OPINIÓN
Cada febrero, un rincón de la Liguria detiene al mundo con flores, canciones y una pasión que envidiaría cualquier elección nacional. El martes empieza San Remo y yo ya no aguanto la ansiedad
Por Osvaldo Bazán
No ustedes, que son gente normal, pero yo no aguanto más de la ansiedad de lo que ocurrirá a partir del martes. Pongámonos de acuerdo de entrada, acá no hay ironía ni gesto de superado ni “míralo al raro” o “¡qué querés con el viejo!”
No.
Digo esto porque cada vez que cuento que me fascina el Festival de San Remo, es la respuesta que tengo.
«¿Festival de San Remo? ¿Vivo?» como si fuera Susana hablando de dinosaurios.
El Festival de San Remo está mucho más vivo que aquellos que dudan de su permanencia.
Claro, nació en una Europa que todavía olía a pólvora, en una Italia dolida que necesitaba a todas luces dejar atrás el recuerdo de haber sido humillada, que imploraba por el amor de un Occidente al que había traicionado desparramando el fascismo —esquirlas que todavía acá idolatramos— en centenares de hospitales y centros deportivos llamados “Juan Perón”; en fin, que lo que los tanos se sacaron de encima colgado de un palo en la plaza, acá todavía aplaudimos colgando la imagen de Eva de un edificio céntrico de la capital.
Ni la poesía más kitsch pudo preverlo, el Festival de San Remo es fruto del apareamiento entre las flores y las canciones. Por un lado, Giulio Razzi, director de la RAI (todavía no televisión, sólo radio, tres años después nació la televisión italiana) entendió que para la posguerra era necesario un evento nacional que unificara el gusto de los italianos; por el otro, Amilcare Rambaldi, el presidente de la asociación de floricultores necesitaba una vidriera para mostrar los claveles y las rosas que la guerra había dejado sin mercado. El tercer eslabón de la cadena de alegría fue Pier Busetti, administrador del Casino de San Remo, que buscaba desesperadamente una forma de atraer gente a la Riviera en invierno.
Había un escenario.
Había flores.
Había canciones.
La radio nacional, al tiempo que consolidaba una idea de Italia, impulsaba la economía del turismo, la economía de las canciones y la economía de los pétalos.
Un círculo virtuoso perfecto.
San Remo es una maratón de cinco noches donde se vota con una pasión que envidiaría cualquier elección nacional. Hay que entender la mecánica para ver la dimensión del asunto: es un concurso donde el ganador no sólo se lleva un leoncito de oro rampante sobre una palmera, sino el pasaporte directo a la memoria colectiva y el derecho a representar al país en Eurovisión.
Hay jurados de especialistas y televoto, esa religión laica que hace que un país entero contenga la respiración cuando el director de orquesta levanta la batuta.
De ese escenario del Teatro Ariston —que reemplazó al Casino en 1977— salieron hitos que hoy son el ADN de Occidente. Es imposible no pensar en aquel 1958, cuando Domenico Modugno abrió los brazos de par en par para gritar «¡Volare!» y cambió la música ligera para siempre. O en la enorme Mina, que con su voz de otro planeta escandalizó a la Italia conservadora. O en Adriano Celentano cantando de espaldas en 1961 para demostrar que el rock no pedía permiso para entrar en el living de la abuela.
El próximo martes comienza el festival. Serán cinco jornadas intensas que en Argentina se podrán ver desde la tarde, en la RAI. También se podrá seguir la transmisión de YouTube, claro. Lamentablemente, ya hace dos años que el presentador no es el simpatiquísimo Amadeus, reemplazado por un eléctrico Carlo Conti, que no suele poner en valor —al menos como lo hacía Amadeus— a los artistas, muchos de ellos muy nuevos, en estos últimos tiempos salidos de los algoritmos de TikTok.
Los nombres son en general desconocidos para los oídos argentinos, oídos no manipulados por enfermos como yo que ya los estoy escuchando en Spotify para ver con qué me voy a encontrar y ya me conozco a la morocha Ditonellapiagia y su euroelectropop —ella ya estuvo en el festival—, a la enérgica Serena Brancale, que vendrá con una canción a su madre recientemente fallecida —“y si te llevara de esas estrellas, para borrar tu adiós de mi piel”— y al rap melódico de Tredici Pietro (aunque ya me pone en alerta que se anuncia que la canción que presentará «Uomo che cade» ofrecerá “un comentario social incisivo”).
Porque, por supuesto, todo encuentro de artisssstas tiene también su lado social-moda-frípalestáin y ya se sabe que el albanés italiano Ermal Meta —muy popular en Italia primero como compositor y después como intérprete— tendrá, cómo no, su canción «Stella Stellina» dedicada a los niños de Gaza, con sonoridades mediorientales. No, de los niños de Irán, ni una palabra, claro.
Igual, se espera que la sangre no llegue al río, como casi ocurrió en 1984, cuando los obreros metalúrgicos de la fábrica Italsider de Génova hicieron su marcha hasta el teatro Ariston y sitiaron el lugar para que no se pudiera hacer la gala. El maestro de ceremonias en esa circunstancia, Pippo Baudo, la gran figura histórica del festival, se hizo acompañar por las cámaras hasta la vereda del teatro y negoció con los trabajadores. ¿Resultado? Seis de ellos subieron al escenario en plena transmisión y leyeron sus reclamos. El festival continuó sin problemas. Como el clásico bizarro italiano cuando en 1995 un señor desconocido, Pino Pagano, se sentó en la cornisa de la galería del teatro y amenazó con tirarse porque no conseguía trabajo. Otra vez, el bueno de Pippo se subió, trepó hasta él y en una escena que toda Italia siguió en vivo y en vilo, lo convenció de bajar. Durante años se sospechó que fue un montaje para subir el rating, pero el drama —real o no— quedó grabado como el punto más alto del melodrama italiano televisivo.
