OPINIÓN
El PJ salió a espantar a los mercados. Kiosquero defiende su kiosco

Cumple donde Francisco no pudo. El Vaticano anunció el miércoles que el Papa León XIV visitará la Argentina durante cuatro días en noviembre. Irá a Buenos Aires, Luján y Córdoba, como parte de una gira que incluirá también a Uruguay y Perú, donde el ex cardenal Prevost pasó un par de décadas de su vida. La noticia nos puso contentos (siempre es un evento la llegada de un Sumo Pontífice), pero también tristones, porque inevitablemente nos puso a pensar en los 12 años en los que Francisco, antes Jorge Mario Bergoglio, el Papa argentino, podría haber visitado el país y no lo hizo. Y a pensar también en que nunca quedaron claras las razones de por qué no lo hizo, lo que nos hace sospechar que no eran buenas razones.
En apenas un año de mandato, León XIV decidió venir. Es cierto que no es argentino, y que no tiene la misma carga emocional, pero sí irá a Perú, su segunda patria, prácticamente un viaje de regreso a casa. Da la impresión de que no era tan difícil, que Francisco lo sobrepensó, lo sobre-analizó (“Argentina, país sobre-analizado y sub-ejecutado”), y que cuando quizás quiso corregirse era demasiado tarde. Quienes lo justifican dicen que no estaban “dadas las condiciones”. O que sabía que era una figura “divisiva” y no quería contribuir al clima de división que en aquellos años se llamaba la “grieta”, más un diagnóstico que una realidad. Supongamos que haya sido así: se tenía entonces poca fe Francisco. Si el problema era la división, su visita habría ayudado a unirnos, podría haber sido un bálsamo. Si tenía miedo de que los políticos lo manipularan, tenía 2000 años de historia a su favor como para imponer la conversación que quisiera. Nadie se habría animado a arruinarse la fiesta, mucho menos con dos millones de personas en la 9 de Julio.
La otra opción es que este argumento haya sido incorrecto. Que Francisco no se rindió impotente ante la “grieta” sino que, cuando tuvo la oportunidad, eligió no premiar al gobierno de Mauricio Macri, que lo había invitado, porque no coincidía con su política económica. Francisco se convirtió en una figura divisiva con el tiempo, a medida que se acumulaban sus señales opositoras a Cambiemos y volvían sus voceros desde Roma susurrando que el Papa en el fondo era peronista. Anti-neoliberal antes que casi cualquier otra cosa, Francisco demoró su decisión, quiso jugar al ajedrez político, a pesar de que su tarea era pastoral y espiritual, y quedó en zugzwang, atrapado en el tablero. Después vinieron la pandemia, el declive físico y la muerte. Si Francisco perdió contra la “grieta”, es nuestra nueva hipótesis, fue porque le voló demasiado cerca, cuando podría haberla pasado por encima. El pueblo argentino se lo habría agradecido. Quizá la respuesta continúe siendo un misterio. Pero la visita de León XIV le quita a la ausencia de Francisco cualquier apariencia de inevitabilidad: venir era posible. En cualquier caso, bienvenido León XIV.
Espanta mercados
El PJ salió a espantar a los mercados. Hay una fantasía recurrente que circula entre algunos adeptos del “campo popular” que entienden una disociación preocupante entre sus dirigentes y las preocupaciones del electorado: que el peronismo, llegado el momento, encontrará su Danilo Astori. Para los no iniciados, Astori fue ministro de Economía del Frente Amplio uruguayo, el hombre que le prestó credibilidad fiscal a una coalición de izquierda y le demostró al mercado que se podía gobernar sin asustar (demasiado) a nadie. La tesis aplicada a la Argentina vendría a decir que detrás del ruido hay adultos disponibles, que el peronismo tiene cuadros técnicos, que m’ijo el dotor Kicillof podría ser menos estalinista de lo que parece.
Bueno, no. Será porque los brotes verdes se demoran y la popularidad del Gobierno cae, será porque eso de venderle el cerro de los Siete Colores a la sinarquía internacional está muy mal, lo cierto es que en estos días los muchachos olieron sangre y salieron a tranquilizar a los mercados, pero al revés. El gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, les avisó a los inversores que “no se entusiasmen”, que el peronismo va a revisar absolutamente todo, que va a nacionalizar lo que haya que nacionalizar y expropiar lo que haya que expropiar. A su turno, el diputado Agustín Rossi le advirtió al directorio del Banco Central que si el peronismo gana en 2027 van a tener que renunciar todos, y que si no lo hacen voluntariamente “encontraremos el mecanismo”. Expropiar y nacionalizar, a Danilo Astori no le ha gustado tu posteo.
A esta altura del partido (año electoral que no es año electoral, pero ya lo es), lo interesante no es que insistan con estas barbaridades lo digan, sino que no podamos entender del todo el porqué. Puede ser que lo digan para provocar un temblor en los mercados y complicarle la vida al Gobierno, más allá de que después no se animen a expropiar nada (como en su momento no se animaron con Vicentín). Puede ser que sí tengan intenciones de hacerlo, porque si van a volver, que sea a lo grande. O puede que sea una mezcla de las dos cosas, que ni ellos mismos lo tengan del todo claro. Total, para hacer daño siempre hay tiempo e imaginación, lo pueden ir viendo.
Por el lado de La Plata, Kicillof prefirió despegarse del nuevo Tigre de los Llanos(“en la Provincia no expropiamos nada en 7 años”), pero tampoco da para que nos ilusionemos demasiado. ¿O acaso el súper ministro Massa necesitó de nacionalizaciones y expropiaciones para llevarnos al borde del desastre? En cualquier caso, con o sin esos dos ingredientes en el menú, al astorismo como etapa superior del peronismo le está costando arrancar.
Kiosqueros
Defienden su kiosco. Si hay un tema que recorre los cinco años de Seúl es el de la Argentina corporativa, donde cada sector cuida su kiosquito. Esta semana vimos el fin de la metáfora: el vicepresidente de la Unión de Kiosqueros, Ernesto Acuña, pidiendo por una ley para que solo los kioscos puedan vender golosinas.
El hecho que dio origen al pedido de auxilio es que, según Acuña, un tipo dado a las exageraciones, 41.000 kioscos cerraron desde diciembre de 2023. ¿Se trata solo de la crisis o hay algo inherente al rubro, que se ha vuelto obsoleto? Un poco de las dos cosas: como bien reconoce el propio Acuña, el hecho de que ahora se puedan comprar golosinas y gaseosas en las farmacias, en los shoppings y en los supermercados hace que el kiosco de barrio sea menos imprescindible.
Algo que no siempre se tiene en cuenta: el kiosco es un fenómeno argentino. En ningún otro lado del mundo existen locales que vendan sólo golosinas, cigarrillos y gaseosas. Acuña esgrime esa singularidad como argumento romántico para defenderlos, cuando en realidad debería bastar para entender lo prescindibles que son.
No queremos regodearnos en la desgracia ajena. A nadie le alegra que cierren locales. Pero en general los kioscos son reemplazados por otros comercios, no es que queda un agujero negro en la cuadra. Es la famosa destrucción creativa. Igual que los libreros que se quejaban la semana pasada porque no querían bajar los precios de los libros, los kiosqueros deberían dejar de defender su kiosquito, que sólo perjudica al consumidor, y pensar qué puede ofrecer de diferente.
Seúl
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