FATE ENCUENTRA SU DESTINO

OPINIÓN

Destapá y ganá la presidencia del Perú. Se le vino al principito. Fútbol, pasión de sobrerregulados

Por Seúl

Fate

Fate, un clásico de la industria argentina, anunció el miércoles que cerraba para siempre y que pagaba sus deudas e indemnizaciones para más de 900 empleados. El argumento: “los cambios en las condiciones de mercado”, una manera de decir que no puede competir con los neumáticos importados, que son un 40% más baratos. El anuncio tuvo un impacto inmediato, porque siempre es noticia que cierre una empresa de más de 80 años y porque además está en el centro de muchas de las tensiones políticas y económicas que estamos viviendo: proteccionismo contra importaciones, consumidores vs. “puestos de trabajo”, lo nacional vs. lo extranjero, libre competencia contra empresas cuidadas, sindicatos con más poder o con menos poder. El caso de Fate los atraviesa todos.

La chicana instantánea de los peronistas (otra vez aliados a un gran empresario, como hace unas semanas con Paolo Rocca) fue: “Fate aguantó todas las crisis argentinas pero no pudo aguantar dos años de Milei”. Algunos en el Gobierno al principio quisieron casi festejar la medida (que se mueran los ineficientes) o le echaron la culpa a los dueños (la familia Madanes), pero terminaron dictando conciliación obligatoria para patear el tema para más adelante.

Lo cierto es que Fate murió un poco por todas las cosas que decía cada bando. La empresa venía con problemas hace mil años, sobreviviendo en parte gracias al cepo y las restricciones para importar y aprovechando ambas cosas para poner precios infames durante el breve reinado de Sergio Massa, cuando los argentinos se iban a Chile a comprar cubiertas y las traían puestas. Tenía unos trabajadores que laburaban poco (20% de ausentismo, llegó a quejarse la empresa) y protestaban mucho: tomas constantes, producción bloqueada durante meses. Y también es cierto, más en el corto plazo, que el consumo y el dólar están planchados, lo que pellizca todavía más los márgenes.

Da toda la impresión, de todas maneras, de que los Madanes tenían muchas ganas de quitarse este fardo de encima, que sólo les traía dolores de cabeza y perdía guita “hace 30 años”, según confesaron una vez. Por eso quizás fueron directo al cierre y no hubo, pongamos, una convocatoria de acreedores. No parece haber habido un cariño familiar suficiente con la marca como para pelearla hasta el final. Viendo quizás que con Milei o quien sea la situación ya no va a ser la misma, esta vez dijeron: hasta acá llegamos, estos limones (el Estado y los automovilistas argentinos) ya nos dieron un montón de jugo, no los vamos a poder exprimir más.

Perú

Esta semana se estrenó otro capítulo de Perú y sus presidentes breves, la serie que domina al país hermano desde hace una década. Esta vez la guadaña le tocó a José Jerí, que ocupó la casa de gobierno sólo cuatro meses y había asumido cuando su predecesora, Dina Boluarte, también fue destituida por incapacidad, según los altos estándares del congreso peruano.

¿Las razones del Jerí-exit? Una mezcla de corrupción, tráfico de influencias y designaciones sospechosas. Una investigación periodística reveló que el mandatario mantuvo reuniones clandestinas con dos empresarios chinos, uno contratista del Estado y otro acusado por tráfico de maderas. Una cámara de seguridad lo agarró, Maduro-style, con jogging, capuchas, anteojos negros y un bolso (qué cosa los bolsos), justo cuando Jerí entraba al local de comida china de uno de los empresarios. Ahí arrancó el “chifagate”, por como apodan los peruanos a estos boliches. La noticia derramó el vaso de la reputación de Jerí, ya cascoteada por unas “irregularidades” en las visitas al Palacio de Gobierno por parte de mujeres que luego consiguieron trabajos en el sector público.

De todas maneras, podemos quedarnos tranquilos, porque después de la destitución, ni el dólar ni el riesgo país se movieron un centímetro. En Perú, la política (cuya inestabilidad a esta altura parece estructural) corre por un camino paralelo al de la macroeconomía. En 2025, la inflación fue menor al 2% anual y el país creció un 3,4%, todo con un Congreso enardecido y algo incapaz que designa a dedo a presidentes que luego destituyen sin mirar atrás. ¡Quién pudiera!

Príncipe

Hace dos viernes, hablamos del escándalo ocasionado por la publicación de las tres millones de páginas del Archivo Epstein y dijimos que era terreno fértil para que la derecha y la izquierda se tiraran por la cabeza con imágenes, reales y falsas, de compañeros de ruta del bando opuesto al lado del financista y depredador sexual. Pero si había alguien que estaba sin discusión al horno con papas, era el expríncipe Andrés Mountbatten-Windsor.

Cuando te decimos que es carnaval, apretá el pomo: ayer la policía inglesa detuvo durante 12 horas al hermano del rey Carlos III. El cargo: misconduct in public office, hermoso understatement inglés que es peor de lo que suena, porque puede recibir pena de cadena perpetua. La ironía es que la misconduct no tiene nada que ver con cuestiones sexuales: entre los mails publicados hay evidencia de que cuando el expríncipe fue enviado comercial del Reino Unido a Estados Unidos, le filtró información confidencial a Epstein.

