OPINIÓN
Dije que la reciente Nobel de la Paz Navi Pillay es fea y me cayó encima la corrección política. Lo sostengo: me parece fea, por fuera y por dentro
Por Osvaldo Bazán
¡Ay, los ofendiditos!
Hace unos días, ante el anuncio del Premio Nobel de la Paz, di mi categórico dictamen sobre la ganadora: “Es fea” tuitié.
¿Por qué lo hice?
Debo reconocer que lo hice por una sola razón: la veo fea.
Parece que pisé un montón de callos de gente que tiene problemas con la palabra “fea” y no quiero decir que eso sea porque se autoperciban feos porque el chiste ya terminó y no voy a pasar otra semana con la misma cantinela.
Lo cierto es que saltaron unos cuantos ofendidos.
La acusación que más perplejo me dejó fue la de “discriminador”.
Parece que hubo un momento en la historia reciente en donde la humanidad se puso de acuerdo en que decirle a alguien “feo” se convirtió en discriminar.
Se ve que ese día debo haber estado contemplando la belleza, porque no me llegó el memo.
Nunca supe cuándo eso ocurrió.
Me contestaron en otro tuit: “¿Cómo él, justamente él —que en este caso soy yo— que luchó contra la discriminación sexual hace unos años, ahora se olvida de eso y discrimina a ¡una mujer! por fea?” Agradezco la categoría épica que le pusieron a mi simple exposición pública diciendo algo que hoy, pocos años después, todo el mundo entendió: los gays somos personas.
Pero más allá de mis indudables méritos por todos reconocidos, el dictamen esta vez fue categórico sobre mí: “Se convirtió en lo que criticaba”.
¡A la flauta!
Me convertí en lo que criticaba —recuerdo, criticaba un sistema legal de exclusión basado en la orientación sexual— porque dije que era fea una señora que me parece fea.
Como ocurre en las redes, salieron prestos muchos seguidores a defender mi buen nombre y honor.
Decían que era obvio que estaba hablando de lo fea persona que es doña Navi Pillay, la dama en cuestión.
La verdad, cosas horribles de la Pillay no faltan como para catalogarla de “fea persona” sin que nadie —excepto los excelentísimos jurados del Premio Nobel de la Paz— me venga a preguntar si me siento Brad Pitt (spoiler, sí, me siento Brad Pitt).
Por ejemplo, lo que ha demostrado Emma Reilly.
Emma Reilly es una abogada de derechos humanos irlandesa-británica que trabajó en la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, dentro de la gestión de Navi Pillay alrededor de 2012 y 2013, y que fue despedida en 2021. Doña Emma denunció que, bajo la dirección de Pillay, la oficina entregaba a la delegación china los nombres de disidentes —en su mayoría uigures, aunque también tibetanos, hongkoneses y abogados— que solicitaban acreditación para las sesiones del Consejo de Derechos Humanos.
China pedía por correo, semanas antes, si determinadas personas se habían inscripto, y la ONU respondía.
Reilly afirma haber visto entre 50 y 70 nombres enviados por la comisión de derechos humanos de la ONU a China —ese país que hace unos robotitos maravillosos que bailan que son un contento—.
Esa información permitía a Pekín presionar a las familias en China con intimidaciones, detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y, en algunos casos, muertes en campos de concentración. No sé si los castigos los aplicaban robotitos de luces multicolores o chinos de verdad, que aparte de bailar para algo deben servir, digo yo. Entre los ejemplos que cita doña Emma está Dolkun Isa, presidente del Congreso Mundial Uigur, cuyo hermano fue detenido y cuyos padres murieron en los campos, y Geng He, esposa del abogado desaparecido Gao Zhisheng.
Reilly contó que cuando se dio cuenta del asunto, en una reunión con la fea, dijo que esto era un peligro, que había que hacer algo. ¿Qué contestó la fea? “Que le trajeran otra silla, porque estaba incómoda” (sic). Así lo contó Reilly en X.
O sea, ante una denuncia muy concreta de colaboración con torturadores, la señora Navi Pillay aplicó la estrategia de perro que volteó la olla.
