UNA CRÓNICA AMARILLA

OPINIÓN

El color de «Los girasoles» envenenó a Van Gogh y le fue fiel a Borges aun después de perder la vista

Por Osvaldo Bazán

Las revistas de los aviones son un curro en el que cualquier periodista un tanto haragán desea colaborar. Notas intrascendentes y simpáticas, nada de compromiso, fotos sociales, textos sobre lugares a los que el periodista nunca llegará a menos que la aerolínea le pague en canje de pasajes. Ojeando sin ganas la de KLM en un viaje larguísimo, me encuentro con una nota: «Una pincelada de amarillo».

Me salvó el vuelo.

Doce páginas en las que se cuenta con detalles cómo Vincent Van Gogh pasó de la oscuridad absoluta de ser predicador en una mina de carbón —decime algo más negro que eso y no se permiten chistes racistas— a matarse de amarillo, casi literalmente, después de pintar el hermosísimo Trigal con cuervos (algunos dicen que no fue su último cuadro, pero obviemos la realidad un rato).

El amor por el amarillo va creciendo de año en año en Van Gogh y así se lo dice a su hermano Teo en las cartas que leí en esa revista del avión.

«¡Qué hermoso es el amarillo! Ahora tenemos un calor glorioso, fuerte, sin viento, que es exactamente lo que necesito. Un sol, una luz que, a falta de un término mejor, sólo puedo llamar amarilla, amarillo azufre pálido, oro limón pálido».

Soy team verano; amarillo, naranja y rojo son mis colores, y entonces entendí por qué me gusta tanto Vicente.

Poéticamente, se dice que Van Gogh comía pintura amarilla para tragarse todo el sol, toda la luz.

Es más o menos así, pero no tan así (meme de Guido Kazcka).

Después de cortarse la oreja en Arles, Vicente fue internado en el hospital de Saint-Rémy. El director, el Dr. Peyron, anotó en el libro de guardia que durante sus crisis, el artista «intentó venenosamente ingerir sus colores». El amarillo era el color de la obsesión, el color con el que había pintado la casa alquilada en Arles, por eso se dice que comía amarillo. En realidad, también se sabe que el amarillo de cromo contenía cromato de plomo.


El amarillo era el color de la obsesión, el color con el que había pintado la casa alquilada en Arles, por eso se dice que comía amarillo.

El envenenamiento por plomo (saturnismo) provoca delirios. Los historiadores sugieren que al estar ya intoxicado Vicente buscaba compulsivamente el origen de su malestar o, en su delirio, el origen de su «luz».

Finalmente, nos creemos que comía amarillo para internalizar la luz. Es más poético aunque menos correcto. Lo que sí es cierto es que comía pintura.

Claro que ese amarillo que lo deslumbró hasta convertirse en su alimento, hasta pintar con él sus cejas en uno de sus autorretratos (Autorretrato con sombrero de paja), tuvo un camino que comenzó en negro.

En sus inicios en la zona minera de Bélgica, usa un amarillo mezclado con negro, todo es terroso, oscuro; decía que quería pintar «el color de una moneda de cobre sucia». Poco después pinta el cuadro Los comedores de patatas, todo oscuro y triste. Era la pintura de alguien que no había conocido aún el sol. Se va a París y ahí el amarillo ya no es negro, pero tampoco protagonista. Es el acompañamiento, el que va llegando.

En Arles tuvo la revelación.

Cuando en 1888 pinta Los girasoles, hizo algo que nadie había hecho antes, dicen. Pintó amarillo sobre amarillo. Pétalos amarillos, sobre flores amarillas, en un jarrón amarillo sobre una pared amarilla. Lo bueno de la revista del avión es que el cuadro de Los girasoles ocupa una página entera y puedo detenerme y mirarlo, y acordarme de Silvina.

Hace muchos años, la ahora consagrada artista argentina Silvina Buffone me puso ante una copia de Los girasoles y me preguntó qué veía.

Le dije, claro, «girasoles».

Me dijo «mirá de nuevo».

Con la certeza que uno tiene antes de los 25 de que lo sabe todo, conté cuántos girasoles y le dije el número exacto.

Me miró con condescendencia y me dijo «No, no estás viendo girasoles. Estás viendo una pintura de girasoles y eso es lo que hace grande a Van Gogh».

Me explicó entonces que el trazo sobrecargado, ese rastro de pintura que se veía era lo que hacía de Van Gogh, Van Gogh. Pasar del tubo de pintura directamente al pincel para que se note que eso no es una copia de la naturaleza, sino que es otra naturaleza, es una pintura, una obra de arte, no un simple girasol.

Es lo que un artista puede hacer con un girasol.

Nunca olvidé esa sencilla pero magistral masterclass.

Volviendo al amarillo, no es sólo el estimulante que Vicente encontró en Arles.

