URQUIZA, CASEROS Y LA RAZÓN DE ESTADO

OPINIÓN

El 3 de febrero de 1852 las tropas dirigidas por Urquiza derrotaron en las afueras de Buenos Aires al ejército comandado por Juan Manuel de Rosas

Por Rogelio Alaniz

La batalla no duró más de seis horas y, tal vez exagerando un poco, los observadores dijeron que más que un enfrentamiento fue un trámite.

Más o menos a las tres de la tarde Rosas se retiró del campo de batalla herido en una mano. En un paraje cercano escribió su renuncia al cargo de gobernador y luego, montado en su yegua Victoria (nombre puesto en homenaje a la reina) se refugió en la casa de Robert Gore, el encargado de negocios británicos en Buenos Aires.

Horas después, vestido de marinerito y acompañado por su hija Manuelita, se subió al barco inglés que lo habría de trasladar a Inglaterra. Como dato sintomático de las relaciones carnales de Rosas con los ingleses cabe consignar que allí fue recibido con una salva de cañones, honor merecido, según el Parlamento británico, a quien defendió con celo los intereses de la corona.

Rosas vivió modestamente en el exilio hasta su muerte en 1877. No corrieron el mismo destino sus principales colaboradores y el núcleo de terratenientes que se enriquecieron a su lado. La correspondencia de Rosas con algunos de ellos reprochándoles su traición y cobrándoles cuentas atrasadas, revela el carácter miserable y promiscuo de esa relación y pone en evidencia que no exageró demasiado el ensayista que dijo de Juan Manuel que, en lo fundamental, no fue otra cosa que el mayordomo de los Anchorena.

La batalla de Caseros fue la culminación del proceso iniciado con el célebre Pronunciamiento de Urquiza el 1º de mayo de 1851. Nueve meses demoró el caudillo entrerriano en llegar a Buenos Aires y derrotar al dictador. De todos modos, el que se acomodó en el despacho de Rosas en Palermo y firmó el parte de victoria no fue Urquiza sino Sarmiento, modesto boletinero del Ejército Grande. Un cuarto de siglo después Sarmiento recordaría en el parlamento su hazaña literaria y diría su célebre frase. “Todos los caudillos llevan mi marca”.

Cuando Urquiza se levantó contra Rosas, en Buenos Aires abundaron las manifestaciones de servilismo y obsecuencia a favor del Restaurador. Las jornadas del 24 y 25 de mayo y las fiestas del 9 de julio fueron tan ruidosas como patéticas. Cuando el carruaje de Manuelita se retiraba del Teatro Argentino, un grupo de incondicionales desenganchó los caballos y empezó a empujar el vehículo a pulso.

Entre esos obedientes percherones se encontraban los hermanos Lorenzo y Enrique Torres, Pastor Obligado, Rufino Elizalde y Santiago Calzadilla. Los nombres merecen recordarse porque se trataba de caracterizados propietarios y beneficiarios del régimen rosista y, sobre todo, porque un año más tarde se manifestarían como abnegados y leales militantes de la causa mitrista.

Los sacerdotes tampoco se privaron de exhibir su obsecuencia. Dos de ellos hablaron en la Legislatura porteña y prometieron atravesar con el facón a Urquiza. No conformes con ello, dijeron que estaban dispuestos a entregar su vida por el Restaurador como Jesús la había entregado para salvar al mundo del pecado.

Por supuesto ninguno de ellos cumplió con su palabra y después de Caseros siguieron predicando sus sermones, pero esa vez el ángel salvador no sería Juan Manuel sino Mitre. Cuando el 8 de octubre se festeje oficialmente la declaración de guerra contra Brasil, los actos de obsecuencia crecerán en proporción a las promesas de venganza contra los salvajes unitarios y los macacos brasileños. A fines de octubre Manuelita sería objeto de otra manifestación de adhesión colectiva, y el pintor Prilidiano Pueyrredón la retratará sobria y digna con un fondo de cortinados punzó.

