OPINIÓN
Hace ya un tiempo, Carlos Pagni publicó El Nudo, una obra que señalaba al conurbano bonaerense como el epicentro del dilema social argentino
Por Carlos Mira
No se trataba de una metáfora caprichosa: el conurbano es, en efecto, un entramado donde se cruzan —y se enredan— décadas de decisiones políticas equivocadas, incentivos perversos y realidades sociales que ningún relato logra maquillar.
Ese “nudo” no nació solo. Fue cuidadosamente fabricado. Durante los años ‘40 y ‘50, el peronismo —bajo la conducción de Juan Domingo Perón— impulsó un modelo de industrialización artificial, sostenido por subsidios y protección estatal, orientado a actividades manufactureras para las que la Argentina no tenía ventaja comparativa alguna. Aquella estructura atrajo oleadas de migrantes internos que abandonaron regiones donde el país sí contaba con condiciones naturales favorables, para instalarse en un conurbano que prometía prosperidad… pero que en realidad estaba montado sobre bases endebles.
El tiempo hizo lo suyo. Aquellas industrias no eran sostenibles. Pero la población ya estaba allí. Y el sistema político, lejos de corregir el rumbo, decidió profundizar el error.
Esta semana, el gobernador Axel Kicillof reunió a 60 intendentes —en su mayoría del conurbano— para describirles un panorama desolador, adjudicando las culpas al gobierno de Javier Milei. La escena, sin embargo, omite un dato imposible de ignorar: de los últimos 43 años de democracia, el peronismo gobernó la provincia de Buenos Aires durante 35 y el país durante 30. Nunca, en todo ese tiempo, se encaró una política distinta para esa geografía. Por el contrario, se profundizó su expansión demagógica, alimentando un sistema que convirtió la pobreza en insumo electoral.
El conurbano no es una casualidad: es una construcción política. Y como tal, también puede —y debe— ser deconstruido.
La solución de fondo no pasa por seguir inyectando recursos en un esquema agotado, ni por insistir con modelos que ya demostraron su fracaso. El camino es, necesariamente, el inverso al que dio origen al problema. Si el “nudo” se formó a partir de una masiva migración interna hacia el conurbano, su desarticulación exige una nueva migración… pero en sentido contrario.
Para eso, primero hay que asumir una verdad incómoda: el trípode sobre el cual se edificó el conurbano —industria artificial, construcción subsidiada y comercio dependiente de ambos— ya no existe. Es un espejismo que se sostiene únicamente por la inercia política y el financiamiento estatal.
Frente a ese escenario, especialmente los jóvenes del conurbano deberían animarse a buscar oportunidades en las provincias donde hoy empiezan a surgir condiciones reales de desarrollo. Sectores vinculados a la energía, el agro, la minería y la economía del conocimiento están generando polos dinámicos en regiones que, durante décadas, fueron relegadas.
Se suele repetir que el argentino es “sedentario”, que no tiene vocación nómade. Pero esa afirmación es, en sí misma, otro de los tantos mitos funcionales al statu quo. La propia historia del conurbano desmiente esa idea: millones de argentinos migraron cuando percibieron una oportunidad, aunque esa oportunidad fuera artificial.
La diferencia ahora es crucial: la migración que hoy debería impulsarse no estaría basada en promesas ficticias ni en subsidios insostenibles, sino en condiciones naturales que aumentan significativamente las probabilidades de progreso real. No se trataría de escapar, sino de reconstruir.
Un nudo —en última instancia— no es más que una madeja enredada. Y las madejas no se cortan: se desatan. Con paciencia, con precisión, con la dedicación de un orfebre que entiende que cada hilo debe ser liberado sin romper el conjunto.
El conurbano bonaerense es ese nudo. Décadas de políticas equivocadas lo transformaron en una fuente de asfixia, de miseria y de una promiscuidad social que avergüenza. Desatarlo no será rápido ni sencillo. Pero seguir ajustándolo, como propone el populismo, solo garantiza que la Argentina continúe atrapada en su propio fracaso.
El desafío es animarse a soltar. Y empezar, por fin, a desandar el camino.
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