¡Y CHUCU, CHUCU, CHUCU!

OPINIÓN

Un recuerdo de Manuel García Ferré, a 13 años de su muerte: un mundo de líneas claras en el que el bien triunfa sobre la maldad






Por Osvaldo Bazán

Si el don de un dios es poder crear mundos, Manuel García Ferré fue un dios. ¿Serán eternos sus mundos? Nadie lo sabe, nadie sabe si algún mundo lo será. Lo cierto es que Trulalá existe porque aún existimos millones de argentinos que lo llevamos en la cabeza. Muchos menos recuerdan a Villa Leoncia, la primera creación de Manuel García Ferré. Y eso que fue ahí donde todo empezó.

Villa Leoncia era un pueblito mezcla de provincia argentina con el far west. Casas bajas, la plaza en el centro, la comisaría y cierto aire de tranquilidad sólo interrumpida por las correrías de Paco Pum y sus secuaces Pepe el Largo y Toto, pero el protagonista de Villa Leoncia era, sin dudas, Pío Pío, el primer gran personaje de García Ferré, creado con poco más de 20 años para la revista Billiken.

Claro que para esa altura de su vida, Manuel ya hacía cinco que trabajaba en agencias de publicidad. Entre las agencias y la Facultad de Arquitectura de la UBA fue que modeló lo que sería su ética y su estética, profundamente unidas.

Líneas claras; el bien que triunfa sobre la maldad; el conocimiento que construye bondad por sobre todo.

Así fue él, así fueron sus dibujos, así fueron sus personajes. “Vi demasiada sangre en la Guerra Civil Española, no hace falta dibujarla”, dicen que decía.

Villa Leoncia era una Argentina 1950, con la tranquilidad apenas molestada por algún torpe malandra como Paco Pum; en donde un pollo linyera como Pío Pío podía llegar a ser “sheriff” porque en Villa Leoncia la movilidad social era un bien común; en donde los caballos aún eran importantes como Ovidio, el fiel servidor de Pío Pío.

Y era también un lugar en donde un niño zaparrastroso vivía en las afueras, en un caño. Es que ahí apareció en 1955 Hijitus, un Hijitus bastante distinto al que conocimos después, tanto que hablaba raro, incluso con algunas declinaciones en latín (ese era el grado de sofisticación que tenía un personaje infantil en la Argentina de los años ’50). Es que se suponía que ese Hijitus era algo así como descendiente de faraones y llegó a Villa Leoncia buscando a su papá, Papitus, del que poco y nada se supo ya que después esta historia no fue desarrollada.

En esa Argentina, el chiquito marginal era amigo de un proto-Oaky, hijo del millonario del pueblo y de Calculín (también conocido originalmente como Formulín), el nerd de anteojos y pelo de libro que en Villa Leoncia no recibía bullying, sino admiración y respeto porque eso era lo que debía premiar el conocimiento.

Y los tres compartían las aventuras de Pío Pío. Tan adelantado estaba a su época don Manuel que un amigo de Calculín era Piti, una computadora parlante.

Entendió el negocio

El éxito fue tal en la ya tradicional Billiken (había nacido en 1919) que Julio Korn (el mago de la edición de revistas argentinas que en la década del ’60 llegó a vender siete millones de revistas en un mes sumando todas sus creaciones: Radiolandia, Anteojito, Antena, TV Guía, Goles y Vosotras) le propuso a García Ferré que dirigiera su propia publicación.

Don Manuel aceptó y nació entonces Anteojito el 8 de octubre (cumpleaños de García Ferré) del ’64, y en su primer número vendió 250.000 ejemplares.

Hoy, Revista Noticias festeja cuando llega a vender 16.000 ejemplares.

Pero, bueno, era otra época, otros consumos culturales.

En estos tiempos, las únicas revistas que en general vemos están en los consultorios. En realidad, ya ni ahí sobreviven porque estamos con el telefonito. Y además, el anuario del Colegio de Odontólogos no es una lectura precisamente atrapante.

El lanzamiento de Anteojito fue una brillante jugada de marketing que muestra que García Ferré entendió como nadie cómo venía la mano.

Anteojito y su tío y tutor Antifaz habían aparecido en algunos comerciales de la incipiente televisión argentina de fines de los años ’50, comienzo de los ’60. El público los adoró, tanto que se olvidaban hasta de qué producto los dibujos estaban promocionando.

Entonces, García Ferré entendió que tenía una mina de oro en sus manos.

Fue una genialidad usar los mismos personajes ya conocidos y queridos tanto en la televisión como en una revista, mientras seguían haciendo cortos comerciales.

No en vano había pasado por las agencias de publicidad, de las que nunca abjuró.

