LA REVOLUCIÓN DE LOS IDIOTAS

OPINIÓN

Destruir también es una forma de ignorancia

Por Carlos Mira

La increíble fascinación argentina por Francia nos dejó la Avenida Alvear, los palacetes afrancesados y cierta elegancia arquitectónica que todavía sobrevive como testimonio de una época en la que el país aspiraba a parecerse a las grandes capitales del mundo. Pero aquella admiración importó también otra herencia, bastante menos distinguida: el deslumbramiento por la revolución como gesto de ruptura y por la idea de que cambiar las cosas consiste en arrasar jacobinamente con todo lo que existía antes.

Es una versión degradada de la tradición revolucionaria francesa: un revolucionismo idiota que confunde la transformación con el vandalismo, la protesta con la devastación y la rebeldía con la capacidad de destruir aquello que pertenece a todos. No hace falta tener una idea de futuro para ejercerlo. Alcanza con una piedra, un aerosol y la convicción de que dejar una marca sobre el espacio público equivale a cambiar el mundo.

Hay algo profundamente subalterno en esa concepción del cambio. Quien necesita destruir lo existente para demostrar que está contra el orden establecido revela, muchas veces, que carece de una idea propia de lo que debería construir en su lugar. Su horizonte no es una sociedad mejor, sino la satisfacción inmediata de haber provocado una alteración. No importa qué se destruye, cuánto cuesta repararlo ni quién termina pagando la factura. Lo importante es el gesto, la consigna y la pequeña dosis de protagonismo que ofrece la transgresión.

Así, una pared histórica se convierte en una superficie para descargar consignas; un monumento, en un enemigo ideológico; una plaza, en un escenario de destrucción. El patrimonio común deja de ser una herencia que debemos conservar y transmitir para convertirse en el blanco de quienes interpretan cualquier huella del pasado como una ofensa a sus convicciones presentes.

El problema no es la protesta. Una sociedad libre necesita cuestionamientos y expresiones de disconformidad. Tampoco se trata de convertir las ciudades en museos inmóviles ni de preservar todo lo antiguo por el simple hecho de serlo. Las sociedades progresan porque corrigen errores, reemplazan estructuras obsoletas y modifican lo que no funciona. Pero una cosa es reformar y otra, muy distinta, confundir la reforma con la demolición indiscriminada.

El progreso exige un propósito. Requiere conocimiento, trabajo, inversión, instituciones, innovación y una evaluación honesta de los resultados. La destrucción, en cambio, puede ser instantánea y producir una engañosa sensación de poder. Construir una escuela demanda planificación, recursos y años de esfuerzo; romperla puede llevar minutos. Recuperar una plaza exige presupuesto y responsabilidad; deteriorarla apenas requiere indiferencia. Mejorar el nivel de vida de una familia es una tarea compleja; arruinar el espacio que comparte con sus vecinos es mucho más sencillo.

Por eso, el revolucionismo que se agota en la destrucción se parece más al nihilismo violento que a una verdadera voluntad de transformación. Niega, desfigura y arrasa, pero no ofrece necesariamente una alternativa. Cuando se le pregunta qué sociedad quiere construir, suele responder con un catálogo de enemigos y agravios. Su energía está puesta en identificar aquello que debe desaparecer, no en explicar cómo vivirán mejor las personas después.

En esa lógica, cuidar parece conservador; mantener, reaccionario; respetar un monumento o una fachada, una forma de complicidad con el pasado. Como si la única manera de demostrar sensibilidad social fuera dejar una marca de protesta sobre algo que pagaron todos. Como si preservar el patrimonio compartido fuera menos revolucionario que destruirlo.

Hay una ironía difícil de ignorar. Francia, convertida tantas veces en referencia estética y cultural de nuestras élites, también construyó instituciones, desarrolló infraestructuras y protegió su patrimonio. Reducir su historia a las barricadas y la violencia revolucionaria sería tan absurdo como creer que su aporte a la civilización consiste en la guillotina. Admirar una cultura exige algo más que importar sus gestos más espectaculares: exige comprender sus logros, sus contradicciones y las condiciones que hicieron posibles sus avances.

La pregunta relevante no es si debemos cambiar. La Argentina necesita cambios profundos en su economía, su educación, sus instituciones y su infraestructura. La pregunta es qué entendemos por cambiar y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.

El progreso real no se mide por la cantidad de vidrios rotos, paredes pintadas o monumentos degradados. Se mide por la posibilidad de vivir mejor: acceder a una educación de calidad, conseguir un empleo digno, disponer de servicios públicos que funcionen, caminar por ciudades cuidadas y transmitir a las próximas generaciones un patrimonio más valioso que el que recibimos.

Una sociedad que no sabe cuidar lo que tiene difícilmente pueda demostrar que sabe construir lo que le falta. La verdadera audacia no consiste en romper lo que otros construyeron, sino en hacer algo mejor. No hay mérito especial en destruir una plaza o degradar un monumento. El mérito está en crear una plaza más hermosa, restaurar una fachada y mejorar la vida de quienes transitan por esos espacios.

Cambiar no es borrar el mundo anterior para satisfacer una pulsión de ruptura. Es hacerse responsable del mundo que viene. Y cuando una revolución no tiene otra propuesta que destruir, quizá no estemos ante una revolución, sino ante una forma primitiva de ignorancia disfrazada de épica.

Aclaración editorial: Esta columna va dirigida a esa clase impresentable de gente que Lenin llamaba “idiotas útiles”, confesando tácitamente con eso que lo que quería imponer era un crimen que solo los idiotas no distinguieran. Y cualquier país que tenga un 5% o más de gente que se declare comunista, es un país que, salvo verificación en contrario, debería ser oficialmente declarado “idiota útil”.

Por supuesto que hace ya tiempo que estoy convencido de que hay demasiados que no hacen rompen, destruyen y promueven la violencia porque son idiotas útiles sino porque son los profesionales del alboroto que valiéndose de él aspiran a hacerse del poder para, desde allí, terminar con la libertad que es lo único que les interesa, sea que su motor sea la envidia, el resentimiento, el rencor, la furia o todo eso junto.Aunque hay algo que si une a los idiotas útiles y a los profesionales: ambos dan asco.

The Post




Comentarios