¿ES MILEI UN TIPO INTELIGENTE?

OPINIÓN

Intelectuales opositores le dicen "bruto" y "estúpido", pero en estos días se volvió uno de los animadores del debate de ideas más importante para el futuro de la humanidad

Por Hernán Iglesias Illa

Aprovecho para escribir sobre una de las cosas más interesantes que pasaron esta semana: el ida y vuelta entre Javier Milei y el historiador israelí Yuval Harari, que discutieron en las páginas del Financial Times sobre cuánto deben regular los gobiernos la inteligencia artificial. Primero Milei publicó un artículo para dejar libre a la IA e invitar al mundo de la IA a invertir en Argentina, donde pronto, prometió, vamos a tener el mejor marco legal del mundo: la figura de las empresas no humanas. Días después Harari le respondió, desconfiado, diciendo que la creación de personas jurídicas integradas sólo por agentes de IA tendría enormes riesgos, incluso para la democracia. Sería darles demasiado poder, dijo, a cosas que no conocemos bien.

Al otro día Milei hizo algo sorprendente. Siempre cabrero para reaccionar ante las personas que lo critican, esta vez el presidente respondió con un tuit amoroso, lleno de guiños positivos y signos de exclamación. Le agradeció a Harari por el debate, citó su idea más conocida (la de las “ficciones” que nos inventamos los humanos para organizarnos) y le prometió una respuesta más larga (“¡para calmar tus temores!”), que todavía no llegó. Un mimo atrás de otro.

“Al final no era tan difícil tener buenos modales”, me escribió un autor de Seúl sobre la súbita disposición del presidente al intercambio de opiniones. La pregunta, le contesté, es por qué a Harari le contestó así y no lo acusó de, por decir algo, “ensobrado”. Sólo se me ocurre que al presidente le gusta sentirse parte de las principales discusiones sobre el futuro de la humanidad con interlocutores de primera línea. Y esto, hay que reconocérselo, está ocurriendo: tenga razón o no, sea delirante o no su proyecto de empresas sin humanos, Milei es parte de la conversación global sobre la relación entre IA y política. Con las grandes cabezas planetarias, entonces: buenos modales. Los pobres periodistas o políticos locales, en cambio, no tienen el nivel ni la buena fe, quizás sienta el presidente, para hablar de estos temas. Para ellos, repudio y palabrotas.

Milei arrancaba su artículo con la historia de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, la empresa que en 1602 adoptó el sistema de responsabilidad limitada y por primera vez “puso un límite” al riesgo de los accionistas. Y cerraba con una arenga para que Buenos Aires “se convierta para la IA en lo que Amsterdam fue para la era de la navegación”. La parte más elocuente de la respuesta de Harari, de quien en Seúl hemos escrito más bien en contra, es cuando le dice a Milei que del otro lado de la empresa y de Amsterdam estaban las colonias, por ejemplo Batavia (hoy Indonesia), provincias de un imperio en contra de su voluntad. “Milei espera convertir a Buenos Aires en un nuevo Amsterdam”, escribe Harari. “En su lugar, se arriesga a convertirlo en un nuevo Batavia”.

Todo esto es, sin dudas, interesante. Más allá de dónde se sienta uno más cómodo sobre el futuro de la IA, si más cerca de los porristas, como Milei, o de los gruñones, como Harari (yo estoy más cerca de los porristas), es indudable que se trata de una conversación con aristas de todo tipo (económicas, políticas, humanas) y sobre la que lo indispensable es mantener abierta la curiosidad. Es lo que trato de hacer. Muchas veces nos han dicho sobre una tecnología que “esto lo cambia todo” (Internet, secuenciación del ADN, blockchain) y al final a veces cambiaba poco, pero esta vez, desafiando mi personalidad de “gordo no pasa nada”, siento que la IA sí puede cambiar todo. O casi todo. No pasado mañana, como sueñan o temen varios. Pero en algún momento lo va a hacer.