El rey Carlos III, que ya lo degradó y despojó de sus títulos nobiliarios, dijo que «la ley tiene que seguir su curso». Extraoficialmente, tanto el príncipe William como la princesa Catherine apoyan esta decisión. El príncipe Harry quiso opinar, pero nadie le llevó el apunte. Da para una temporada extra de The Crown.

Para acompañar esta noticia, nada mejor que volver a ver la delirante entrevista que le hizo en noviembre de 2019 la periodista Emily Maitlis para el programa Newsnight. Hay una película sobre esa entrevista que puede verse en Netflix —La gran exclusiva, con Gillian Anderson y Rufus Sewell—, pero la original es tan espectacular que no vale la pena ver la ficción. Si alguno pudiera albergar cierta duda acerca de la culpabilidad del entonces príncipe, esos 50 minutos la disiparían. Ya sabemos que por los delitos sexuales zafó poniendo plata y ahora se lo acusa de otra cosa, pero verlo incriminarse en la TV nacional de esa manera tiene su encanto perverso.

FIFA

Las reacciones por el encontronazo entre Prestianni y Vinicius han sido tantas y tan virulentas que ya nos obligan a preguntarnos cómo fue que llegamos hasta acá. No vamos a hacer la apología nostálgica del picadito en el potrero ni a quejarnos por las tantas cuestiones que se derivan de la gestión de un deporte profesional como el fútbol: por algo la victoria en Qatar puso a 5 millones de personas celebrando en la calle y por algo —se suele repetir y no vamos a chequear el dato— la FIFA reúne a más países que la ONU. Pero justamente por esta importancia desproporcionada que le damos al fútbol quizás no estaría mal que recordemos que se trata de un juego. Y no para minimizarlo, sino para evitar un problema que a la larga lo puede afectar como espectáculo y negocio, justamente.

Y a este problema podríamos caracterizarlo como un exceso regulatorio. Seguramente por su pasado reciente de corrupción generalizada, ya sea con dirigentes presos o groseramente impunes, en los últimos años las principales federaciones (la Conmebol, la UEFA, la FIFA) se han dedicado a engrosar las normas que determinan qué se puede y qué no se puede hacer en un campo de juego, en un estadio y hasta en una ciudad que alberga a un partido de fútbol.

Algunas de ellas son de índole burocrática y comercial (de cuántos centímetros cuadrados puede ser el espacio que ocupa el logo de la marca de una camiseta) y otras, las más interesantes, se enfocan en el juego en sí mismo. Así es que hoy podemos tener al VAR y todos sus rituales asociados (el último de ellos, el de los árbitros explicando sus decisiones por los parlantes del estadio) o también la exigencia de ubicar pelotas de repuesto en ciertos puntos alrededor del campo de juego. Aun admitiendo las buenas intenciones de estas regulaciones (la justicia en los fallos arbitrales, evitar o castigar las demoras o las trampas, favorecer el juego dinámico y ofensivo), lo que se observa es que cada una de ellas genera nuevos problemas que se acumulan con aquellos que se pretendían resolver en un principio. Quizás porque la tecnología disponible, aún avanzada y en constante evolución, parece correr siempre de atrás en nuestra desmedida exigencia de justicia deportiva. Quizás porque la corrupción y el favoritismo en el fútbol son huesos duros de roer. Quizás porque —más lugares comunes— el fútbol es para los vivos, el que no llora no mama y hecha la ley hecha la trampa.

Pues bien, como si todo esto fuera poco, también desde hace un par de décadas tanto la FIFA como la UEFA decidieron dedicar una buena parte de sus esfuerzos a combatir, de entre todos los males de este mundo, particularmente a uno: el racismo. Y lo ha hecho de un modo tan torpe, imperial e histérico que a los rioplatenses nos ha pegado especialmente mal. Ni Cavani es libre de usar el cariñoso apelativo «negrito» con un amigo ni Enzo Fernández puede cantar que son todos de Angola, porque entonces se nos hacen presentes todos los fantasmas del wokismo, la Agenda 2030 y el comunismo internacional (?). Ni lugar hay para explicar por qué Cavani o Enzo hicieron lo que hicieron, los matices de cada caso, si había o no algo por lo cual debían disculparse. Sólo furia, indignación y sanciones disciplinarias.

Así las cosas, no se trata de decir que Vini es un llorón que no se banca una («A Ronaldinho le decías mono y te respondía que mono parecía el travelo que se había comido la noche anterior con tu señora, te tiraba tres caños y te la clavaba en el ángulo») o discutir si Prestianni (¡y los argentinos!) somos o no racistas. Se trata más bien de no encontrar otra excusa más para parar 15 minutos un partido y no llegar a nada, de no reclamar el fuego purificador para alguien que pudo o no haber cometido un error (porque los jugadores aprendieron a taparse la boca para evitar las cámaras, entonces hay que cargarse también la presunción de inocencia en nombre del Bien), de aflojar con el virtue signaling y de no seguir acumulando más y más regulaciones. Que no van a salvar ni al fútbol ni a ninguno de los males que aquejan al mundo, al contrario.

Revista Seúl




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