OPINIÓN
Semana Santa y, de manera especial, Pascua son fechas del calendario cristiano valoradas de distintas maneras
Por Juan Carlos Tuyaré
Por un lado, muy apreciadas por una parte del cristianismo mundial; pero al mismo tiempo, también ignoradas por el común de la gente. Se han convertido en una ocasión ideal para organizar una escapada turística aprovechando el feriado largo, potenciado por empresas que promocionan viajes al exterior y dentro del país.
Poco entusiasmo
Pero desde la mirada del cristianismo, es una conmemoración en la que se recuerda la crucifixión y posterior resurrección de Jesucristo. Y si bien no existe una fecha exacta respecto de cuál fue la primera vez que se la celebró, de acuerdo a documentos históricos, se estima que la primera Semana Santa fue celebrada en algún momento del siglo IV, después de Cristo. Es decir que su primer festejo fue aproximadamente 400 años posterior a la era apostólica y completamente ajeno a la enseñanza y práctica apostólica de quienes comandaron la iglesia durante el primer siglo después de Cristo. Es lo que se conoce como tradición.
Y si bien es cierto, su memoria no forma parte de los mandatos apostólicos y tampoco figura en la doctrina original de la Iglesia cristiana, no es mala en sí misma la idea de celebrarla; reconociendo sí que el escaso tiempo ocupado en el calendario anual del cristianismo es una pobre expresión de amor hacia el dueño de la iglesia, a quien se pretende recordar y homenajear en esa fecha.
Como sabemos, el cristianismo es una opción no obligatoria en la vida de las personas; pero para los que lo abrazan, el deseo de Dios es que vivan todo el año bajo esa premisa, y no solamente una semana al año, como algunos hacen. Reiteramos, no está mal hacerlo, pero es infinitamente inferior al deseo divino.
El significado verdadero
Nunca está de más recordar que se conmemora la muerte y resurrección de Jesús como un hecho histórico que ocurrió por única vez. Decimos por única vez, porque Jesús no muere y resucita todos los años en Semana Santa, como algunos suponen. Porque de acuerdo al texto bíblico –única fuente de información cristiana verás– después de la resurrección, Jesús está vivo, y sentado a la diestra de Dios Padre.
En el terreno de la vida eterna, Dios señala que nadie en el mundo merece la salvación de su alma, porque todos están alejados de su presencia producto de la contaminación del pecado. Sin embargo, la crucifixión y resurrección de Jesús blanquean esa situación y beneficia con la salvación a todos aquellos que en él creen.
Y esto es así, porque a raíz de la trasgresión de Adán, todos los seres humanos nacen bajo el régimen institucional del pecado. Ello significa que ningún ser humano está en condiciones de agradar a Dios por sí mismo; y en función de esa premisa, según el texto bíblico, únicamente todos aquellos que creen y siguen las enseñanzas de Jesús serán salvos de la condenación eterna. Ahora bien, se puede creer o no, pero eso no altera el resultado final del plan divino: los que creen en Jesús serán salvados y los que no creen serán condenados.
Sin embargo, al contrario de lo que muchos piensan o creen, nadie condena a nadie; ya que el que no cree, se condena a sí mismo. Por eso, Semana Santa es una buena oportunidad para los creyentes y también para los que no lo son. Para los que creen, porque no basta con creer en Dios, sino demostrarlo en acciones todos los días y es un buen momento para reflexionar hasta dónde llega nuestro compromiso en tal sentido. Y para los que no creen es una nueva oportunidad para adoptar la salvación.
En relación a los creyentes, deberíamos recordar que Jesús nos pide que seamos la sal y la luz del mundo. La sal para sanar la corrupción y la luz para mostrar el camino. No estamos diciendo que tenemos que ser perfectos; nadie lo es, nosotros tampoco; estamos hablando de un compromiso diario y genuino con el pedido de Cristo.
Una oportunidad
Semana Santa es –como decíamos antes– una buena oportunidad para los que no creen, porque pueden pasar a la fila de los que si creen. Sin embargo, los que eligen quedarse en la fila de los incrédulos, corren el serio riesgo de morir en esas condiciones. La sana doctrina del cristianismo afirma que aquellos que mueren sin aceptar a Jesús como salvador personal irán a condenación eterna.
Reiteramos, uno puede creer o no en la premisa; pero la única manera de averiguarlo es después de la muerte; y las Escrituras afirman que después de la muerte ya es tarde para retroceder en las decisiones. Cuando alguien no acepta algo, al mismo tiempo lo está rechazando; y si no aceptamos a Jesús, estamos tomando la decisión de rechazarlo.
Seguramente, un gran sector del infierno estará repleto de incrédulos que escucharon en varias ocasiones este mensaje, pero hicieron oídos sordos; o en el mejor de los casos, lo dejaron para resolver otro día. Pero la muerte no nos permite otro día, porque no sabemos cuándo llega. Lo que sí sabemos es que llega como ladrón en la noche y nadie sabe cuándo. Quiera Dios, quien es capaz de despertar nuestro espíritu para que reflexionemos, que ninguna persona quede en esta Semana Santa sin aceptar a Cristo, como su salvador personal.
NORTE

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