El lanzamiento de El club de Anteojito y Antifaz del Canal 9 de Alejandro Romay a mediados de 1964 unió a tres emprendedores que entendieron el funcionamiento del ecosistema de medios de la época, antes que el mismo ecosistema lo hiciera.

Julio Korn en el mundo editorial, Alejandro Romay en la televisión y Manuel García Ferré desde la creatividad. Una Argentina que podría haber sido exitosa.

El programa de televisión debutó un poco antes que la revista. En su elenco, estos nombres, entre otros (googleen, mocosos): Juan Carlos Altavista, Maurice Jouvet, Osvaldo Pacheco, Guillermo Brizuela Méndez, Emilio Ariño.

Sí, en un programa infantil.

Estaban los muñecotes de Anteojito y Antifaz, había concursos, dibujos y mucha participación de los nenes. Te daban un carnet, había una mística de pertenencia que lanzó a los chicos a los kioscos cuando salió la revista, que tenía una sección “El club” en donde publicaban fotos de los lectores que también salían en la tele. Todo esto no perjudicó inmediatamente a Billiken, al contrario, las revistas se potenciaron y fueron tomando características similares pero diferenciables.

Claro que aquella Argentina rural en donde el caballo Ovidio peleaba contra los malos cambiaba violentamente y Villa Leoncia pasó a ser Trulalá, otro mundo creado por García Ferré.

Ya había edificios, bancos, calles asfaltadas, semáforos. Y el mundo siguió creciendo.

Y Trulalá fue otro paso increíble en la televisión. Los micros de Hijitus se hacían con una técnica que usaban en ese momento tanto Walt Disney como Hanna-Barbera, adaptadas a las posibilidades argentinas. Se dibujaba a mano sobre papel y después sobre celuloide; finalmente, se filmaban cuadro por cuadro con una cámara de animación sobre una mesa especial.

Un micro de un minuto llevaba algo así como 1440 dibujos. Y hacían un minuto por día.

García Ferré supervisaba cada paso de la producción: hacía los guiones, el diseño de personajes y revisaba el trabajo final.

La presión era atroz; cada día un micro de minuto, minuto y medio salía entre las tandas comerciales de Canal 13 desde el 7 de agosto de 1967. De lunes a viernes, iban los micros con continuidad, y los fines de semana se veían todos juntos. Cada episodio completo podía tener entre 5 y 25 micros.

Hubo 74 episodios construidos con algo así como 256 micros.

Comenzaron en blanco y negro, pero pronto se hicieron en color, porque García Ferré pensaba en el futuro. Sí, era una producción en color que se veía en blanco y negro.

Hoy, que todo se ha simplificado muchísimo, ya no hay ese nivel de producción. García Ferré hizo animación diaria de calidad en la Argentina de los años ’60 con personajes, acentos y valores argentinos que llenaron las pantallas de todo el continente.

No se había inventado aún la palabra “lore”, pero García Ferré desarrolló el lore de todo Trulalá, haciendo un upgrade de Villa Leoncia.

Hijitus dejó su costado más gris, se olvidó de su padre; su sombrero sombreritus lo convirtió en Súper Hijitus, siempre del lado del bien, y adoptó a Pichichus como su perruna compañía.

Apareció el profesor Neurus y su banda.

Neurus quería, como también la Bruja Cachavacha, conquistar Trulalá. Nunca entendimos qué quería decir “conquistar Trulalá”, pero ellos tampoco nunca lo consiguieron, así que no fue grave. A Neurus lo acompañaban unos extrañísimos Pucho y Serrucho. Pucho en camiseta era cualquier atorrante de barrio de los ’60/’70 con el cigarrillo siempre a medio fumar, signo de los tiempos. Hoy, sería inimaginable para los niños de cristal del siglo XXI un dibujo animado en donde un personaje fume. Si las producciones de hoy hasta avisan que hay “secuencias de colores muy fuertes” o una paparruchada así para que ningún niño se asuste al ver un arcoiris.

Crecimos con un dibujito animado en donde el malo fumaba todo el tiempo. ¿Cómo pretendían que saliéramos?

Pero también estaba Larguirucho, el de “hablá má fuete que no te escucho”. ¿Era malo? Y sí, era de la banda de Neurus. A veces. Pero tenía buen corazón y se hizo amigo de Hijitus. ¿Era bueno? Y, sí.

Entre el personal estable estaba Oaky, el bebé con dos pistolas, enamorado de “la vecinita de enfrente” que al grito de “¡Tiro, lío, cosha golda!” varias veces estuvo amenazado por el Comisario litoraleño con bigotitos a los costados de los labios a “repimporotear en el calabozo”, aunque el agua nunca llegaba al río. La familia de Oaky se completaba con Gold Silver, el multimillonario de Trulalá, y el oblicuo mayordomo y chofer Gutiérrez.

