OPINIÓN
Hay algo particularmente obsceno —no ya contradictorio, sino obsceno— en escuchar a referentes del peronismo como Axel Kicillof o Juan Grabois pontificar sobre la “defensa del agua” y la “preservación de los glaciares”
Por Carlos Mira
No es hipocresía liviana: es una impostura estructural.
Porque mientras levantan la bandera de una supuesta catástrofe ambiental futura —que Argentina se quedaría sin agua por la minería, que los glaciares desaparecerían como si estuviéramos en el Sahara— gobiernan, administran o han sido cómplices políticos de las regiones más degradadas ambientalmente del país. Y no en el plano teórico, ni en proyecciones a 30 años: en el presente más crudo, más visible, más nauseabundo.
Ahí están los ríos. No metáforas: ríos concretos. El Río Matanza-Riachuelo, el Río Reconquista, el Riachuelo. Décadas de gestión peronista —en Nación, provincia y municipios— los han convertido en cloacas a cielo abierto. No es una exageración retórica: son literalmente cursos de agua muertos, saturados de desechos industriales, residuos cloacales y abandono estatal.
¿Dónde estaba la épica ambiental ahí? ¿Dónde estaban los discursos inflamados sobre “el derecho humano al agua”? ¿Dónde estaban las campañas militantes denunciando la destrucción ecológica? No estaban. Porque esa destrucción era propia.
Entonces aparece la minería —en provincias alejadas del conurbano, con controles, con inversiones, con impacto regulado— y de repente se convierten en guardianes del planeta. De golpe descubren el agua. De golpe los glaciares son sagrados. De golpe Argentina está al borde de quedarse seca.
Es una mentira. Y no solo una mentira: una operación discursiva.
Argentina no está en riesgo de quedarse sin agua por la minería. Es uno de los países con mayores reservas hídricas del mundo. Los glaciares están protegidos por legislación vigente. Y los proyectos mineros que se desarrollan lo hacen bajo estándares ambientales cada vez más exigentes, con monitoreo y regulación.
El verdadero problema del agua en Argentina no es la minería en la cordillera. Es la desidia en el llano. Es la incapacidad —o la falta de voluntad— de sanear lo que ya destruyeron. Es la cultura política que tolera, normaliza y perpetúa la contaminación cuando ocurre en territorios bajo su control directo.
Pero claro, eso no da rédito ideológico. No permite construir un enemigo épico. No habilita el relato de “corporaciones saqueadoras” versus “pueblo defensor de la naturaleza”. Limpiar el Riachuelo no es revolucionario. Es gestión. Y gestionar nunca fue el fuerte del peronismo.
Por eso necesitan inventar un apocalipsis en los glaciares mientras conviven, todos los días, con un desastre ambiental tangible que prefieren ignorar.
No es ambientalismo. Es cinismo.
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