EL PERIODISMO Y LA ANTIGUA OBLIGACIÓN DE INCOMODAR

OPINIÓN

El periodismo argentino nunca fue solo una profesión informativa

Por Iván Nolazco 

Fue también una práctica intelectual destinada a disputar el sentido político, interpretar el poder y resistir la manipulación. En tiempos donde la velocidad reemplaza la reflexión y el relato se impone sobre los hechos, recordar esa tradición crítica es indispensable.

Cada 7 de junio la Argentina celebra el Día del Periodista. La escena se repite con precisión burocrática: mensajes institucionales, homenajes protocolares, funcionarios que destacan “la importancia de la libertad de prensa” mientras, simultáneamente, gran parte de la estructura política continúa intentando condicionarla mediante mecanismos económicos, presiones indirectas o administración selectiva de la información pública.

Pero el verdadero periodismo rara vez se parece a esos homenajes.

Generalmente ocurre de madrugada.

En una redacción casi vacía.

Con un café frío olvidado al costado del escritorio.

Con un periodista repasando expedientes mientras la ciudad duerme y algún funcionario preferiría que ciertos documentos jamás hubiesen salido de un archivo.

Allí empieza realmente el oficio.

No en las ceremonias.

No en los discursos institucionales.

Sino en esa obstinación silenciosa de seguir investigando incluso cuando hacerlo deja de ser cómodo.

La contradicción no es nueva. Forma parte de la historia misma del periodismo argentino.

Porque el periodismo nacional nació ligado al conflicto político mucho antes de consolidarse como profesión moderna. La Gazeta de Buenos Ayres, fundada en 1810 por Mariano Moreno, no fue simplemente el nacimiento de un periódico. Fue la construcción de un instrumento ideológico en medio de una revolución que comprendía perfectamente el valor estratégico de la palabra pública. Moreno entendía algo profundamente incómodo para cualquier estructura de poder: toda disputa política implica también una disputa narrativa. Quien logra imponer su interpretación sobre los hechos adquiere una forma parcial de control sobre la realidad social.

Por eso la prensa jamás fue neutral en la historia argentina. Participó activamente de las tensiones culturales, económicas e ideológicas que atravesaron al país. A veces como herramienta emancipadora. Otras como aparato de propaganda. Porque el periodismo, igual que la política, también refleja las contradicciones de su época.

Y allí aparece una de las características más complejas del oficio; el periodismo serio rara vez resulta completamente compatible con el poder. Puede convivir circunstancialmente con determinados gobiernos. Puede coincidir ocasionalmente con ciertas políticas públicas. Pero en esencia conserva una función incómoda: revisar aquello que el discurso oficial intenta naturalizar.

Por eso el buen periodista rara vez recibe reconocimiento pleno mientras ejerce verdaderamente su trabajo.

Generalmente ocurre lo contrario.

Es cuestionado.

Difamado.

Presionado.

Aislado.

Porque el periodista riguroso altera equilibrios. Introduce preguntas donde otros prefieren solemnidades institucionales. Revisa documentos mientras muchos apenas reproducen declaraciones oficiales. Y tarde o temprano termina acercándose a información que determinados sectores necesitaban mantener cuidadosamente invisible.

La historia argentina ofrece ejemplos nítidos de esa tensión. Rodolfo Walsh comprendió tempranamente que investigar implicaba enfrentarse no solo a hechos ocultos, sino a estructuras enteras de poder interesadas en impedir que esos hechos adquirieran dimensión pública. Walsh transformó el periodismo de investigación en una forma de intervención intelectual donde la precisión documental valía más que el impacto inmediato.

Y allí sobrevive una enseñanza central para el periodismo contemporáneo; el verdadero periodismo no se sostiene sobre espectacularidad, sino sobre persistencia metodológica.

El expediente leído completo.

La cifra contrastada.

La declaración oficial verificada contra evidencia concreta.

Porque el poder puede tolerar relativamente bien la opinión superficial o incluso el escándalo mediático transitorio. Lo que verdaderamente le resulta problemático es la investigación sistemática capaz de desmontar inconsistencias estructurales.

En ese sentido, el periodismo constituye una práctica profundamente vinculada con la memoria pública. El periodista recuerda aquello que muchos actores políticos preferirían volver irrelevante: promesas incumplidas, licitaciones dudosas, relaciones opacas, contradicciones discursivas acumuladas a lo largo del tiempo.

Por eso las democracias necesitan periodismo, incluso cuando ciertos gobiernos consideran incómoda su existencia. No porque el periodismo sea moralmente superior a otras actividades, sino porque cumple una función institucional implícita; introducir mecanismos de observación crítica sobre estructuras que naturalmente tienden a concentrar poder y reducir controles.

Sin embargo, el problema contemporáneo excede la relación tradicional entre prensa y política. Hoy el periodismo enfrenta además una crisis intelectual derivada de la velocidad informativa y la transformación digital. Nunca existió tanta circulación de datos y simultáneamente tanta dificultad para distinguir entre información rigurosa, propaganda, entretenimiento y manipulación emocional.

La lógica algorítmica privilegia el impacto inmediato sobre la profundidad analítica. La opinión veloz sobre la investigación extensa. La reacción emocional sobre la contextualización histórica. Y en medio de ese escenario, el periodismo corre el riesgo de abandonar precisamente aquello que históricamente justificó su relevancia; la capacidad de producir interpretación crítica sustentada en verificación rigurosa.

En provincias pequeñas, esa problemática adquiere características todavía más delicadas. La cercanía entre estructuras políticas, económicas y mediáticas genera sistemas informales de condicionamiento donde la independencia profesional implica costos materiales concretos. Allí el periodista enfrenta una tensión permanente entre acceso y autonomía, entre vínculo y distancia crítica, entre supervivencia económica y libertad intelectual.

Muchos terminan adaptándose.

Otros abandonan la investigación profunda para refugiarse en comentarios superficiales y políticamente menos riesgosos.

Pero aun así sobreviven periodistas obstinados. Hombres y mujeres que continúan comprendiendo el oficio no como mecanismo de prestigio personal, sino como ejercicio intelectual de observación crítica sobre la realidad.

A ellos debería pertenecer verdaderamente este 7 de junio.

A quienes todavía consideran que preguntar sigue siendo más importante que agradar.

A quienes entienden que la función histórica del periodismo no consiste en acompañar cómodamente al poder, sino en observarlo con suficiente proximidad crítica como para impedir que el relato termine reemplazando completamente a los hechos.

Porque quizá allí sobreviva todavía la dimensión más valiosa del periodismo argentino: su antigua y persistente negativa a aceptar el silencio como forma natural de convivencia democrática.

Tribuna de Periodistas




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