Sin embargo, no fue el momento más bizarro de un festival lleno de flores. El trofeo se lo llevó Emanuele Filiberto de Saboya, nieto del último rey de Italia, quien con un tenor se subió al escenario en 2010 para cantar una oda patriótica que hizo levantar al Ariston en un abucheo apoteótico con ferocidad pocas veces vista. El pobre Emanuele tuvo que salir corriendo protegido por Pippo Baudo, que apenas podía creer lo que estaba ocurriendo.
Menos simpática es la caída final de Luigi Tenco.
Junto con su pareja Dalida, presentó en el festival de 1967 la canción «Ciao amore, ciao», que hablaba del éxodo rural a las ciudades y del dolor de los campesinos que debían dejar sus tierras para meterse en fábricas que los aturdían.
A pesar de consagrarse como cantor romántico, no hay que olvidar que Tenco mostraba otro tipo de romanticismo, lejos de los lugares comunes. En su gran éxito «Mi sono innamorato di te» dice quizás la frase menos romántica que una canción de amor puede mostrar: «me enamoré de ti porque no tenía nada más que hacer».
Con este antecedente, cuando el jurado desechó la canción y el veredicto fue ratificado por una comisión de expertos, volvió a su habitación número 219 del Hotel Savoy, escribió «hago esto no porque esté cansado de la vida (todo lo contrario) sino como un acto de protesta contra un público que envía «Io, tu e le rose» a la final y una comisión que selecciona «La rivoluzione». Espero que sirva para aclarar las ideas a alguien. Ciao. Luigi”.
Y se pegó un tiro en la sien.
Y se murió.
O sea, con la música en San Remo, no se jode.
Porque pueden decirme cualquier cosa, pero ahí están las canciones. El martes se presentan los 30 temas; el miércoles y el jueves se dividen 15 y 15, y el viernes es la noche de los covers, mi favorita. Cada uno de los participantes invita a una estrella consagrada a compartir el escenario con un tema clásico. La lista de invitados impresiona y sorprende. El año pasado fue de Jovanotti, que hizo una presentación impecable con mil tambores y baterías en la calle cantando «L’ombelico del mondo» (sean felices, busquen el video en YouTube) con un traje dorado diseñado por Dior, o Dios. Decía que la lista de invitados fue de Jovanotti a Toquinho y cualquier cosa puede pasar. Se comenta fuerte en los laberínticos pasillos de la RAI (homenaje a Carlos Monti) que podrían aparecer Dua Lipa o Sting, pero viste cómo son los pasillos. Sí está confirmada la imparable Laura Pausini, que será coconductora todas las noches en ese lugar que ella conoce tan bien porque le dio el espaldarazo definitivo. El sábado, finalmente, se sabrá quién es el ganador que tendrá derecho a participar en Eurovisión.
“Tendrá derecho” no quiere decir necesariamente que participará. El año pasado ganó con «Balorda Nostalgia», una canción bastante mediocre —en general no suelo coincidir con los ganadores—, el cantante Olly, quien hizo uso y abuso del autotune (un procesador de audio que analiza lo que un cantante está emitiendo y, si la nota está pifiada o fuera de tono, el sistema la empuja automáticamente hacia la nota correcta más cercana). Las normas del Festival de San Remo son bastante laxas al respecto. No así las de Eurovisión, que exigen mayor “limpieza” en el sonido. Se temía que, si Olly iba a la final de Eurovisión y en plena actuación le apagaban el juguetito, iba a quedar desnudo frente a millones de personas. Así que Olly jugó la carta de “tengo compromisos previos” y se borró. Fue el segundo, Lucio Corsi, cantante glam que, cuando le tocó hacer un cover, lo hizo con… el Topo Gigio.
Otro de los temas fascinantes de San Remo, a diferencia de otros eventos, es que acá se pone en juego el prestigio de los grandes diseñadores de moda italiana. Nada es común en el escenario del Ariston. Todo es magnífico, fastuoso, espléndido. Todo es regio, superior, fabuloso. Todo brilla. Y brilla mucho. Es la idea de una Italia bella, con una belleza fuera de lo común, una belleza que rompe reglas y grita “¡MIRAME, SOY ITALIA, SOY BELLA Y ESTA BELLEZA NO LA ENCONTRARÁS EN NINGÚN OTRO LADO!”
Para las mentes chicas, suele ser puro esnobismo.
Pero bueno, no estamos para perder tiempo con mentes chicas.
Hubo vinilos, dejó de haber vinilos, ahora hay otra vez vinilos, pero también algoritmos. Sin embargo, las melodías siguen ahí, en ese pequeño rincón de la Liguria, con ramos de flores como regalo, con canciones buenas, malas y ni buenas ni malas.
Canciones y flores de San Remo. Junto con las aguas de marzo, el certificado de que hemos pasado otro verano.
Seamos felices.
Revista Seúl

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