Peceras intelectuales

Pensaba en esto también en estos días viendo el desdén de algunos intelectuales sobre las capacidades intelectuales de Milei, un meme que entra y sale de la discusión pública sin terminar de resolverse. Roberto Gargarella le ha dicho “bruto”, Martín Caparrós lo llamó “estúpido” y en general parece existir en la opinión opositora bilingüe un consenso de que Milei no es sólo una mala persona sino que, además, es tonto. “Es humillante tener a alguien tan estúpido gobernándote”, dijo Caparrós hace poco. ¿Es Milei tonto? Milei, por supuesto, cree que no, y una de sus acusaciones favoritas para los opositores es, de hecho, decir que son burros, analfabetos, gente poco inteligente.

No me interesa ahora volver al debate sobre la asimetría entre un presidente y un ciudadano y quién tiene derecho a insultar a quién. Lo que me genera curiosidad es investigar cómo puede ser que Caparrós crea que Milei es estúpido y que Milei seguro crea que el estúpido es Caparrós. Alguno de los dos, o los dos, tiene que estar equivocado. Dado que buena parte de la izquierda no cree en las mediciones de inteligencia (como el coeficiente intelectual), uno podría preguntarse qué quiere decir alguien cuando dice, sobre otro, que es un estúpido. Cuál es la evidencia, el soporte. Mi sospecha es que la evidencia es finita y la etiqueta sólo muestra un desacuerdo, una acusación ideológica, pero quizás me equivoco.

Creo que el punto más nutritivo para levantar acá es que Milei y los Caparrós de este mundo operan en áreas del conocimiento tan distintas que casi no hay zona de contacto entre ellas. La Compañía Neerlandesa, la responsabilidad limitada y la expansión del capitalismo, por ejemplo. No parece algo que pase con frecuencia por el radar de las ciencias sociales que buena parte de los pensadores de izquierda toman como fuente. Si aparece, será por la vía del antiimperialismo, pero nada de lo que cuenta Milei sobre el proceso holandés en el siglo XVII (el big bang capitalista como una combinación de ideas+tecnología), sospecho, les parece interesante ni, por lo tanto, inteligente.

Una manera piadosa de decirlo es que son inteligencias distintas. A pesar de que soy un tipo “de letras”, como dirían los españoles, por talante personal le saqué más jugo en mi vida al conocimiento de los economistas que al de los sociólogos. Más al de los biólogos que al de los antropólogos. Más al de los historiadores que al de los semiólogos. Creo que eso me ha definido bastante y no lo he elegido, simplemente pasó, incluso en contra de mi educación, mucho más de semiólogos y sociólogos que de biólogos o economistas. Digamos sin juzgar, entonces, que Caparrós, Gargarella y sus colegas ideológicos y generacionales desprecian el intelecto de Milei simplemente porque nadan en peceras intelectuales distintas.

Harari, en cambio, sí parece creer que Milei es inteligente. Está en desacuerdo con él y lo expresa con firmeza. Pero también lo respeta como interlocutor. Le elogia la audacia y la convicción de sus reformas económicas y le reconoce que la sociedad de responsabilidad limitada es uno de los inventos más importantes del último medio milenio. Toma los argumentos de Milei en serio, lo cita con buena leche, no lo chicanea, mucho menos se burla. Le dice al presidente argentino: esta puerta que querés abrir es muy peligrosa, mejor no la abramos. Pero lo reconoce como un participante válido de esta conversación, quizás la más importante del momento.

El autor de Seúl que me advirtió sobre los repentinos buenos modales de Milei con Harari también me dijo otra cosa interesante. Cómo puede ser, se preguntó, que una persona debata con líderes globales temas en la frontera del conocimiento, que definirán el futuro de la humanidad, y al mismo tiempo carezca de cualquier atisbo de política científica o universitaria. El Milei global mira tres jugadas por adelantado; el Milei doméstico a veces es reactivo, hacedor de planchas, dado a las batallitas inconducentes. La visión futurista y ambiciosa de Milei para la tecnología y para el rol de la Argentina en ese nuevo ecosistema convive con una política científica y universitaria estancada en el presente permanente, el regateo de partidas, el conflicto innecesario. ¿Cuándo les llegará ese futuro?

Revista Seúl


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