EDITORIAL
Sepan que los libros, pequeños seres abominables, no solo entretienen, sino que también contribuyen a formar personas más sensibles y conscientes
Encontré un borrador, era una nota para ser publicada el día de mi cumpleaños del año pasado dónde hacía referencia que el presidente Javier Milei nos decía: "Abróchense los cinturones porque va a haber más reformas". Mis festejos de cumpleaños son austeros, siempre lo fueron, llamo austeros a una entrada de fiambres y ensalada rusa. Asado y alguna ensalada, vino del bueno, bueno de verdad, o champagne. A veces, torta con champagne. Hubo una vez que solo hubo un alfajor Jorgito, pero con champagne siempre. En mis soledades, después sigue el whisky. Quizás el tema de que el borrador haya dormido una larga siesta se deba a la ingesta de una botella de champagne y un trago "on the rocks", quizás, pero mi borrador apareció sin firma publicado en un medio importante del país, dentro de la canastilla "opinión". Nunca sabré qué pasó ahí. La nota fue a otro medio. Johnny Walker no tuvo culpa alguna. Mala mía. Pero volviendo al tema, veo que el subtítulo decía "De aquel hay que pasar el invierno, a este abróchense los cinturones".
De malas mías, tengo varias anécdotas. Lo triste es que cada vez, hay más sillas vacías en mis escasos festejos. Pero esas son otras historias.
Vamos al tema de los niños que leen. Les cuento sobre mis años felices. Papá venía con el sobre con su sueldo de ferroviario y se lo entregaba a mamá con la siguiente frase; "hay que pasar el invierno". Mamá, con papel y lápiz sobre la mesa hacía las cuentas. Papá abría el portafolios, le entregaba la última novelita de Corín Tellado, mamá sonreía. A mi me daba la revista El Gráfico, o la Goles, y siempre, pero siempre siempre, un librito para todos, así hasta que un día nos trajo la colección Robin Hood. La colección Robin Hood murió en manos de la televisión. Lo que antes imaginábamos, era distinto a lo que veíamos en blanco y negro. En la televisión, las imágenes ya estaban dadas, nos limitaba. En cambio, los libros nos invitaban a crear mentalmente los paisajes, los personajes y las situaciones.
A una de las conclusiones que uno llega es que la lectura en nuestra infancia era una de las experiencias más valiosas para nuestro desarrollo. El contacto con los libros nos abría la puerta a un mundo lleno de historias, que nos estimulaba la mente, nos abría el cerebro. Por tal razón, los mayores debemos fomentar el hábito de la lectura desde edades tempranas, y eso no debe resultar una tarea difícil, debemos pensar que estamos formando criaturas curiosas, reflexivas y capaces de interpretar la realidad.
Dicen los especialistas que cuando un niño lee o escucha una historia, distintas áreas del cerebro se activan al mismo tiempo. Por un lado, entran en funcionamiento las regiones vinculadas con el lenguaje, que permiten comprender las palabras y su significado. Por otro lado, también participan las zonas encargadas de interpretar ideas y construir imágenes mentales. Como resultado, el cerebro establece conexiones entre diferentes áreas, lo que fortalece la capacidad de aprender y de relacionar conceptos.
Leyendo, el niño interpreta situaciones sigue el hilo de una historia, y comprende las acciones de los personajes. Entonces tenemos que la lectura estimula la capacidad de análisis y el pensamiento crítico. A medida que avanzan en los libros, los niños aprenden a anticipar lo que puede suceder, pues la lectura contribuye de manera significativa al desarrollo de la imaginación. En consecuencia, podemos decir que la lectura también favorece el desarrollo de la empatía. Los niños aprenden a ponerse en el lugar de los demás y a considerar diferentes puntos de vista. Esta capacidad resulta fundamental para la vida en sociedad, ya que facilita la convivencia, el respeto y la comprensión mutua.
Sepan que los libros, pequeños seres abominables, no solo entretienen, sino que también contribuyen a formar personas más sensibles y conscientes.
Esto es más o menos algunos escritos que he encontrado sobre el tema y que traen a mi memoria las merecidas "penitencias" a las que me sometía la buena de mi madre por algunos desajustes en mi conducta. Mamá me sentaba en la mesa del comedor y me decía, escribime un cuento, una historia, hacé una composición. Las maestras tenían por costumbre hacernos escribir composiciones sobre la vaca. Pobre vaca, a ella si que le "sacábamos el cuero".
El niño que lee, que era yo, un día escribí en mi cuaderno borrador llamado "Tamborcito", lo siguiente: "Había una vez un niño llamado 'Más adelante', al que todos le teníamos envidia". La imaginación empleada en el título, ya advertía sobre algo que se vivía por aquellos años del "hay que pasar el invierno", donde todo lo que nosotros pedíamos porque nos hacía falta, por pedir nomás, o porque se nos daba la gana de molestar, obteníamos como respuesta que "eso era para más adelante". Un día, pedí tinta para el plumín. La respuesta, la misma de siempre, "cuidá la que tenés, sé más ordenado, más prolijo, usá el lápiz, después veré de comprar un tintero, para más adelante".
Y salió mi historia: "Hoy me di cuenta que enganché el pantalón corto en alguna astilla del banco de mi pupitre. Como un adorno, el siete que se había formado, era candidato a ser zurcido por mamá o abuelita. Los sermones ya me los sabía de memoria. Entonces se me ocurrió una idea fenomenal, regia, como decía mi tía porteña. Llegué a casa y les dije que necesitaba un pantalón nuevo porque este se me rompió en la escuela. Como siempre; "para más adelante". Esperé un rato. Luego salí despacito hacia la calle y toqué el timbre, esperé y sentí la voz de mi madre preguntando —¿Quién es?. Entonces dije, —"Hola soy el niño que se llama 'más adelante', me dijeron que aquí hay un pantalón nuevo para mi".
La lluvia de coscorrones seguida de tirones de orejas, dio lugar a las risas. De las risas por la ocurrencia del ingenioso niño que leía demasiado, tuvieron que "arreglarse" para ir hasta la tienda. La historia escrita en el cuaderno borrador, hizo que mi señorita Leonor, mostrase mi cuaderno a sus colegas. La vicedirectora, áspera como ninguna, y sin mirarme demasiado, le dijo a mi maestra que "la tarea de ellas era formar buenos ciudadanos, y aunque el alumno tiene problemas de conducta, podemos ver que lee demasiado".
Hoy, este medio publica una nota de Martín Fernández Nadale, referida a que las familias argentinas entraron en la etapa del endeudamiento, para comer. ¿Qué culpa tiene la gurisada?
Pasar el invierno, o ajustarse los cinturones, es para otras cosas.
Para los niños, no.
Anoten eso, canallas.

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