OPINIÓN
Volví a la casa en la que nos juntábamos con mis amigos cuando éramos adolescentes. Hablamos del futuro de ahora y del que imaginábamos en aquellos años
Por Osvaldo Bazán
“Los chicos ya no quieren coger” dijo Moni, sentenciosa, justo cuando yo estaba abriendo la puerta. Me dije “¡Guau, cómo se viene la noche!”.
Fue el viernes pasado, nos juntamos excompañeros de colegio en el pueblo allá en Salto Grande, en Santa Fe. Lo hacemos cada tanto porque lo pasamos bien. Esa noche éramos pocos porque se organizó medio de repente y como algunos no viven más en el pueblo, no pudieron venir, otros tenían obligaciones previas, bueno, lo de siempre en los grupos.
La Chana, el Charlie, la Vivi, la Moni, el Juani, el Choripán y yo. Sí, cuando voy al pueblo vuelvo a usar el artículo definido. Es así, no se discute.
Llegué un poco tarde porque había estado trabajando, pero en bici en 4 minutos llegás de una casa a la otra en el pueblo. Era el clima este horrible del niño maleducado así que toqué timbre bajo la garúa; la Chana, dueña de la casa, me abrió el portón del garage y dejé la bici ahí.
Hacía más de 40 años que no entraba en esa casa que había sido tan habitual para mí, vivía enfrente y nos juntábamos a estudiar. Todavía vivían los padres de la Chana. Bueno, los de ella, los míos, los de todos. Éramos hijos en ese entonces. Enseguida recordé la disposición de las habitaciones, de los muebles, reconocí algún cambio. “El armario de nerolite gris está igual” pensé, pero enseguida cuando estaba mirando la mesa con la picada y las pizzas y los fiambres la escuché a la Moni decir lo de la falta de sexo, quise saber de qué hablaban. ¿Por qué estaba preocupada con ese asunto? ¿Quién –que todavía no tome el Reduprost– tenía falta de deseo sexual?
El tema es así: todos los presentes –excepto yo– tienen hijos ya grandes, muchos en pareja. Y todos tienen –excepto yo– muchas ganas de ser abuelos. Pero varios de sus hijos ya les han contado a mis compañeros que no piensan tener hijos.
Que sus planes son otros.
Que esperen, si quieren, pero no aseguran nada.
–Viven de otra manera, quieren otras cosas– dice Charlie que hizo carrera en el Banco, que subió peldaño por peldaño a base de esfuerzo un organigrama difícil y desde arriba mira feliz lo conseguido. Pero su hijo no quiere saber nada no ya con comprarse una casa. Ni siquiera con alquilar. Va como chef reconocido de acá para allá en un mundo que es para él así chiquito. Nombra a París o Sidney como nosotros en nuestra adolescencia nombrábamos a Totoras o a Lucio V. López, los pueblos contiguos en la malhadada ruta 34.
Hablábamos de haber sido adolescentes en los ‘70 en un pueblo de 2000 habitantes en la llanura santafesina cuyo contacto con el mundo no tiene nada que ver con lo que le tocó a esta nueva generación. Nos parábamos de la mesa familiar para cambiar del 3 al 5, los dos únicos canales de televisión en blanco y negro que se veían. Y la máxima idea de futuro era que algún día –¡algún día!– la televisión sería en colores.
Hoy podés desde el pueblo colaborar con una empresa en Hong Kong; hacer un curso online de una universidad de Europa del Este; mantener una relación a distancia con alguien en Lima o simplemente, bajarte las películas que se estrenan en la misma semana en Hollywood.
Tres de los siete presentes viven aún hoy en la casa en la que nacieron. Por eso se hace tan difícil entender a hijos cuyo concepto de casa cabe en una mochila. Cuando éramos adolescentes –quizás exacerbado por el hecho de vivir en un pueblo– el mundo era una cosa muy lejana que nunca nos pertenecería.
¿Viajar en avión? La Leslie, la única, profesora de literatura que un día en la escuela nos puso un disco de Los Beatles para que nos inspirara.
Tomar el colectivo “Güemes” a Rosario; esos 45 minutos de viaje eran la aventura más codiciada.
Hoy el mundo cabe en el teléfono que cabe en el bolsillo.
Lo que más se comenta esa noche es que el futuro no es lo que era. Que a nosotros nos daba ansiedad el futuro, que la ventana para espiar lo que vendría eran los dibujitos de “Los Supersónicos” y que sus hijos no tienen ninguna ansiedad porque llegue el futuro.
Es más, los tiene sin cuidado el futuro, si viene, viene; si no viene, no viene; es cosa de él. Ya arreglará todo la IA, cuando haga falta.
Viven hoy y como pueden.
Estuvimos de acuerdo, entonces.
La vida de la generación posterior a la nuestra apenas se toca con la nuestra.
