OPINIÓN
Charlé con Aldo Narejos, el payaso de Puerta del Sol que fue zapatista y chavista hasta que dejó la izquierda. A mí me pasó lo mismo
Por Osvaldo Bazán
Es muy probable que si el amable lector (o sea usted, le digo “amable” porque queda bien, pero, la verdad, me estoy arriesgando, quizás no lo sea, o no le importe, pero si está leyendo esto, seguro que usted está del lado de los buenos, el lado correcto de la historia, porque básicamente, como las huestes de Milagro Sala, nosotros somos buenos) sigo, si usted, amable lector, es usuario habitual de las redes, en esta semana es probable que se le haya aparecido un payaso cantando canciones de Gaby, Fofó y Miliki (¡googleen, mocosos!) desde la “acampada” de los jóvenes españoles en Puerta del Sol, Madrid, dando lecciones de economía. Así, el eterno “¡Hola, don Pepito! ¡Hola, don José!” mutó en (cantar con la melodía de la canción) “¡Cuando limitas los alquileres, / los propietarios no alquilan más. / La oferta cae, / suben los precios / y nos ponemos a protestar / y exigimos más prohibiciones / y lo empeoramos un poco más. / Hay menos casas y aún más caras. / Y por la calle oirás cantar: / ¡Hola, don Pepito! / ¡Hola, don José! / ¿Encontró usted por fin casa? / Ni de coña la encontré. / Y nadie me alquila. / ¿Y por qué podrá ser? / ¡Adiós, don Pepito! / ¡Adiós, don José!”, con el fondo de tanto joven con ansias de salvar el mundo, llamó la atención.
Era tan extraño escuchar un argumento racional en medio de toda esa gente que acampa con carpas que valen como dos meses de alquileres en Argentina; esa gente con banderas palestinas y raros peinados nuevos que ya eran viejos en la época en que Charly cantaba lo de “raros peinados nuevos”; esa gente convencida de que si le ponen precio máximo a los alquileres y si prohíben por decreto que alguien que no paga sea desalojado, todos conseguirán un departamento por chirolas; o sea, esa gente que tiene la lógica del nenito de cinco años que le dice a su papá en la juguetería “no hace falta, papi, que pagues, que pase la tarjeta y listo”; era tan extraño, digo, pero a su vez tan lógico que le hablara con la mecánica de una canción infantil, que me puse a ver quién era el gracioso arlequín.
Y me encontré con Aldo Narejos, un personaje con un arco dramático (como dicen ahora los que basan su erudición en Game of Thrones y Succession) tan interesante que me dieron ganas de contarlo.
Músico, psicólogo y “emprendedor”, dice su presentación. Claro que hoy cualquiera dice “emprendedor” porque vende tartas por Instagram (bueno, a algunas no les fue tan mal con el asunto, ejem). Pero Aldo es un señor de 42 años cuya empresa llegó a valer siete millones de euros y que fue destruida por la IA, tanto que acaba de venderla por “cuatro duros” sólo para pagar deudas.
¿De qué era la empresa?
De eso que ahora lo volvió a hacer viral, de canciones dedicadas. Como un Florentino Ariza del siglo XXI, Aldo, con su pinta de hippie y arito colgando, hacía canciones por encargo. Después, el salto que sólo se ve en películas de Hollywood, la aparición del inversor con dinero y la transformación del perroflauta en empresario.
La salida del clóset de la izquierda.
Porque, y acá lo interesante, hace unos años Aldo era lo que en España se conoce como un “perroflauta”, que en principio creí que era algo así como nuestro “hippie con OSDE”, pero no, es más un hippie sin OSDE. Si nos atenemos al estereotipo: rastas, iconografía jamaiquina, porro, poco aseo, ahora kufiya; Aldo, que estudió piano y composición desde muy chico, pasó por todos los estadios de la militancia de izquierda, fue zapatista; montó con unos amigos una asociación probolivariana desde la ciudad de Alicante para defender la revolución bolivariana y fue también activista contra el consumo.
Tan zapatista que, “porque había escuchado lindas canciones”, se mandó a las zonas montañosas de los Altos de Chiapas, a San Cristóbal de las Casas, como observador internacional sin saber más que “que había lindas canciones”. Cuando el ejército estuvo a punto de pegarle, lo salvaron cinco mujeres indígenas. Volvió sin saber bien cuál era el conflicto en el que estuvo; sólo supo que él era bueno y los otros, por supuesto, los malos.
Lo mismo pasaba cada vez que Hugo Chávez lanzaba una medida de esas bolivarianas que hicieron huir a quienes pudieron de Venezuela, pero que al perroflautismo español encantaban. Chávez se mandaba una de las de él, y Aldo y sus amigos le mandaban cartas certificadas felicitando y poniéndose a su disposición.
