¿QUÉ HICIMOS CON LA PALABRA EN LA ERA DEL GRITO?

OPINIÓN

¿Es esto una degradación irreversible de la democracia o la emergencia de una nueva forma, cruda pero auténtica, de decir la verdad?

Por Marcelo Insúa

El espacio público contemporáneo cruje. En las pantallas, en la calle y en la mesa familiar, la vieja ilusión de la deliberación democrática parece haber sido devorada por una marea de insultos, mayúsculas y chicanas viralizables. El debate político ya no se parece a una asamblea, sino a una guerra de trincheras digitales donde el que grita más fuerte se queda con el algoritmo.

¿Es esto una degradación irreversible de la democracia o la emergencia de una nueva forma, cruda pero auténtica, de decir la verdad?

Para entender este temblor, vale la pena desempolvar una vieja discusión de la filosofía del siglo XX. Dos pensadores, un alemán y un francés, nos ofrecen mapas contrapuestos para descifrar qué nos pasa hoy: Jürgen Habermas, el arquitecto del consenso racional, y Michel Foucault, el arqueólogo de la sospecha y el coraje.

El sueño de la mesa limpia: La utopía habermasiana

Hacia finales de la década de los ochenta, Jürgen Habermas apostó todo a una idea que hoy suena casi idílica: la teoría de la acción comunicativa. Para el filósofo alemán, los seres humanos somos capaces de sentarnos a una mesa, dejar de lado nuestros intereses egoístas y ponernos de acuerdo a través del “mejor argumento”. Es lo que él llamó la situación ideal de habla.

En el mundo de Habermas, cuando las papas queman y la sociedad no se entiende, la solución es más y mejor argumentación. Su modelo de democracia funciona como una arquitectura de doble vía: la sociedad civil (los ciudadanos de a pie, los clubes de barrio, las minorías) detecta los problemas cotidianos y los potencia como una caja de resonancia. Luego, esos debates se elevan hacia las instituciones formales —como el Congreso— para convertirse en leyes.

La racionalidad habermasiana exige modales, inclusión y, sobre todo, simetría. En esa mesa, la billetera o el poder del que habla no deberían importar; lo único que vale es la fuerza de la razón. Lejos de las distinciones de clase social, todas las opiniones tienen el mismo valor.

Romper la comodidad del acuerdo: La tesis de Foucault

Pero justo cuando Habermas terminaba de diseñar su foro aséptico y educado, irrumpe la sospecha de Michel Foucault. Para el pensador francés, el consenso no es un puerto seguro, sino una trampa. Foucault no creía en la neutralidad del lenguaje; para él, el discurso es un campo de batalla donde el poder siempre intenta conducir la conducta de los otros.

Foucault rescata un viejo concepto griego: la parresía, que no es otra cosa que “el coraje de decir la verdad”. Pero no cualquier verdad, sino aquella que se dice asumiendo un riesgo, plantándose cara a cara frente al poderoso y diciéndolo todo sin medir las consecuencias.

Mientras Habermas busca que la sociedad madure a través de acuerdos institucionales, Foucault exige una “ontología del presente”: la obligación ética de mirarnos al espejo y cuestionar críticamente el “nosotros” al que pertenecemos. El espacio público, bajo esta lente, no es un salón de conferencias pacífico; es el terreno donde el sujeto debe tener el valor de salir de la minoría de edad, fracturar las comodidades del consenso y denunciar los mecanismos de control que se esconden detrás de las buenas costumbres.

El caso argentino: De la plaza de Alfonsín a las pantallas de Milei

Esta tensión filosófica no es un tema de laboratorio; en la historia argentina reciente se puede leer como un guion perfecto.

Al mirar el regreso democrático de los años ochenta, el gobierno de Raúl Alfonsín encarnó el esfuerzo habermasiano de manera casi quirúrgica. Sobre las ruinas del terrorismo de Estado y el desastre socioeconómico que dejó la dictadura, la urgencia nacional era fundar un pacto institucional de convivencia. El discurso alfonsinista hizo de la palabra, el diálogo y el respeto a las reglas del juego civil sus herramientas fundamentales. En aquella gesta, los cuerpos colegiados y los organismos civiles —el Congreso, el Poder Judicial, la Conadep, los sindicatos y los colegios profesionales— asumieron un rol protagónico. El consenso era el escudo indispensable para defender la vida y no volver “nunca más” al horror del pasado. El desencuentro era el enemigo.

A más de cuarenta años de aquel hito, el escenario político de 2026 nos muestra una verdadera mutación radical. La experiencia bajo la presidencia de Javier Milei representa el triunfo de una “parresía disruptiva”. El discurso oficial abandonó la búsqueda del entendimiento parlamentario tradicional y mudó la centralidad de la arena pública hacia las plataformas digitales, las redes sociales y el ecosistema del streaming.

El presidente llama “ratas” a los legisladores y se baja del estrado para subirse al streaming.

En este nuevo territorio sin intermediarios institucionales, la palabra áspera, el insulto y la hipérbole se presentan ante la sociedad como el único vehículo auténtico para desestabilizar el status quo. El ataque frontal a lo que el gobierno engloba bajo el concepto de “la casta” se vende como ese “coraje de decir la verdad” frente a un Estado burocrático.

La deliberación colectiva de los ochenta fue reemplazada por la interpelación directa y el impacto de la viralidad algorítmica.

El dilema del presente

Este choque histórico reactiva las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. Es innegable que el modelo consensualista de las décadas pasadas dejó deudas inmensas: no supo o no pudo resolver problemas estructurales, generando un desgaste legítimo en los ciudadanos. Hoy, sin embargo, enfrentamos un dilema profundo:¿Estamos ante una parresía ética y necesaria que viene a sacudir la parálisis de la política tradicional, o nos encontramos ante una estrategia de polarización programada que termina por vaciar al espacio público de toda potencia argumentativa?
¿El acceso transversal a las redes sociales es una democratización de las voces o significa una dispersión que atomiza y destruye para siempre la posibilidad de los consensos?

La respuesta a este último interrogante asoma hoy con la fuerza de una certeza incómoda: las redes sociales, por su propia arquitectura, jamás serán fábricas de consenso. Su modelo de negocios no es el entendimiento mutuo, sino la monetización de la atención a través del engagement.

El algoritmo no premia el argumento pausado o el matiz que invita a la reflexión; premia la indignación, la chicana y el impacto emocional que retienen al usuario pegado a la pantalla. En este ecosistema, el diálogo habermasiano implosiona de raíz: ya no se debate para convencer al interlocutor, sino para actuar de forma performática frente a la propia tribuna digital en busca de aprobación. El espacio público termina fragmentado en guetos ideológicos donde el consenso no solo es inviable, sino comercialmente poco rentable.

Ni el conformismo de un consenso vacío que maquilla la realidad, ni la hoguera de un grito digital que destruye los lazos de convivencia. Las democracias del siglo XXI necesitan, al mismo tiempo, las reglas de juego justas de Habermas para no desintegrarse en la anarquía del odio, y la irreverencia crítica de Foucault para no morir de hipocresía.

El desafío de nuestra actualidad sigue siendo el mismo: encontrar una manera de sostener la palabra antes de que se convierta, definitivamente, en puro ruido.

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