No les interesa lo mismo, no los mueven las mismas pasiones, ni los mismos miedos. Es lógico, claro, pero no nos había pasado. Siempre tuvimos claro las diferencias con nuestros padres, pobres, que habían nacido en una época en que ni televisión había. Pero ¿nuestros hijos? Si se criaron en casa, viendo y haciendo lo mismo que nosotros. ¿O es que no es eso lo que ocurrió?
Coincidimos todos en que no nos dimos cuenta cuándo fue, pero la Moni usa un editor de video para los instagram de su negocio y la Chana ya le puso nombre a su chat gpt. Viviana no quiere saber nada con tener un robot que le haga todo en la casa pero los demás estamos pensando qué haremos con el tiempo que nos deje libre.
Tampoco el ayer les importa demasiado a las nuevas generaciones, para desilusión del Chori, que un día se armó de paciencia y le dijo a sus hijos: “Les voy a mostrar como me divertía yo de chico”. Los llevó al campo, cortó las cañas y ya en el patio de la casa les enseñó cómo se armaba un barrilete; los zumbadores, el papel de diario, los retazos de tela para la cola, el hilo. Después fueron a un descampado y lo remontó ante la impasible mirada de los pibes a los que el divertimento del padre les resultaba “no aburrido, lo siguiente”, como se dice ahora. El Chori, viendo que su inquietud no movilizaba las ansias juveniles les dijo “¡miren ahora!” creyendo que jugaba una carta ganadora y le mandó un mensaje al barrilete. Espero que sepan de qué estoy hablando. “Mandar un mensaje” era poner un papelito en el hilo e ir moviéndolo de tal manera que el papelito subiese hasta el barrilete mismo. Con cada movimiento uno gritaba “¡EY!” y era todo felicidad el momento en que papelito y barrilete se juntaban. Había campeonatos de quién hacía llegar antes el papelito.
Sus hijos lo miraron, condescendientes, le dijeron “¡Bien, pa!” en una mezcla de lástima y cariño y nada más.
No se volvió a hablar del asunto.
El Juani preguntó por los evangelistas, hablamos de Israel, de Madrid, y hablamos de pedos.
Es que alguien –no voy a decir quien– trae la noticia de que una española vende sus pedos envasados e hizo una pequeña fortuna con eso.
Entonces hablamos de pedos.
Y alguien –que tampoco voy a decir– dijo que es automático, come papas y se tira pedos.
Y entonces por un rato volvimos a ser aquellos que éramos. Los que cuando dicen “pedo” se ríen.
No hace falta más.
Hace falta que alguien diga “pedo”.
Pero no somos aquellos.
Poco después estamos recomendando detectores de ayuda para personas mayores; una especie de relojito que te ponés y si te caés y estás sólo le avisa a alguien.
Ok, ya sé, ya están pensando que este texto es la confirmación de un ingreso fulgurante a la tercera edad. Y eso que todavía no les dije lo que dijimos sobre “la música moderna”.
La frase más dicha de la noche fue “no sé qué quieren los pibes de hoy”.
Supongo que “los pibes de hoy” tampoco tienen demasiada idea de qué queremos “los pibes de ayer”. Pero también supongo que “los pibes de ayer” tampoco tenemos claro qué queremos “los pibes de ayer”.
Lo cierto es el desconcierto.
Y sigue la extrañeza ante hijos que viven en un multiverso cercano y lejano a la vez; ante un pasado que nos importa sólo a nosotros; ante un presente que no es como el que nos imaginábamos; ante un futuro que nos provoca tanta ansiedad como siempre, aunque ahora con algo de tristeza, de melancolía por lo que ya sabemos que nunca ocurrirá.
Y el Chori todavía se arrepiente de no haber ido a ver Queen cuando estuvo en Rosario Central: “¡Tenía a Freddy Mercury acá, a 50 kilómetros y no fui!¿Cómo puede haber pasado?”. Y la Chana que dice que con el diario del lunes hubiera sido más fácil. Y el Juani -el mejor pastelero de la zona- se descuelga con su souvenir.
Es humilde, dice, pero vale oro.
Es poca cosa, dice, pero vale mucho. Unos turrones Misky de maní que todos guardamos porque ya las pizzas, las empanadas y las tostadas con crema de champiñones de la Moni nos habían llenado. Y todavía faltaba la torta de nuez del Juani.
Nos despedimos, sabemos que en el verano nos volveremos a encontrar. Voy con la bici entre los fresnos reverdeciendo, bajo las luces led que le dan al pueblo un tono fantasmal con la garúa finita y el asfalto brillante. Muy débil se escucha la música de Luk-ra, debe ser un auto que pasa a lo lejos. Intento sacar el turrón del bolsillo, suelto una mano del manubrio, la bici patina en el asfalto mojado.
Me caigo y me desparramo en el suelo. Me raspo las manos. Ladra un perro.
Lo decidí.
Mañana veo cuánto sale el relojito ese de las caídas.
Revista Seúl

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