Como activista anticonsumismo, tuvo más energía que resultados.
¿Sus principales víctimas?
Los grandes emblemas del consumo español: los supermercados Mercadona y las tiendas de El Corte Inglés.
Al primero le robaba queso parmesano y jalea real, no porque le hiciera falta, sino para que el dueño de Mercadona no fuera tan rico y todo fuese más igualitario.
Debo confesar que esta autoincriminación me la contó en una charla que mantuve con él esta semana (hoy, con las redes, es fácil) en donde corrimos a ver quién había sido más zurdo en la vida, y yo tuve por primera vez la valentía de contar mi lado más anárquico, que ocurrió en los tempranos ‘80 en el ya extinguido —como espero también, la pena del delito— Hipermercado Tigre de la calle Córdoba en Rosario. Resulta que, como yo tenía clarísimo en esa época que los responsables de todos los males eran los ricos, necesitaba que don Hipermercado Tigre no fuera tan rico. Entonces —ya con más de 20 años, hay que ser pavote, eh— rompía los paquetes de papafritas. Eso. Los apretaba y los hacía migajas para que don Hipermercado Tigre sintiese el peso de la revolución ácrata. No lo hacía con un fin personal, yo no ganaba nada, pero, ¡ja!, él perdía, y yo cantaba con los Quilapayún: “Cuando querrá el Dios del cielo / que la tortilla se vuelva / que los pobres coman pan / y los ricos mierda, mierda”.
Pero, en esa carrera de anécdotas de mamertos, debo decir que me ganó.
Es que, ya en este milenio, con algunos amigos, el muchacho español decidió decirle al mundo que el consumismo era malo. No malo. Muy malo. Y como él y los suyos estaban del lado de los buenos, se vieron en la obligación de desparramar la buena nueva al planeta. Que toda la humanidad se entere, era la consigna. Así, pegaron subrepticiamente afiches en las cercanías de El Corte Inglés con la enigmática frase “El consumismo apesta, ¿no lo hueles?”. Una campaña incógnita que, ellos pensaron, estaba revolucionando Madrid; seguramente toda la sociedad madrileña estaba esperando a constatar cómo cerraría la campaña. La sorpresa que se llevarían tres días después, cuando Aldo y sus amigos, uno en cada planta de un enorme local de las tiendas, provistos con bombitas de olor, las tiraran y finalmente todos comprendieran que “el consumismo apesta”.
Claro que las cosas no salieron como se esperaba, y cuando, con toda solemnidad y su mayor cara de clandestino, pisó la bombita… no pasó nada.
Pero nada de nada.
El maravilloso olor de El Corte Inglés, el perfume que sutilmente envuelve cada shopping, ganó.
La conclusión era clara: el consumismo huele bien.
Cantaba canciones de Ismael Serrano para levantar chicas en el parque de la universidad y se sentía, obviamente, un escalón moral por encima de los pobres estudiantes que sólo iban a la universidad a estudiar, sin poner el cuerpo para las grandes causas. Ninguno de ellos se iba a animar, como él, a cambiar el mundo. ¿Cómo no sentirse superior?
Justamente fueron esas vivencias las que hoy hacen que vaya a lo de “la acampada” sin sentirse superior.
Estuvo ahí.
Fue uno de ellos.
Por eso ridiculiza a las ideas, no a las personas. Y los que pasamos por ese arco entendemos de qué hablamos (vaya uno a saber por qué pasé a la primera persona del plural).
No, ni ellos son tontos por defender a rajatabla ideas ridículas ni nosotros somos inteligentes por desmontarlas.
Ellos son jóvenes y creen en cosas.
Nosotros sólo vivimos algunas cosas que ellos no.
Sólo nos desilusionamos mucho más.
Sólo es que ya sabemos que no se equivocó la paloma y que, cuando cantabas eso de “sube la muralla, baja la muralla”, en realidad estabas diciendo que estabas a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
No, la edad no nos pone sabios, nos pone cascarrabias y se acaba la paciencia.
A los ojos indignados por las injusticias del mundo les ponemos los anteojos de la complejidad y entonces ya todo lo que huela a consigna le vemos el lado mohoso, la punta desafilada, el corazón roto.
Que ayer no hubiéramos soportado al que somos hoy es bastante claro.
Porque hay viceversa.
Para eso me sirvió charlar con Aldo, que tuvo esa salida del clóset tan intensa.
Cuando le aparecieron inversionistas y mucho dinero para componer las canciones que él componía por una cerveza o por un beso, se vio superado.
A poco de ver tutoriales y escuchar podcasts, pudo enterarse de qué cosa era una factura, un organigrama, la desesperación de tener que pagar sueldos, muchos sueldos, todos los meses.
Para ser amigo de sus empleados, directamente los contrató.
No podía salir peor.