Después de eso, los funcionarios que entregaban los nombres fueron promovidos mientras a Reilly, la denunciante, la echaron por hablar; también dijo que tres víctimas la habrían demandado de no existir la inmunidad diplomática.
Un tribunal interno de la ONU reconoció en 2023 que doña Emma Reilly tenía razón al volver a denunciar la práctica por el riesgo continuo para las familias y publicó correos de 2012, durante el mandato de Pillay, en los que funcionarios chinos piden confirmación de nombres y la oficina responde. Están los mails, los de ida y los de vuelta.
En 2010, cuando Liu Xiaobo recibió el Nobel de la Paz estando preso en China, Pillay no asistió a la ceremonia en Oslo. En ese momento, dijo que por un problema de agenda, pero se sabe que China presionó a muchas figuras para que no asistieran a la entrega del premio —tampoco asistió Liu, claro, estaba preso en China—, y 40 ONGs lideradas por UN Watch le pidieron expresamente a Navi Pillay que fuera. De hecho, Yang Jianli, disidente chino exiliado que representaba a Liu Xiaobo ante el Comité Nobel, dijo textualmente que la decisión de Pillay era “una abdicación clara e inequívoca de sus responsabilidades como Alta Comisionada” y que creía que “resultó de presión directa del Gobierno chino”.
Pese a todos los pedidos, ella, como quien oye llover.
Lo que haría una persona a todas luces, fea.
Mientras Irán desangraba a los suyos, a comienzos de año, ella —con toda su trayectoria “a favor de los derechos humanos”— no dijo una sola palabra al respecto. Se puso de perfil, miró para otro lado. Nada nuevo, ya lo había hecho en 2009, cuando, después de las elecciones de junio de ese año, también la dictadura iraní desató una masacre contra los suyos. Y eso que en ese momento era alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Sólo unos meses después hizo un llamado público al Gobierno iraní “para que liberara a los detenidos por protestar pacíficamente, investigara las denuncias de malos tratos y garantizara el respeto de los derechos humanos”.
Hizo el llamado, le clavaron el visto y ya fue.
A su puesto en la ONU contribuyó el voto de Cuba, será por eso que entre 2008 y 2014 sólo una vez dijo, muy tenuemente —y no ella, un vocero de su oficina, Rupert Colville— que las detenciones de activistas en Cuba “pueden ser arbitrarias”. Acá va el meme de “¡se dio cuenta!”
En marzo de 2010, días después de la muerte del preso político Orlando Zapata Tamayo (tras 85 días de huelga de hambre), la fea se fotografió sonriendo en Ginebra junto al canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla. No, no dijo una palabra de Zapata Tamayo.
En julio del 2012, en lo que el Gobierno cubano llamó “un accidente”, murieron los disidentes Oswaldo Payá (Premio Sájarov) y Harold Cepero. En marzo del 2013, la hija de Payá, Rosa María, viajó a Ginebra, habló ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y entregó un pedido formal (firmado por decenas de personalidades) de una investigación internacional e independiente porque nadie en Cuba se tragó lo de “accidente”. También se reunió personalmente con Navi Pillay y allí la doña Navi le dijo que “hay otras maneras de abordar el caso”, abortando la idea de una investigación y, por lo tanto, no hubo investigación, ni denuncia, ni pedido de datos, ni nada.
Otro detalle y digo “detalle” porque decir “hijaputez” no da para este distinguido newsletter y no quiero ahora que me venga la horda de indignados diciendo que las meretrices no tienen nada que ver, otro detalle —digo— y quizás el mayor ejemplo de hipocresía ocurrió cuando, en abril del 2019, siendo presidenta de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, visitó La Habana, agradeció la hospitalidad del Gobierno cubano y destacó su disposición a considerar recomendaciones.
¿Resultado de su visita por la que tanto agradeció?
Cuba primero mantuvo la pena de muerte y después la amplió en el Código Penal de 2022.
Su antisemitismo es conocido y lo saca a relucir, orgullosa, cada vez que puede. Como cuando su compañero de comisión, Miloon Kothari, cuestionó el derecho de Israel a ser miembro de la ONU —cuestionamiento que ella respaldó alegremente—, como cuando pidió sin ninguna prueba en 2020 un castigo a Israel por el apartheid que aseguró, ocurría.
