HIJOS DE LOS '60

OPINIÓN

Veo en Instagram que estudiantes de hoy eligen como favoritas canciones de hace medio siglo. ¿Estamos a favor o en contra?

Por Hernán Iglesias Illa

Una cuenta de Instagram que no sigo pero me aparece todo el tiempo es la de un pibito que hace entrevistas callejeras en Hawaii y les pregunta a otros pibitos, por ejemplo, cuál es su canción favorita de la historia. Muchos de los entrevistados, casi todos estudiantes universitarios, responden canciones clásicas: Pearl Jam, Billy Joel, Pink Floyd, Fleetwood Mac, Red Hot Chili Peppers. Los comentaristas invariablemente felicitan las respuestas y se sorprenden por el “buen gusto” de los entrevistados. Son adultos diciendo “esta es la juventud que me gusta”.

A mí me sorprende otra cosa de estos reels, que es el salto temporal. Los que responden, nacidos (a ojo) alrededor de 2005, proponen como sus favoritas “of all time” canciones de 1969, 1975, 1984, 1992. Siento que una repregunta interesante para hacerles es cómo se siente tener como favoritas canciones de tres o cuatro décadas antes de su nacimiento. Uno elige una canción favorita porque le gusta la melodía o el ritmo pero, sobre todo, porque le dice algo que es personal, que lo conmueve de una manera inexplicable. Y a mí, que nací en 1973, me habría parecido imposible encontrar, a los 20 años, una canción de 1933 o 1943 que reflejara un mundo o expresara una sensibilidad parecida a la mía. Nada filmado en blanco y negro, pensaba en ese momento (ahora quizás ya no), me podía decir algo que yo pudiera transformar en algo propio. ¿Cómo es posible, entonces, que estos chicos y chicas sientan cercano y se conmuevan con algo que cantaron hace medio siglo Stevie Nicks o David Gilmour o Eddie Vedder?

Mi primera hipótesis es que, a pesar del paso del tiempo, seguimos viviendo en la misma época que inauguraron los ‘60. Culturalmente, 1976 se parece más a 2026 que a 1926. Un occidental adulto de 1976, trasplantado a hoy, entendería mejor nuestras películas, nuestra música popular e incluso el lenguaje de los medios y la política que si lo trasplantaran a 1926, aun a pesar de la revolución digital. Las nuevas tecnologías dieron vuelta casi todo, pero hay sensibilidades sobre el amor, la juventud e incluso el sentido de cómo vivir que siguen parecidas a las de hace medio siglo: la centralidad del yo, la libertad personal y la idea de que la vida (incluyendo el amor) es una elección y no una imposición son valores que se mantienen o se han reforzado. Sin los ‘60, Instagram, apoteosis de la expresión personal y la vida diseñada, es incomprensible.

No soy, por supuesto, el primero que dice algo así. Tony Judt tiene un libro tremendo sobre la Europa de posguerra donde escribe que la Segunda Guerra Mundial fue un shock para el continente, pero que su sociedad se mantuvo igual hasta los ‘60 (apocada, jerárquica, religiosa) y que recién ahí empezó a cambiar, con la invención de la juventud. Hasta los ‘60 los jóvenes eran mini-adultos; desde entonces aparecen como un grupo con su cultura, sus ideas y su momento, que cada vez se hizo más largo. A medida que pasa el tiempo, ya casi no van quedando personas que no hayan sido “jóvenes”. Mi viejo, por ejemplo, nacido en 1941, nunca lo fue, pero es casi de los últimos. Pronto seremos una sociedad donde todos habremos sido culturalmente jóvenes alguna vez, y eso nos hará a todos pertenecer a un mismo código, al menos entre los occidentales clasemedieros de los que vengo hablando. La edad límite en la que un tipo sale a la calle con bermudas y ojotas aumenta un año cada año: hoy no hay tipos de 80 años vestidos con remeras de Iron Maiden, pero pronto los habrá.

