OPINIÓN
Cuando desaparece la frontera entre el periodismo y el espectáculo, la verdad siempre termina pagando el precio
Por Iván Nolazco
Hay errores que son inevitables. Y hay errores que revelan una enfermedad mucho más profunda.
Anunciar la muerte de una persona que sigue viva no es un simple desacierto. Es la consecuencia de una época que comenzó a confundir el entretenimiento con el periodismo.
Durante décadas, el periodista aprendía una regla elemental antes de sentarse frente a un micrófono: ninguna primicia vale más que la verdad. Si existía una duda, se esperaba. Si la fuente no era confiable, se investigaba. Si no había confirmación, simplemente no se publicaba.
Hoy, en demasiados espacios, ocurre exactamente lo contrario.
Primero se habla.
Después se pide disculpas.
El episodio protagonizado por Florencia Peña no debería analizarse como un hecho aislado. Es el síntoma de una degradación que el periodismo viene padeciendo desde hace años: la lenta desaparición de la frontera que separaba la información del espectáculo. Allí donde antes había editores, fuentes y verificación, hoy, con demasiada frecuencia, hay producción, impacto y urgencia.
Y cuando esa frontera desaparece, la noticia deja de buscar la verdad para empezar a perseguir audiencia.
La explicación fue reveladora: “Me lo dijeron por la cucaracha”. Como si repetir una información sin verificar liberara de responsabilidad a quien la comunica. No la libera. Quien toma un micrófono también asume la obligación de cuidar la verdad.
Pero antes de seguir conviene hacer una distinción que hoy parece haberse perdido.
La farándula existe para entretener.
El periodismo existe para verificar.
La farándula vive de la emoción, del espectáculo y de la inmediatez. El periodismo vive de la duda, del contraste de fuentes y de la responsabilidad de informar.
Ninguna de las dos actividades es superior a la otra. Simplemente cumplen funciones distintas. El problema aparece cuando la farándula pretende hacer periodismo sin asumir las obligaciones del periodismo. Allí el entretenimiento comienza a producir noticias y la noticia termina convirtiéndose en un espectáculo.
Eso fue, precisamente, lo que ocurrió.
No falló la farándula por hacer entretenimiento. Falló cuando creyó que informar era repetir lo que alguien decía por un auricular sin detenerse a comprobar si era cierto.
El periodismo no consiste en hablar frente a una cámara. Consiste en saber cuándo no hablar.
Durante años también se instaló otra deformación. Muchos medios comenzaron a depender más de la pauta que de la credibilidad. Poco a poco, el incentivo dejó de ser investigar y pasó a ser conservar espacios, relaciones y financiamiento. Se cambió el profesionalismo por la pauta. Y cuando el profesionalismo desaparece, también desaparecen los controles que impiden errores como este.
El periodismo deja entonces de ser un servicio público para convertirse en un producto de consumo inmediato. Importa más generar impacto que ofrecer certeza. Más la repercusión que la precisión. Más el clic que la verdad.
Y un error de esta magnitud no debería agotarse en un pedido de disculpas frente a las cámaras. Difundir falsamente la muerte de Jorge Messi, padre de Lionel Messi puede ocasionar un daño profundo a su familia, a su entorno y a su reputación. Ningún pedido de disculpas puede borrar la angustia que provoca una notica falsa de semejante magnitud.
Corresponderá a los afectados decidir si promueven las acciones judiciales que consideren pertinentes y será la Justicia la que determine si existió responsabilidad jurídica. Pero, aun antes de cualquier sentencia, existe una responsabilidad ética ineludible: la de quienes produjeron, autorizaron y difundieron una información sin cumplir con el deber elemental de verificarla.
Cada noticia falsa erosiona la confianza en todas las demás.
Cada rectificación confirma que los controles fallaron.
Cada pedido de disculpas llega cuando el daño ya está hecho.
Ser conocido no convierte a nadie en periodista.
El periodismo sigue siendo un oficio. Como la medicina, la ingeniería o el derecho, exige formación, disciplina, método y responsabilidad. Nadie aceptaría que un actor realizara una cirugía porque es famoso. Tampoco deberíamos naturalizar que la popularidad sustituya el rigor cuando se trata de informar.
La credibilidad no se compra con pauta, no se consigue con rating y no se construye con seguidores.
Se conquista todos los días verificando antes de hablar.
Porque el día en que el espectáculo ocupó el lugar del periodismo, la noticia dejó de preguntarse si era verdadera y empezó a preguntarse si generaría impacto.
Ese fue el día en que la frontera nunca debió desaparecer.
Tribuna de Periodistas

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