¿QUIÉN CONSTRUYE LA REALIDAD?

OPINIÓN

Si la modernidad apostó a la razón como única herramienta para comprender el mundo, la era digital parece haber descubierto que las emociones poseen una capacidad mucho mayor para organizar la atención colectiva 

Por
Marcelo Ortega

La indignación, el miedo, la esperanza o la empatía circulan más rápido que los datos. Las audiencias no solo buscan información; buscan relatos con los cuales identificarse.

Construcción de la realidad

Hay un libro muy interesante que plantea esta pregunta: El día que inventamos la realidad. El largo viaje de la conciencia desde el Big Bang hasta la IA, de Javier Argüello, publicado por Penguin Random House a finales de 2025, y que invita a seguir pensando si esto que hoy vivimos viene como algo dado e independiente o la fabricamos a diario quienes transitamos por este mundo.

La respuesta podría ser simple: la realidad está ahí, esperando ser observada; pero lo que Argüello sostiene es que gran parte de aquello que consideramos real es una construcción colectiva sostenida por relatos compartidos y que las sociedades organizan su experiencia mediante narraciones, símbolos y acuerdos que terminan construyendo los hechos concretos.

El dinero, las leyes, las fronteras, las religiones o las instituciones existen porque millones de personas creen simultáneamente en ellas. Son ficciones compartidas, pero no por ello menos reales. De hecho, son las ficciones las que hicieron posible la civilización.

Uno de los aportes más interesantes del libro es el recorrido que propone desde las explicaciones míticas hacia el predominio de la razón. Durante siglos, los seres humanos interpretaron el mundo mediante relatos religiosos, mitologías y preguntas filosóficas que buscaban darle sentido a la existencia. Después llegaron la ciencia y la tecnología con la promesa de explicar la realidad a través de datos, mediciones y evidencias verificables.

Ese avance fue extraordinario, pero también alimentó la creencia de que todo podía reducirse a información objetiva. Como si la complejidad de la experiencia humana pudiera traducirse completamente a fórmulas, estadísticas y cálculos.

En el siglo XXI eso alcanza una nueva dimensión. Los algoritmos transforman conductas, preferencias y vínculos en datos procesables y la realidad empezó a expresarse cada vez más en secuencias de ceros y unos.

Mucho antes de internet, Borges imaginó “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, un mundo ficticio cuidadosamente construido que termina desplazando al mundo real. La ficción resulta más coherente, más atractiva y finalmente más creíble que la realidad misma. La pregunta que plantea el cuento es ¿qué ocurre cuando un relato resulta más convincente que los hechos?

La aparición de los nuevos medios de comunicación vuelve esa pregunta aún más relevante. Durante décadas, diarios, radios y canales de televisión organizaron una conversación pública relativamente común. Hoy las audiencias se distribuyen entre plataformas, redes sociales, podcasts, streaming y múltiples espacios de interacción que generan conversaciones simultáneas y fragmentadas.

Seguramente dentro de algunos años, miremos este tiempo como el laboratorio donde la comunicación buscó reinventarse, según reflexiona el periodista Juan Mascardi. Los nuevos formatos todavía son híbridos y difíciles de clasificar y su fortaleza no reside en lo que inventan sino en lo que mezclan. Información y entretenimiento, opinión y espectáculo, experiencia personal y debate público. En esa combinación caótica está emergiendo un nuevo lenguaje que ya condiciona la agenda cultural, económica y política.

Pero existe un aspecto todavía más interesante: Si la modernidad apostó a la razón como única herramienta para comprender el mundo, la era digital parece haber descubierto que las emociones poseen una capacidad mucho mayor para organizar la atención colectiva. La indignación, el miedo, la esperanza o la empatía circulan más rápido que los datos. Las audiencias no solo buscan información; buscan relatos con los cuales identificarse.

La realidad no se construye únicamente con hechos; también se construye con emociones.

Los algoritmos procesan el mundo en secuencias binarias, acaso el hallazgo más decisivo desde que los primeros hombres descubrieron el fuego. Ese prodigio no estaba en las llamas, estaba en quienes se sentaban alrededor del fogón para contarse historias y así darle una forma al mundo.

Las máquinas de hoy todo lo calculan, pero nosotros insistimos en seguir narrando.

La realidad se parece a los relatos en los que una comunidad decide y elije creer. Los ceros y los unos son apenas la versión contemporánea de aquellas brasas. Porque el fuego era solo una tecnología, pero las historias eran y son el milagro.

LOS ANDES




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