Esto ayuda a explicar por qué las nuevas generaciones ya no son parricidas. La mía, la X, quizás haya sido la última: parte de nuestra identidad estaba definida en oposición a la de nuestros padres, que no habían sido jóvenes, y lo mismo habían hecho los jóvenes de los ‘60 y los ‘70, que llevaron este parricidio incluso a la política, con los montoneros de “familia gorila” como ejemplo paroxístico. Pero los pibes de la Generación Z tienen padres y madres que sí fueron jóvenes, se enamoraron y se desenamoraron, viajaron de mochileros a Machu Picchu y fumaron porro con sus amigos. ¿Qué rebeldía podrían tener salvo el giro conservador?

El otro día fui a cargar la batería de mi auto híbrido a la YPF de Echeverría y la cafetería estaba llena de tipos con barbas tan canosas como la mía y remeras de AC/DC, esperando el recital más tarde en River. Muchos de ellos estaban acompañados por sus hijos, que, con sus remeras respectivas, parecían compartir la pasión rockera de papá. Esto pasa porque, aunque culturalmente somos hijos de los ‘60, también es fácil identificar dos momentos. En el primero, la nueva juventud era la contracultura; en el segundo, los últimos 20-30 años, la contracultura ha triunfado y no solo es parte, sino la corriente dominante de la cultura. Además, también pasó otra cosa, lo que algunos llaman “el presente extendido”. Durante un tiempo después del cambio en los ‘60, cada década tuvo su identidad y reaccionaba frente a la anterior: por eso hablamos de los ‘70, los ‘80 y los ‘90 como eras con su propia personalidad, ética y estética. Pero es mucho menos habitual hablar de la década de los ‘00 o los ‘10 o los ‘20, no porque sea difícil nombrarlas sino porque son increíblemente parecidas entre sí. Uno ve la versión gringa de The Office, que se estrenó hace 20 años, y la ropa, los cortes de pelo y hasta los chistes podrían ser los de hoy. Las tendencias musicales o del cine o la literatura ya no dan bandazos estéticos: ocurren todas al mismo tiempo, ninguna domina, cada una tiene su público. Los jóvenes de hoy conviven con todas las décadas al mismo tiempo. Las modas pasaron de moda.

En esto sí creo que Internet ha tenido una influencia central. Y es por estas dos razones (el big bang cultural de los ‘60 y la inmediatez tecnológica) que una estudiante de marketing de Hawaii puede decir Black o Wish You Were Here como la respuesta más natural del mundo, sin sentirse especial ni rebelde ni ansiosa por dar la opción correcta. Porque ya no hay más monocultura, porque su madre podría dar la misma respuesta (y eso no le parecería mal) y porque 1978 y 2018, en Spotify o YouTube, ocupan el mismo espacio y están uno al lado del otro.

Ahora, sin embargo, también hay gente diciendo que la era geológica iniciada en los ‘60 se está terminando. Por derecha y por izquierda, conservadores y radicales vienen proponiendo volver a poner en el centro identidades comunitarias como la religión, la familia o la militancia política. Pasar del yo, legado central de los ‘60, a una vaga idea de “nosotros”. Devolver el pasado al pasado, para recuperarlo o para repudiarlo. Volver a transformar a los jóvenes en mini-adultos, en monjes observantes o en comisarios políticos. No son los primeros en intentarlo, pero con el quilombo que hay en todos lados –la nueva guerra fría, el despegue de la IA, el declive de la democracia liberal– quizás esta vez el río revuelto les permita pescar algo.

A mí, qué quieren que les diga, me gusta que un chico de 20 años se emocione con Billy Joel. Pero también deja una pregunta inquietante: ¿las mejores canciones ya se escribieron? Si mi hijo, que tiene siete, dijera dentro de 15 años que su canción favorita es Paloma o Eiti Leda, ¿sería un triunfo de mi generación o el fracaso de la suya?

Revista Seúl


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