Al finalizar la jornada, cuando se iban de copas por ahí, notaba que las charlas no eran las mismas. Se juntaban para hablar mal de los empresarios explotadores, pero era incómodo reconocer que él ahora era un empresario. ¿Sus amigos lo verían como explotador? De golpe, tuvo que ponerse a pensar que quizás “empresario” y “buena persona” podían ir de la mano.
Y ahí comenzó el sufrimiento interno por el que todo exzurdito ha pasado.
El derrumbe de la personalidad.
Las preguntas que dan miedo hacerse y atormentan por las noches. ¿Ya no soy el que era? Pero si estaba del lado de los buenos, ¿qué me toca ahora? ¿Y mis amigos? ¿Qué van a pensar de mí? ¿Y cómo voy a pensar por mí solito si siempre las canciones me dijeron qué hacer, para dónde mirar?
El derrumbe es brutal y en solitario.
No hay con quien hablar, los viejos amigos no entienden, los nuevos no sabés dónde están. No hay un Tinder de exizquierdistas para juntarse a tomar unas cervezas —que son las mismas cervezas que antes— y criticar a Fidel, y reconocer que las canciones de “Silvio”, sí, son un torre y que no escucharías a Quilapayún ni aunque vengan degollando, bueno, esto último puede ser. Porque otra cosa que uno empieza a reconocer es la crueldad de la izquierda a lo largo de los tiempos, dato guardado bajo cuatro llaves en las peñas universitarias.
Y entonces un día decís una cosa en tu grupo de amigos y notás que algo pasa.
Alguien tose, alguien cambia de conversación, alguien te mira mal, alguien comenta algo a otro sin que escuches, pero sabés que hablan de vos.
Y un día no te invitan y llega el día insoslayable, indefectible, intolerable.
El día fatal en que te dicen “facho”.
Sin embargo, contra lo que pueda pensarse, es un día liberador.
Ok, lo que uno sabe es que no es una víctima.
Que la carta de la víctima la jugó durante años porque todos los buenos son víctimas. De todo. Ser bueno es ser víctima de todo, todo, todo. De la falta de vivienda; de los padres separados; del cambio climático; de Bolsonaro, que va a quemar el Amazonas; de Macri, que va a vender la Reserva Ecológica después de dejar a la 9 de Julio sin árboles; de Hollywood y sus superhéroes; de la tele, la tele es muuuuy culpable; del tigre de Zucaritas; de la negrita de Blancaflor; de los negociados inmobiliarios; de los pedos de las vacas que contaminan; del glifosato que te mata a 300 km; del sistema educativo que permite que repitas; de la Iglesia católica; del judaísmo; del sionismo internacional, que vaya uno a saber qué cosa es, pero a quién le importa; del islam… bueno, no, del islam no, porque si hacés una caricatura de Mahoma, te fusilan o te decapitan, así que mejor, no, de eso no se habla.
Víctima, víctima, víctima.
Has vivido una vida de víctima.
Entonces, cuando a tus amigos que te conocen de toda la vida les planteás incógnitas que nunca tuvieron y te dicen “facho”, lo que hay es un alivio.
Porque dejó de importarte.
Porque sabés que no.
Pero ya no tenés ganas de explicarte.
Porque sabés que no hay nada que explicar.
Y entonces aparece otra gente, podés hablar con libertad. A Aldo lo que le pasó fue que se dijo “no voy a contratar nunca más a nadie de izquierdas”. Y entonces, en las entrevistas laborales, preguntaba al aspirante dónde ponía la responsabilidad si había determinado problema o quién tuvo la culpa de las peores cosas que le pasaron. Si escuchaba que empezaba a tirar culpas afuera, le mandaba el fatal “te llamamos”.
No, no se hubiera contratado a él mismo de 20 años, pero asegura que se encontró con gente más autorresponsable, que su empresa mejoró y dejó de haber conflictos típicos del “estás cenando con mi plusvalía”.
Hoy Aldo, el payaso de la acampada, empieza de cero. Su empresa funcionó hasta que, con la IA, cualquiera compone canciones; entonces dejó de ser negocio. Ha vuelto a su fase de cantautor, publicita sus discos en Spotify y vuelve a hacer contenidos en su cuenta de YouTube, que tenía olvidada. Ahí se lo puede ver animando casamientos, haciendo recitales, divirtiéndose sin culpa, a poco de haber sido padre.
Este es el arco dramático del que peleó en la selva zapatista, tiró bombitas de olor en El Corte Inglés, levantó y bajó una empresa de siete millones de euros y ahora da clases de economía disfrazado de Fofó en medio de una protesta perroflauta.
Un examigo de la época de la escuela de música le escribió esta semana preguntándole: “¿Cuándo te hiciste tan facha?”.
En fin, gente que sigue esperando que la bombita haga olor para confirmar que son buenos.
Revista Seúl

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