Sí, ok, me obsesiono fácilmente y, si bien mi nivel de neurosis no llega al del pintor, empecé a interesarme en el amarillo.

Y me pasó, como pasa siempre en estos casos, que empecé a ver amarillo en todas partes. El sobrecito de mayonesa Hellmann’s; el patito de hule del baño; la carita del emoji sonriente; el logo de Shell; la pelotita de tenis llevándolo al flúo.

De golpe todo era amarillo.

Y volví a descubrir que no hay tema menor cuando sos curioso.

¿Qué otra sorpresa me puede dar el amarillo?

A ver, permiso.

Los egipcios creían que los huesos eran de plata y la piel, de oro. Como el oro no se oxida ni se altera, la conclusión fue obvia: el amarillo no muere, el amarillo es lo eterno.

Usaban para pintar un mineral llamado «orpimente», un sulfuro de arsénico que sólo con usarlo envenenaba a los pintores. Así como a Vicente, el amarillo les dio tanta luz que los terminó matando. Y un dato más, porque el amarillo no deja de sorprender: el fondo de los papiros del Libro de los Muertos es amarillo, no sólo porque es un «lindo colol» (mocosos, googleen) sino para que el difunto, al despertar en el «más allá», se encontrase rodeado de una luz que nunca se apaga.

Una especie de GPS de la inmortalidad.


Los chinos, que siempre estuvieron un poco más locos que todos los demás, te podían llegar a matar si usabas algo amarillo en tu vestimenta.

Los chinos, que siempre estuvieron un poco más locos que todos los demás, te podían llegar a matar si usabas algo amarillo en tu vestimenta. Es que en la cosmología china, cada color representa un elemento y un punto cardinal y, cha chán, el centro de la tierra era el amarillo.

Como el emperador era el centro del universo, el eje sobre el que giraba todo, su color debía ser el amarillo.

No era una elección estética, era una posición geográfica y espiritual. El emperador era el dueño de la tierra, literalmente.

Nadie más que el emperador y su esposa principal (no las otras) podían usar ese color en su vestimenta.

Durante varias dinastías, si un ciudadano común —o incluso un noble de bajo rango— osaba vestir una túnica de ese color, era acusado ni más ni menos que de traición.

Y en la China imperial la traición se pagaba con la ejecución.

Se ve que es una tradición tan arraigada que no pueden desterrarla.

Pero hasta los colores caen en desgracia, y eso le pasó al querido amarillo. Por una de esas carambolas de la iconografía cristiana, a alguien se le ocurrió que Judas Iscariote tenía que vestir una túnica amarilla en las pinturas de la Edad Media.

Tenía una explicación: servía como un alerta para los menos avisados, una especie de spoiler de la Biblia, el de amarillo es el traidor, el Salvatore Tessio del libro sagrado; estaba señalado con la bilis amarilla.

La Inquisición le dio un toque legal.

Los condenados por herejía que se arrepentían debían usar el «sambenito», que era una túnica de lana amarilla con una cruz roja. Con eso le avisaban a todos que era un tipo de temer, un posible traidor.


Los condenados por herejía que se arrepentían debían usar el «sambenito», que era una túnica de lana amarilla con una cruz roja.

El amarillo, entonces, se convirtió en el uniforme de los señalados, la estrella que los nazis pusieron en los judíos después.

Y eso que el amarillo sólo quería ser un color.

Y fue siempre el más fiel.

Le dio a Van Gogh sus mejores años, años de locura, sí, pero creativa. Noches estrelladas y floreros con girasoles que aún hoy seguimos disfrutando.

Y le dio a Borges la idea de la fidelidad.

No se hubieran llevado bien, creo, ya que estamos.

Van Gogh era exagerado, metía más y más pintura para que se notara el rasgo. Borges, en cambio —simple acotación de lector aficionado, ninguna aspiración académica— ahorraba y ahorraba y ahorraba y sólo ponía la palabra exacta.

Ni una vocal de más.

Pero Vicente y Georgie tuvieron en común el amarillo en el final de sus vidas.

En su libro Siete noches, en donde está la charla «La ceguera», dice textual: «El mundo del ciego no es la noche que la gente supone. (…) Ese mundo de sombras no es tan oscuro. (…) A mí me quedan todavía el amarillo, el naranja y el azul. El rojo ha desaparecido o es un color que me parece el color del chocolate; el negro y el blanco han desaparecido. El negro era para mí uno de los colores más profundos; ahora es un gris, un gris sucio. El amarillo no me ha sido infiel».

Van Gogh termina sus últimos trigales amarillos bajo los cuervos y un cielo temible.

Firma el cuadro.

Se pega un tiro en el pecho.

El amarillo no es infiel.

Es el último color en rendirse.

Es el que sobrevive a la locura de uno y a la ceguera del otro.

Revista Seúl


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