Un mes más tarde los exaltados empezaron a poner límites a su entusiasmo. Cuando llegó la noticia de que el Ejército Grande avanzaba sobre Buenos Aires, los más prudentes se trasladaron a las quintas, bajaron las persianas de sus casas y cerraron los balcones.

Un sugestivo silencio se instaló sobre la ciudad antes alborotada. Mansilla, el héroe de la Vuelta de Obligado, pidió licencia por enfermedad; el general Angel Pacheco no se quiso hacer cargo de las tropas. Finalmente el propio Juan Manuel decidió dirigirlas, un hombre que había demostrado un inusual talento para la acción política pero carecía de condiciones militares.

La derrota de Rosas en Caseros era previsible, tan previsible que más de un historiador consideró que la batalla fue innecesaria. A medida que el Ejército Grande avanzaba, el régimen se paralizaba. No era para menos. En pocas semanas dos puntales de su poderío militar -el ejército de Urquiza y el de Oribe- se habían pasado al enemigo.

En Santos Lugares, la moral de las tropas del Restaurador estaba a ras del pasto. Más de veinte años de dictadura habían desmovilizado a la población y apaciguado a las tropas. El rosismo se caía por su propio peso. Para 1852 era un anacronismo, porque el país y el mundo habían cambiado y lo único que persistía como si nada hubiera pasado era el régimen.

Urquiza se rebeló en mayo de 1851, pero los entendidos aseguran que ya para 1846, es decir cinco años antes, Urquiza hacía su propio juego y en ese juego no tenían lugar los intereses del rosismo. En cartas íntimas Rosas calificaba a Urquiza de traidor y salvaje por haber firmado un tratado secreto con los hermanos Madariaga, sinuosos caudillos correntinos.

Desde el punto de vista estructural, los intereses que representaba Urquiza tarde o temprano chocarían con el rosismo. Eso era inevitable y, de alguna manera, necesario. Cuando Echeverría decidió dedicarle su libro a Urquiza fue porque sabía que a la dictadura no la iban a derrocar los poetas del exilio sino un caudillo. Algo parecido pensaban los Varela y, de alguna manera, lo insinuaban Sarmiento y Alberdi.

El caudillo llamado a la tarea liberadora sería Urquiza, hombre fuerte del rosismo durante años, degollador de prisioneros en India Muerta y Vences, el principal estanciero de su provincia, pero además el hombre cuyos intereses económicos estaban en franca contradicción con la política porteña.

En definitiva al caudillo de Buenos Aires sólo lo podría derrotar un caudillo que reuniera el mismo poder económico y recurriera a métodos parecidos.

Ese caudillo en 1852 era Urquiza. Quince años antes podría haber sido Estanislao López, pero esta es una especulación, no una certeza histórica.

En realidad, el litoral siempre fue un nudo conflictivo. Provincias como Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos nunca se sometieron con docilidad a los imperativos del rosismo. Por otra parte, los conflictos que allí se promovían, fatalmente se extendían a la Banda Oriental, comprometían los intereses de los comerciantes franceses e ingleses y exacerbaban los recelos de la diplomacia brasileña.

Curiosamente, en el momento en que Rosas adquiere mayor prestigio, es decir luego de firmar los acuerdos de paz con los ingleses y franceses y de imponerle sus condiciones, comenzó la cuenta regresiva de su poder. Los bloqueos habían estimulado el desarrollo de las economías del litoral.

Cuando Rosas intentó ponerle límites ya era demasiado tarde. El comercio por el río Uruguay, la incorporación de nuevas tecnologías, el desarrollo de la industria lanar y el cansancio de las clases propietarias con una política que en nombre de la paz reproducía permanentemente los conflictos, crearon las condiciones que pusieron punto final a la dictadura.

