LA AMORTAJADA (1)

 CULTURA

Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco

Por María Luisa Bombal

Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas. A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpbeza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no habia logrado empañar.

Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que ella los veia. Porque ella veia, sentia. 

Y es asi como se ve inmóvil, tendida boca arriba, en el amplio lecho revestido ahora de las sábanas bordadas, perfumadas de espliego, -que se guardan siempre bajo llave- y se ve envuelta en aquella bata de raso blanco que solia volverla tan grácil. 

Levemente cruzadas sobre el pecho y oprimiendo un crucifijo, vislumbra sus manos; sus manos que han adquirido la delicadeza frivola de dos palomas sosegadas. Ya no le incomoda bajo la nuca esa espesa mata de pelo que durante su enfermedad se iba volviendo, minuto por minuto, más húmeda y más pesada. Consiguieron, al fin, desenmarañarla, alisarIa, dividirla sobre la frente. Han descuidado, es cierto, recogerla. Pero ella no ignora que la masa sombria de una cabellera desplegada presta a toda mujer extendida y durmiendo un ceño de misterio, un perturbador encanto. 

Y de golpe se siente sin una sola arruga, pálida y bella como nunca... 

La invade una inmensa alegria, que puedan admirarla asi, los que ya no la recordaban sino devoradan, por fútiles inquietudes, marchita por algunas penas y el aire cortante de la hacienda. Ahora que la saben muerta, alli están rodeándola todos. 

Está su hija, aquella rnuchacha dorada y elástica, orgullosa de sus veinte años, que sonreia burlona cuando su madre pretendia, mientras le enseñaba viejos retratos, que también ella habia sido elegante y graciosa. Están sus hijos, que parecian no querer reconocerle ya ningún derecho a vivir, sus hijos, a quienes impacientaban sus caprichos, a quienes avergonzaba sorprenderla corriendo por el jardin asoleado; sus hijos ariscos al menor cumplido, aunque secretamente halagados cuandos sus j6venes camaradas fingian tomarla por una hermana mayor. 

Están algunos amigos, viejos amigos que parecian haber olvidado que un dia fue esbelta y feliz. Saboreando su peril vanidad, largamente permanece rigida, sumisa a todas las miradas, como desnuda a fuerza de irresistencia. 

El murmullo de la lluvia sobre los bosques y sobre la casa la mueve muy pronto a entregarse en cuerpo y alma a esa sensaci6n de bienestar y melancolia en que siempre la abismó el suspirar del agua en las interminables noches de otoño. La Iluvia, cae, fina, obstinada, tranquila. Y ella la escucha caer. Caer sobre los techos, caer hasta domar los quitasoles de los pinos, y los anchos brazos de los cedros azules, caer. Caer hasta anegar los tréboles, y borrar los senderos, caer. 

Escampa, y ella escucha nitido el bemol de lata enmohecida que ritmicamente el viento arranca al molino. Y cada golpe de aspa viene a tocar una fibra especial dentro de su pecho amortajado. Con recogimiento siente vibrar en su interior una nota sonora y grave que ignoraba hasta ese dia guardar en si. Luego, llueve nuevamente. 

Y la lluvia cae, obstinada, tranquila. 

Y ella la escucha caer. Caer y resbalar como lágrimas por los vidrios de Ias ventanas, caer y agrandar hasta el horizonte las lagunas, caer. Caer sobre su coraz6n y empaparlo, deshacerlo de languidez y de tristeza. Escampa, y la rueda del molino vuelve a girar pesada y regular. Per0 ya no encuentra en ella la cuerda que repita su mon6tono acorde; el sonido se despeña ahora, sordamente, desde muy alto, como algo tremendo que la envuelve y la abruma. Cada golpe de aspa se le antoja el tic-tac de un reloj gigante marcando el tiempo bajo las nubes y sobre los campos. 

No recuerda haber gozado, haber agotado nunca, asi, una emocion. Tantos seres, tantas preocupaciones y pequeños estorbos fisicos se interponian siempre entre ella y el secret0 de una noche. Ahora, en cambio, no la turba ningún pensamiento inaportuno. Han trazado un circulo de silencio a su alrededor, y se ha detenid0 el Iatir de esa invisible arteria que le golpeaba con fiecuencia tan rudamente la sien. 

A la madrugada cesa la lluvia. Un tramo de luz recorta el marco de las ventanas. En los altos candelabros la llama de los velones se abisma trémuIa en un coágulo de cera. Alguien duerme, !a cabeza desmayada sobre el hombro, y cuelgan inmóviles !os diligentes rosarios. No obstante, allá lejos, muy lejos, asciende un cadencioso rumor. Sólo ella lo percibe y adivina el restallar de cascos de caballos, el restallar de ocho cascos de caballo que vienen sonando. Que suenan, ya esponjosos y leves, ya recios y próximos, de repente desiguales, apagados, como si los dispersara el viento. Que se aparejan, siguen avanzando, no dejan de avanzar, y sin embargo que, se diria, no van a llegar jamás. 

Un estrépito de ruedas cubre por fin el galope de los caballos. 

Recién entonces despiertan todos, todos se agitan a la vez. Ella los oye, al otro extremo de la casa, descorrer el complicado cerrojo y las dos barras de la puerta de entrada. Los observa, en seguida, ordenar el cuarto, acercarse al lecho, reemplazar los cirios consumidos, ahuyentar de su frente una mariposa de noche.

Continuará...

Memoria Chilena - María Luisa Bombal (1910–1980) fue una destacada escritora chilena, reconocida por su estilo innovador y su influencia en la literatura latinoamericana.

Comentarios