medio (ACOM), organización española proisraelí que combate el antisemitismo, presentó una denuncia formal contra nueve clubes por permitir pancartas y mensajes de odio: el Athletic Club de Bilbao, el FC Barcelona de Barcelona, el Rayo Vallecano de Madrid, el CA Osasuna de Pamplona, el Sevilla FC de Sevilla, la Real Sociedad de San Sebastián, el RC Celta de Vigo, el Deportivo Alavés de Vitoria y el Club Esportiu Europa de Barcelona. Los acusaron de tolerar pancartas con mensajes como “Israel genocida”, “From the river to the sea” e “Israel suntsitu” (“Destruid Israel”) entre el 16 de septiembre y el 6 de octubre de 2025.
Las denuncias terminaron en multas simbólicas y sin consecuencias relevantes.
Nada de orgullo de país ni grupo incívico.
No molestan los cantos que piden matar a una persona o destruir un país, si la persona es judía, si el país es Israel.
Y como canta Coti, nada de esto es un error.
Es el resultado de la alianza táctica consolidada en las últimas décadas entre el islamismo político y sectores importantes de la izquierda radical y poscolonial, conocida como “islamo-izquierda” o “alianza roja-verde”. Aunque parezca difícil entender qué tienen en común la izquierda que históricamente defendía el ateísmo, el feminismo, los derechos LGTB y la laicidad, con un islamismo que rechaza frontalmente todos esos valores, no lo es tanto. Los une el espanto al enemigo común, que es mucho más fuerte. La civilización occidental, el capitalismo, el cristianismo cultural y, especialmente, el Estado de Israel son los cucos que enfrentan y, para eso, el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Para la izquierda poscolonial, Israel representa el último bastión del “colonialismo occidental” en Oriente Medio, y cualquier crítica al islam o a la inmigración musulmana es automáticamente catalogada como “racismo” o “islamofobia”. Para los islamistas, la izquierda ofrece cobertura política, mediática y legal, además de un discurso victimista que les permite avanzar su agenda sin ser cuestionados. A cambio, los islamistas aportan votos masivos y una capacidad de movilización callejera que la izquierda tradicional perdió.
En España, esta alianza es especialmente visible: partidos como Podemos, Sumar, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) y Bildu, junto a una parte significativa de la intelectualidad progresista y medios afines (todos los mantenidos con jugosas pautas del Estado), protegen sistemáticamente al islam de cualquier crítica seria, mientras endurecen su discurso contra Israel hasta llegar al antisemitismo abierto. De ahí que un cántico grosero contra musulmanes en un estadio provoque investigaciones policiales y condenas de ministros, mientras que gritos de “Israel suntsitu” (“Destruid Israel”) o “Puta Israel” sean tratados como simples “expresiones políticas” o “protestas legítimas”.
Esta alianza roja-verde explica por qué el progresismo español (y europeo) es capaz de condenar con furia el “racismo” contra magrebíes o pakistaníes, pero guarda un silencio cómplice —o directamente justifica— el antisemitismo más descarado en universidades, manifestaciones y estadios de fútbol.
Hay que defender los derechos de las mujeres y de los gays en España. Ya, si en Gaza o Irán los tiran por los barrancos o los cuelgan de una grúa, bueno, es otra cultura.
A la progresía no le interesa escuchar el descontento de los más vulnerables.
Los medios no se atreven a salirse de lo políticamente correcto.
La “ultraderecha” se frota las manos y ve todo ganancia.
El partido del martes salió 0 a 0.
El otro partido, el de la “minoría incívica” que dice el Pedrosánche, todavía se está jugando.
Pero todos sabemos que la cancha está inclinada.
Revista Seúl

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