Urquiza demoró en dar a conocer su pronunciamiento, pero cuando lo hizo no perdió el tiempo. Primero los acuerdos con los uruguayos y la pacificación forzosa de ese territorio. Luego, el acuerdo con Brasil movilizado gracias a la torpeza de Rosas quien, contradiciendo las sugerencias de Guido, no tuvo mejor idea que declararle la guerra cuando eso era lo que estaba esperando la sagaz diplomacia brasileña. Cuando a fines de diciembre el Ejército Grande cruzó el río e ingresó en territorio argentino, las horas de la dictadura estaban contadas. La coalición política armada por el caudillo de Entre Ríos era heterogénea pero eficaz. Allí estaban los ganaderos del litoral, los exiliados de la generación del 37, las principales espadas del unitarismo y los caudillos federales, empezando por el propio Urquiza, que en todo momento les recordaba a sus aliados su identidad política a través del uso de la divisa punzó en la solapa de su uniforme.

En este conflicto los intereses se superponían, pero desde una perspectiva amplia muy bien podría decirse que Caseros fue la victoria de las provincias del litoral y el interior contra el poder de Buenos Aires liderado por Rosas. Con las diferencias del caso, algo parecido había ocurrido en 1820 cuando las caudillos del litoral ocuparon la ciudad, y algo parecido ocurriría en 1880 cuando el poder del flamante Estado nacional derrotara por última vez la resistencia porteña.

Por cierto que estas hipótesis merecen ser matizadas y sometidas a interpretaciones más complejas, pero no dejan de ser un buen punto de partida -o un buen punto de llegada- para entender aquellas jornadas que, en el futuro, caudillos federales como Varela, Peñaloza, López Jordán y el propio Hernández habrían de reivindicar como el acontecimiento más trascendente del federalismo argentino.

La batalla de Caseros fue un paseo, comparado con la la batalla real que se abre al otro día entre el poder de Buenos Aires y Urquiza. En efecto, quien durante la campaña del Ejército Grande fuera el héroe de los porteños, se transforma al otro día en el detestable sucesor de Rosas. Como dice Halperín Donghi, los porteños se olvidaron de que durante más de veinte años estuvieron cómodamente protegidos bajo los pliegues de la divisa punzó.

Rosas marcha al exilio en un barco inglés, pero los intereses que defendió el rosismo están intactos. Lo único que han hecho es cambiarse de bando: antes eran rojo punzó y ahora son celestes. Los parientes del dictador, sus socios y protegidos, los mismos que hasta un mes antes de Caseros competían en adulonería y obsecuencia, ahora estaban ocupados en despojar a Juan Manuel de sus estancias y en descubrir las bondades del liberalismo.

Por su parte, los jefes unitarios regresaban del exilio como si nada hubiera pasado. De esos unitarios podría haberse dicho lo mismo que en su momento se dijera de los viejos nostálgicos de la Corte de Versalles. “No olvidaron nada , no aprendieron nada”.

Lo que se rebela contra Urquiza a las pocas horas de Caseros vuelve a ser el viejo poder de Buenos Aires, ahora reciclado en clave liberal. Una vez más el interés del Puerto y de la Aduana es el que se impone y bajo su fresca y añeja sombra se cobijan rosistas y liberales.

El héroe de ayer, es decir, Urquiza, es el dictador de hoy. El libertador del Ejército Grande amenaza con transformarse en el nuevo tirano de Palermo.

Durante más o menos diez años, el país estará dividido en dos facciones con sus respectivos territorios: la Confederación, liderada por Urquiza; y Buenos Aires, liderada por Alsina y Mitre. La lucidez política de Urquiza consistirá en entender que después de Caseros se abre un proceso irreversible hacia la Organización Nacional y la construcción del Estado.

Cepeda demostrará que a Buenos Aires se lo puede derrotar en el campo de batalla; Pavón demostrará que esa victoria sobre Buenos Aires no alcanza para alterar los fundamentos del orden porteño.

