OPINIÓN
En la era de la conexión perpetua el problema ya no es únicamente qué es falso, sino cómo la velocidad erosiona nuestra capacidad de distinguir, de dudar, de comprender
Por Iván Nolazco
En la era de la conexión perpetua —donde la información circula con la impaciencia de lo instantáneo y la mentira ha aprendido a mimetizarse con la verdad— el problema ya no es únicamente qué es falso, sino cómo la velocidad erosiona nuestra capacidad de distinguir, de dudar, de comprender. La desinformación, más que un desvío del sistema, se revela como su consecuencia más eficiente, mientras la atención humana —ese recurso finito, silenciosamente disputado— se convierte en el verdadero escenario del conflicto.
La liturgia de la pantalla
La mañana —como casi todas, como si la repetición fuese ya una forma silenciosa de destino— se inaugura con un rito mínimo: el café, la luz oblicua, el gesto automático de encender el teléfono antes incluso de que la conciencia termine de ensamblarse. En la pantalla, el mundo desfila con su habitual impaciencia: titulares urgentes, catástrofes comprimidas, escándalos instantáneos. Nada, en apariencia, extraordinario. Y sin embargo, en esa escena doméstica, trivial, infinitamente replicada, se oculta una mutación histórica cuya magnitud rara vez advertimos: la realidad ha dejado de llegarnos mediada por la pausa; ahora llega mediada por la velocidad.
La mentira que ya no necesita disfraz
La desinformación —conviene decirlo sin dramatismos, pero también sin indulgencias— no irrumpe. No necesita irrumpir. No adopta la torpeza visible de la mentira grotesca ni el énfasis caricaturesco de la conspiración estridente. Su eficacia, más sobria y por ello más inquietante, radica precisamente en su normalidad. Se desliza. Se mezcla. Se confunde. Habita el mismo territorio visual que la información verificable, imita su estética, reproduce su gramática, simula su entonación. Ha dejado de ser excepción para convertirse en atmósfera. Y toda atmósfera prolongada —como el aire, como el ruido constante, como ciertas formas de dogma— termina por volverse imperceptible.
Cuando la noticia tenía peso
Hubo un tiempo —no necesariamente mejor, pero sí sometido a otras fricciones materiales— en que el periodismo conservaba aún una densidad artesanal, casi física. Las redacciones imponían demoras. Los archivos ofrecían resistencia. Verificar no era una virtud heroica, sino una condición estructural del oficio. Publicar implicaba riesgo; equivocarse, costo. La noticia exigía contraste, paciencia, responsabilidad. Existía, en suma, una pedagogía de la demora: la realidad no debía precipitarse; debía comprenderse.
La lección incómoda de García Márquez
No resulta casual que, frente a este paisaje contemporáneo, la figura de Gabriel García Márquez adquiera una resonancia que ya no es únicamente literaria, sino ética. Antes que novelista consagrado, fue periodista. Pero no periodista circunstancial, sino uno que concebía el oficio como una disciplina rigurosa de la observación y del lenguaje. Se ha repetido hasta el cansancio su célebre afirmación —“la mejor noticia es la que se cuenta bien”— aunque rara vez se subraya la precisión incómoda de ese “bien”. No aludía al ornamento ni al brillo retórico. Remitía, más bien, a la fidelidad con lo real. Narrar bien no era embellecer. Era no traicionar.
En su visión latía una convicción hoy erosionada por la lógica digital: la realidad posee una densidad irreductible. Los hechos —incluso los más improbables— no requieren exageración, sino inteligibilidad. No inventaba maravillas: las encontraba. No distorsionaba lo inverosímil: lo describía. La credibilidad no residía en la espectacularidad, sino en el rigor.
La economía de la atención
El ecosistema digital ha invertido la ecuación con una eficiencia casi matemática. La información ya no compite por consistencia, sino por impacto. Titulares concebidos como anzuelos emocionales. Imágenes diseñadas para provocar reacción inmediata. Fragmentos discursivos que privilegian la intensidad afectiva sobre la claridad explicativa. El dato, despojado de contexto, se convierte en estímulo. La noticia, en mercancía atencional.
Conviene recordar un detalle decisivo: la atención humana es hoy el recurso más valioso del entorno digital. Plataformas, algoritmos y métricas convergen hacia la captura de segundos de mirada. Bajo esa racionalidad, la desinformación no constituye una anomalía del sistema. Con frecuencia, es su derivación más eficiente. Lo que genera reacción circula. Lo que circula, monetiza. Lo que monetiza, se reproduce.
La psicología de la credulidad
Pero la desinformación no prosperaría sin una complicidad difusa, silenciosa, casi involuntaria. Compartir sin verificar. Creer sin examinar. Reaccionar sin comprender. La ceguera intencional —esa inclinación profundamente humana a aceptar aquello que confirma prejuicios o satisface emociones previas— opera como combustible invisible del mecanismo. La viralidad no exige certeza; le basta la adhesión afectiva. La convicción precede a la evidencia.
El reinado del clickbait
En ese territorio prospera el clickbait, esa microingeniería del deseo que subordina el contenido no al valor informativo, sino a la lógica del clic. No se busca esclarecer. Se busca activar. La interacción se vuelve finalidad; la verdad, contingencia estadística. Rectificar carece del atractivo dramático de escandalizar. La verdad llega tarde —cuando llega— desplazada por la velocidad y diluida en la marea de novedades efímeras.
Deepfakes y la crisis de la evidencia
La irrupción de los deepfakes introduce una torsión aún más perturbadora. Rostros que pronuncian palabras jamás dichas. Voces fabricadas. Escenas plausibles pero falsas. La evidencia sensible ingresa en una zona de sospecha permanente. Ver deja de equivaler a creer. La percepción misma se vuelve territorio inestable.
El riesgo más profundo no es el engaño puntual, sino la erosión estructural de la confianza. Cuando toda prueba puede ser cuestionada, la certeza pierde densidad operativa. La desinformación deja de ser un problema de falsedad para convertirse en un problema de realidad disputada.
La defensa de la pausa
Frente a este universo, las recomendaciones tradicionales resultan necesarias, pero insuficientes. El desafío es más hondo, más cultural. Exige recuperar hábitos cognitivos desplazados por la lógica de la inmediatez. Defender la pausa en un entorno que glorifica la urgencia. Rehabilitar la duda. Reaprender la antigua disciplina de la atención.
Porque la desinformación no es únicamente un exceso de mentiras. Es una mutación en el modo en que la realidad es narrada, percibida y jerarquizada. Allí, en ese territorio invisible, se decide qué existe, qué importa, qué merece ser creído.
La confianza como bien escaso
Y acaso, si alguna lección persiste entre los escombros de la vieja solemnidad periodística, sea esta advertencia sobria: la realidad no desaparece cuando es distorsionada; lo que se desvanece es la confianza. Reconstruir la confianza —esa arquitectura invisible que sostiene toda conversación pública— exige algo cada vez más escaso, casi subversivo en su sencillez: tiempo, rigor, y una desconfianza metódica hacia la fascinación de lo inmediato.
Porque en un mundo donde todo parece noticia, donde todo exige reacción, donde todo compite por nuestra mirada, la pregunta decisiva ya no es qué está ocurriendo, sino bajo qué condiciones decidimos creer que algo, efectivamente, ocurre. Y esa —precisamente esa— es una incertidumbre que ninguna tecnología ha logrado disipar. Ni probablemente disipe.
Tribuna de Periodistas
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