OPINIÓN
Cómo pueden arruinar el futuro de la Argentina
Por Carlos Mira
¿Puede la rabia arruinar el futuro de un país? La experiencia argentina indica que sí. No la rabia como reacción humana ante la injusticia, sino la rabia convertida en identidad política, en doctrina moral y en forma de organización social. Una rabia que deja de ser impulso para transformarse en sistema. Que ya no busca mejorar la propia condición, sino impedir que otros prosperen. Y que, aun a costa del perjuicio propio, prefiere la ruina ajena antes que tolerar el éxito.
En la Argentina, esa lógica fue estructurada, legitimada y difundida por el peronismo y por la sociedad que moldeó durante décadas. No solo como movimiento político, sino como cultura emocional. Una cultura que sospecha de la acumulación, que asocia riqueza con inmoralidad y que convierte al empresario exitoso en enemigo público. Bajo ese esquema mental, el capital no es una herramienta de desarrollo sino una amenaza que debe ser neutralizada.
El problema nunca fue la búsqueda de igualdad. El problema fue confundir deliberadamente igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. El peronismo no propuso un modelo donde algunos crezcan y empujen al resto, sino uno donde nadie debe crecer demasiado. Así, se atacó sistemáticamente a los sectores capaces de funcionar como locomotora del conjunto: reglas inestables, presión fiscal asfixiante, discursos hostiles, controles arbitrarios y una narrativa que presenta al que invierte como sospechoso por definición.
Esta lógica del resentimiento genera una paradoja devastadora: en nombre de los pobres, se destruyen los mecanismos que permiten reducir la pobreza. Se celebra que “nadie se la lleve toda”, incluso cuando eso implica que no quede nada para repartir. Se prefiere una igualdad en la escasez antes que aceptar desigualdades derivadas del crecimiento. El resultado no es justicia social, sino estancamiento crónico, inflación persistente, falta de inversión y decadencia estructural.
Cuando la rabia gobierna, la política deja de construir y se limita a castigar. No piensa en el largo plazo, reacciona. No diseña futuro, administra bronca. En ese clima emocional, cualquier intento de acumulación es leído como saqueo; cualquier éxito, como traición; cualquier llamado a la racionalidad económica, como insensibilidad social. El país entra entonces en un círculo vicioso: destruye a quienes podrían impulsarlo y luego se sorprende por los resultados.
La sociedad argentina peronista —y la sociedad engendrada culturalmente por el peronismo— internalizó esta lógica como sentido común. No como imposición, sino como reflejo emocional. El progreso ajeno dejó de ser aspiracional para convertirse en sospechoso. El éxito pasó a ser algo que se disimula. El que puede crecer, se esconde; el que no puede, desconfía. Así, el desarrollo se vuelve imposible no por falta de recursos, sino por hostilidad social.
Los países no fracasan solo por malas decisiones técnicas. Fracasan cuando convierten emociones destructivas en política pública. La Argentina no careció de talento, capital humano ni oportunidades. Careció de una cultura capaz de tolerar que algunos prosperen para que muchos vivan mejor. Mientras otros países aceptaron que el crecimiento genera desigualdades transitorias que se corrigen con instituciones, aquí se optó por eliminar el crecimiento para evitar la desigualdad. El saldo es evidente: no hay riqueza concentrada, porque no hay riqueza.
Salir de este pantano exige algo más incómodo que un cambio de programa económico. Exige revisar emociones colectivas. Aceptar que para que a muchos les vaya mejor, primero a algunos les tiene que ir muy bien. Entender que el capital no es un enemigo, sino una condición necesaria del desarrollo. Y asumir que un país que convierte la rabia en brújula termina inevitablemente detenido, mirando cómo el mundo avanza mientras él sigue atrapado en el resentimiento.
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