Hasta ahí, los nombres más reconocidos, pero ¿cuántos otros personajes pasaron por los micros de minuto y medio? ¿De cuántos se acuerda el lector que ya no es joven? Le propongo dejar la lectura acá, intentar recordar y volver después.

¿Ya está?

Ok, estos son los que aparecieron en algunas historias, solamente: Dedo Negro, ese delincuente que asoló Trulalá y que era detectable sólo por tener uno de sus dedos de color negro; el entrañable y extrañísimo Boxitracio, ese animal prehistórico casi canguro que decía “tere que te tere, que te uha, uha, uha” (no consta y no da la impresión de que García Ferré haya experimentado con sustancias prohibidas, pero ¿de dónde sacó este bicho?); el Dragoncito Cantor, con muy buena voz para el canto, pero con el problemita ese de largar fuego cada vez que le ponían un micrófono por delante; el Patriarca de los Pájaros, el valor de la experiencia y el respeto por los mayores: un personaje sabio con forma de pájaro anciano que impartía conocimientos universales; y, finalmente, el quizás más humano de todos, o al menos el que tenía apariencia más humana: Raimundo, un nene travieso del orfanato de Trulalá que termina siendo criado por Larguirucho.

Es cierto, visto desde hoy hay pocas mujeres, nada LGTB ni asiático y lo único negro es el dedo del malvado.

Hoy, no pasaría el rasero de Netflix.

El ensañamiento de la crítica

Durante 40 años, las oficinas del décimo piso del Edificio Apolo, en Corrientes al 1300, ahí nomás del Obelisco, fueron la sede en donde García Ferré pergeñó sus personajes y sus emprendimientos, también del cine. Si bien en el ’99 su película Manuelita fue enviada por Argentina a los Oscars (aunque no llegó a figurar en la shortlist de la Academia) y llevó a dos millones de espectadores al cine, hay una escena de otra película de García Ferré que marcó a generaciones, dejando lágrimas en las butacas y la certeza de que algún día íbamos a ser abandonados.

Fue en Petete y Trapito.

Sí, el lector que ya no es joven lo recuerda.

Trapito, el espantapájaros, acaba de perder a su amigo el gorrión Salapín, que se va en busca de su ilusión.

Entonces, Trapito camina lentamente de regreso al campo, se planta de nuevo en el mismo lugar donde estaba al principio de la película, clava sus pies en la tierra y ¡uf!, vuelve a convertirse en un espantapájaros inmóvil y abandonado. La cámara se aleja lentamente, se ve el espantapájaros solo, bajo el cielo, sin nadie alrededor. ¡Mamá, sacame de acá y no te vayás nunca!

Por supuesto, fue masacrado por la crítica del momento, acusándolo de dar un golpe bajo a una niñez desprotegida. Pero es bueno recordar que a Bambi le mataron a la madre de un tiro, y, bueh, los chicos tienen que saber que la vida, a veces, es horrible. Porque si no terminan necesitando un cartel antes de las películas que les avisen que va a haber una secuencia de luces que los puede perjudicar.

Y, hablando de la crítica, un recuerdo personal de cuando se estrenó la última película de García Ferré: Soledad y Larguirucho, en donde se mezclaba gente real con dibujitos. Cuando la vi, la consideré mala en todos sus aspectos. La Sole, que me cae mil puntos, estaba —paradójicamente— desdibujada; la historia no se sostenía por ningún lado; las actuaciones eran pésimas; todo estaba mal, y por la omnipresencia del auspicio de la provincia de San Luis parecía una publicidad larga de los Sáa. En esos momentos, yo trabajaba en el programa Lanata sin filtro por Radio Mitre. Dije esto mismo al aire, y Jorge se me enojó. Mucho. Que quién era yo para criticar así nada menos que a Manuel García Ferré. Y yo le dije que no era nadie, que simplemente me dolía que este fuera uno de sus últimos trabajos. No lo convencí. La película tuvo mala recepción de crítica y público, y bajó de cartel pocas semanas después de estrenada.

García Ferré murió casi nueve meses después del estreno, un 28 de marzo, como hoy, pero de 2013. Es una pena que su último trabajo haya sido ese, pero la vida no es justa y ese traspié no borra las creaciones enormes de aquel andaluz que llegó con 17 años a una Argentina en formación y que construyó mundos que supimos habitar.

El país sigue siendo esta historieta hecha en colores, pero que sólo podemos ver en blanco y negro.

Sin Trulalá, pero con chicos aún viviendo en los caños. Sin Súper Hijitus, pero con tiro, lío y cosha golda. Y acá, al final, somos todos Trapito, clavados en el mismo lugar, mirando el cielo, esperando no sabemos qué.

Revista Seúl


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