Presidió la Comisión de Investigación de la ONU sobre los Territorios Palestinos Ocupados (2021-2025) y en septiembre de 2025 emitió un documento antiisraelí que recibió la calurosa felicitación de Hamás.
Sí, la Premio Nobel de la Paz recibió calurosas felicitaciones por su trabajo y por su galardón de una organización que 45 de los más importantes países del mundo consideran… terrorista.
Con todos estos datos, podría sin ningún inconveniente decir que es una persona fea.
Muy fea.
Pero no voy a tirar la piedra y esconder la mano.
También me parece fea en el más tradicional, conservador y retrógrado sentido de la palabra “fea”.
Y punto.
¿Es una verdad universal?
No.
Es lo que me parece.
¿Eso significa que sea fea?
No.
Es lo que me parece.
¿Digo que en nombre de lo que yo creo que es bello debe ser perseguida, maltratada en la calle, deben quitarle algún beneficio o privilegio?
No, claro que no.
Digo que es fea.
Y vamos al tema embromado.
¿Es discriminatorio decir que alguien es feo?
Vamos al viejo y querido diccionario, que para “discriminar” tiene dos acepciones. Una, básica: “Consiste en separar, reconocer o discernir las diferencias entre dos o más cosas, ideas o elementos”. Por ejemplo: acá los calzoncillos blancos, acá los negros.
La segunda acepción es la que nos interesa: “Consiste en dar un trato desfavorable, de desprecio o injusto a una persona o a un grupo por motivos arbitrarios como origen étnico o nacional, raza o color de piel, religión o creencias, sexo, género u orientación sexual, edad, discapacidad (física, mental o sensorial), condición social, económica o de salud u opiniones políticas o ideológicas”.
Entonces, no es discriminatorio decir que alguien es feo por dos razones: primero porque al decir que alguien es feo no se está dando “un trato desfavorable, de desprecio o injusto”.
Jean-Paul Belmondo (¡googleen, mocosos!) era considerado por mucha gente como feo. ¿Y? Fue uno de los galanes más importantes de Francia… (Francia, ¿no te acordás? Ese país que había debajo de España y al lado de Alemania).
Segundo, en la definición no se habla de estética, y supongo que justamente es porque es un tema subjetivo, no objetivo como todos los otros ítems.
Y entonces, lo más embromado.
Discriminación implica trato desigual, exclusión, daño o negación de derechos por una característica.
Decir que alguien te parece feo no es eso, es una opinión aislada, sin pedido de acción.
Llamar a eso “discriminación” diluye el término.
Vaciar de contenido la palabra “discriminación” es dejar a las discriminaciones reales sin posibilidad de nombrarse.
Si decir que alguien te parece “feo” es lo mismo que un negocio que se niega a atender a alguien por su color de piel, o un fotógrafo que se niega a sacar fotos en un casamiento porque es un matrimonio gay, entonces nada es tan grave.
Mi opinión es subjetiva y como tal no es una afirmación de hecho verificable ni una orden.
Lo que me parece feo a otros les puede parecer lindo.
Es lo que tiene el ser humano.
Somos iguales en la diferencia.
¿Es una opinión desagradable?
Sí, puede serlo para algunas personas. Incluso para muchas personas. Eso no lo convierte ni en delito ni en discriminación. A menos que se nos ocurra penar la opinión ajena. Mientras tanto, es un simple ejercicio de libertad de expresión.
Navi Pillay me parece una persona fea por dentro y por fuera.
Es mi opinión.
Muchos intentaron ofenderme diciendo si yo me creía Brad Pitt, dando a entender que los unánimemente considerados bellos sí tienen la posibilidad de catalogar a los demás estéticamente. O sea, ¿si Brad hubiera dicho que Navi es fea, estaba bien?
Igual, no se preocupen.
Sí, soy lindo como Brad Pitt. Lo opino con el mismo criterio que opino que Navi es fea.
Así que si para defender la libertad de expresión de decir que una persona que considero fea es fea, hay que aguantar a gente supersensible en redes, no es grave.
Ejercer ese derecho me ha curtido a lo largo de los años, porque ¿sabés qué?
Yo soy lindo y ella es fea.
Revista Seúl

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