Urquiza no se escapa de Pavón por cobarde, por traidor o porque lo sobornan. Lo que entiende muy bien este hombre, que conoce como nadie los rigores del poder y los calcula con los números en la mano, es que la rebeldía contra Buenos Aires está saliendo muy cara y que es una rebeldía sin destino. Después de Pavón, lo que hará será promocionar la unidad nacional aceptando la hegemonía porteña.

En definitiva, lo que entiende es que el camino de la Organización Nacional es irreversible porque va acompañado de un modelo de acumulación económica que integra a la Argentina al mundo en el marco de una determinada división internacional del trabajo.

Después de Pavón, Urquiza no se retira de la vida pública. Lo que hace es disputar el poder político nacional en otro contexto institucional. En 1868 peleará con uñas y dientes la presidencia de la Nación. Perderá frente a Sarmiento, pero lo que importa saber es que no renunciará a ser un protagonista de la política ni renunciará a su ideario federal; en todo caso, a lo que renuncia es a hacer política a través de las armas.

Su realismo es descarnado, la causa del federalismo puede ser muy linda, muy heroica; los manifiestos de Peñaloza y Varela son conmovedores, pero él sabe que por la vía de las armas esa causa no tiene destino. ¿Existía otra posibilidad? ¿Era factible transitar o explorar otro camino? A juzgar por los resultados de las rebeliones federales, no había margen para ensayar otras soluciones.

Cuando la prensa porteña acuse a Urquiza de estar comprometido con las rebeliones del Chacho, su respuesta estará teñida de cierto tono irónico: “Mis enemigos hasta ahora me han acusado de las peores cosas, pero todavía no se les ha ocurrido acusarme de tonto porque saben muy bien que no lo soy...”.

El problema es que al aceptar las reglas de juego de los triunfadores, es necesario hacerse cargo de todas las consecuencias. La alianza con Buenos Aires implicaba mirar para otro lado cuando las tropas de Mitre ajusten cuentas con las disidencias del interior; esa alianza reclamaba hacerse cargo de la guerra con Paraguay y soportar las humillaciones de Basualdo y Toledo; o soportar, apretando los dientes y escuchando los reproches de sus hijos, los bombardeos a Paysandú.

Urquiza no ignora los costos que debe pagar por su decisión política, pero, según se mire, esa conducta puede ser más un motivo de elogio que de crítica, porque era consciente de los costos que estaba pagando y de los sacrificios que hacía en aras de aceptar una lógica que, tal como los hechos se encargaron de demostrar, era inexorable.

Urquiza, como luego Mitre y más adelante Sarmiento, Avellaneda y Roca, tuvieron la virtud y el mérito de pagar costos personales y políticos elevadísimos por plantearse en serio la organización del Estado. Pudo haber sido un déspota y no lo fue; pudo haber intrigado para asegurarse la reelección en 1860 y no lo hizo; pudo haber sido el caos y prefirió ser el orden.

Su colaboradores más íntimos no lo entendieron, ni siquiera sus hijos; pero desde Caseros en adelante, la razón estuvo casi siempre de su lado. Su propuesta era la de un orden político que superara al de los caudillos. Lo hacía con los instrumentos que tenía y conocía al dedillo. Sin duda que fue un hombre del poder, pero se propuso hacer algo más que acumular poder.

Realista y algo cínico, podía participar de una tenida masónica y al otro día arrodillarse delante de la Virgen. En el fondo no creía demasiado ni en una causa ni en la otra, pero sabía que necesitaba de los masones y los clericales para consumar sus fines.

Trabajó con tesón para construir una Nación que enterrara en el pasado las guerras civiles, la arbitrariedad y la ceguera localista de los caudillos y los degolladores. Con sus actos se negaba a sí mismo y era consciente de ello. Tal vez por esa razón, un atardecer de 1870 enfrentó a la muerte con los ojos abiertos.

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