LA MELANCOLÍA DE ARMENIA

OPINIÓN

Si Noé volviera a encallar su arca en las laderas del gigantesco volcán, recibiría un pasaporte de Turquía



Por Claudio Fantini

Un velo melancólico cubre Yerebán. Lo sentí la primera vez que llegué a este rincón del Cáucaso. Era muy joven, el siglo 20 empezaba a despedirse y la Unión Soviética aún existía. Armenia apostaba a la “glasnost” y la “perestroika”, reformas de apertura económica y política que debían revitalizar la anquilosada URSS pero acabaron enterrándola junto con el totalitarismo y la economía de planificación centralizada. Los armenios habían vencido a los azeríes en el enclave de Nagorno Karabaj proclamando Artsaj, un territorio independiente y hermanado con Armenia. Sin embargo, ese país cristiano rodeado de estados musulmanes no tenía la plena independencia que tuvo el antiguo Reino de Armenia. En él regían las leyes soviéticas y sus políticas se dictaban en el Kremlin. Peor aún: su máximo símbolo geográfico, el monte Ararat, aunque domina la postal de Yereván y expresa con su cumbre nevada las altas aspiraciones nacionales de los armenios, está situado en otro país.

Como si el Kilimanjaro estuviera en Kenia y no en Tanzania, o como si monte Fuyí estuviera en China y no en Japón, los armenios tienen una montaña a la que reverencian como un tótem nacional y en la que ven reflejada su cultura milenaria, pero se encuentra del lado turco de la frontera.

Hoy las leyes que rigen en Armenia son creadas por su Parlamento y a sus políticas no las dictan en Moscú. Hoy es una democracia insular rodeadas de autocracias irrespirables y una democracia de baja intensidad: Georgia. Pero el Ararat sigue estando en otro país.

Si Noé volviera a encallar su arca en las laderas del gigantesco volcán, recibiría un pasaporte de Turquía.

Aunque aún hay muchos monoblocs de insipidez soviética, esta Armenia luce una pujanza económica vigorosa y su Estado puede organizar un evento formidable como el Yereván Dialogue, donde ministros de distintas aéreas provenientes de todo el mundo, junto con científicos de primer nivel y profesionales y expertos de los rubros apuntados en el programa, llegaron desde distintos rincones del planeta para abordar esas temáticas de interés global.

Armenia luce una democracia insular y una sociedad culta. Yereván es una ciudad elegante, pero, aunque siga dominando las postales de la ciudad junto a la cual se encuentra, el Ararat sigue estando en Turquía. A eso se agregó otro velo de melancolía: la última ofensiva militar lanzada a modo de Blitzkrieg por los azeríes con el aval de Erdogán y el apoyo militar turco, dejó otro territorio entrañable de los armenios en territorio extranjero.

Ese enclave que integró el antiguo Reino de Armenia y está habitado por armenios desde tiempos ancestrales, quedó bajo total control de Azerbaiján, dentro de cuyo mapa se encuentra desde tiempos otomanos pero que, en la guerra de la década del 90 la victoria de los armenios convirtió en Artzaj, un estado independiente de facto, aunque sólo reconocido por Armenia.

La ofensiva que en 2023 lanzó instigado por Erdogán el déspota azerí Ilhan Aliyev, hizo que Artzaj volviera a llamarse Nagorno Karabaj y a regirse por las leyes de Azerbaiján. Los armenios que pueblan ese enclave desde tiempos medievales fuero deportadas en masa o escaparon ni bien ingresaron las tropas azeríes a Setepanakert, la capital karabajsí.

Ahora, además del monte bíblico donde la tradición dice que tocó tierra el arca de Noé, otro territorio que hace a la identidad nacional armenia ha quedado más allá de sus fronteras.

En Yereván y demás ciudades de ese país caucásico muchos muros tienen pintados rostros y nombres de combatientes caídos en las guerras por Artsaj. Esas pintadas callejeras evocan ahora una derrota militar, la que hizo que los armenios se descubrieran solos en Asia Central y en el mundo. Solamente los acompaña la fidelidad de la diáspora que acrecentó el genocidio de 1915.

Hace dos años, cuando las fuerzas azeríes entraron por sorpresa al enclave armenio, Rusia miró hacia otro lado. Yereván siempre había confiado en Moscú, pero Vladimir Putin reformuló el interés geopolítico del Kremlin. Los otros miembros del Tratado de Seguridad Colectiva del que Armenia formaba parte junto a Rusia, Bielorrusia, Kazajtsán, Kirguisia y Tadyikistán, también traicionaron a Armenia ante el ataque turco-azerí. Por eso el entonces presidente Nicol Pashinian decidió abandonar esa alianza militar inservible. Pero tampoco Europa y Estados Unidos habían reaccionado en defensa de la insular y cristiana democracia centroasiática.

Vahan Khachaturyán entendió que Armenia debe reinventarse en la región y frente al mundo. El presidente no puede decir nada que suene a renunciar a Artsaj, pero sabe que nada se puede hacer ahora. No es tiempo de pensar en Artsaj sino de reinventar la supervivencia de Armenia en una región donde no tiene aliados y se encuentra en un mundo sin Occidente político y cultural.

Artsaj quedó muy lejos a pesar de estar tan cerca. Igual que el monte Ararat.

(LOS ANDES)




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