EL DRAMA DE LA INMEDIATEZ

OPINIÓN

A propósito de la primera vuelta electoral en Brasil, algunos analistas internacionales y especialistas en sociología política vienen sosteniendo una conclusión que, si fuera correcta, debería preocuparnos seriamente

Por Carlos Mira

A propósito de la primera vuelta electoral en Brasil, algunos analistas internacionales y especialistas en sociología política vienen sosteniendo una conclusión que, si fuera correcta, debería preocuparnos seriamente

Estos analistas sostienen que los electores juzgan a los gobiernos fundamentalmente por el resultado inmediato que perciben en sus bolsillos, más allá de lo que esté ocurriendo en los cimientos de la economía. Es decir, un gobierno puede estar corrigiendo desequilibrios profundos, ordenando las cuentas públicas, recuperando la confianza, generando condiciones para la inversión y construyendo las bases de un crecimiento sostenible. Pero si todo eso todavía no se traduce en una mejora palpable de los ingresos de la gente, corre el riesgo de ser castigado electoralmente. Si esa interpretación es correcta, América Latina tiene un problema enorme. Y la Argentina, uno todavía mayor.

No estoy queriendo decir con esto que el gobierno de Lula sea un dechado de bondades. Al contrario, creo que la orientación geopolítica de Brasil -con la vision de Lula- supone un problema muy severo respecto de los problemas que el mundo está enfrentando hoy, que pueden no tener que ver directamente con cuánto paga el consumidor por una botella de leche en el supermercado, sino con cuestiones que -aunque no afecten de manera directa ese item aun- están generando condiciones para que el ciudadano quede esclavo de cuestiones muchos más graves que el precio de un producto en un futuro más cercano que lejano.

Pero si por toda conclusion de lo que fueron los resultados en Brasil ayer vamos a decir que el pueblo castigó a Lula porque, más allá de que la economía del país aparezca sólida (el Banco Central brasileño acumula reservas por 450 mil millones de dólares y la paridad cambiaria es estable hace por lo menos 3 años), “el ciudadano no ve reflejado en sus bolsillos las mieles de esa bonanza”, creo que estamos en serios problemas. Repito, con muchísima más razón en la Argentina.

Porque nuestro país no necesita simplemente mejorar una economía que funciona mal. Necesita reconstruir una economía que durante décadas fue deteriorada por políticas que privilegiaron el consumo presente sobre la generación de riqueza, el déficit sobre el equilibrio y la solución inmediata sobre la construcción del futuro. Y reconstruir lleva tiempo.

Hay una imagen muy sencilla que no por vieja y por ser súper utilizada ha perdido fortaleza para entender esta simpleza: construir un edificio puede llevar años: hay que hacer los cimientos, levantar las estructuras, colocar instalaciones, paredes, pisos y techos. Para destruirlo, en cambio, pueden alcanzar unos pocos explosivos correctamente colocados. En segundos desaparece lo que llevó años construir.

El problema aparece cuando una sociedad pretende que la reconstrucción ocurra a la misma velocidad que la destrucción. Eso es imposible. Ningún gobierno puede reparar en meses lo que fue destruido durante décadas. Y mucho menos puede hacerlo si, cada vez que los resultados no aparecen inmediatamente en los bolsillos, el electorado decide cambiar nuevamente de rumbo.

El populismo tiene precisamente esa ventaja perversa: promete beneficios inmediatos y deja para después el costo de financiarlos. La reconstrucción funciona al revés. Primero hay que ordenar, corregir, invertir y recuperar confianza. Después llegan, necesariamente con cierto retraso, los beneficios.

Eso no significa que un gobierno pueda pedir paciencia indefinidamente. También tiene la obligación de demostrar que el esfuerzo produce resultados y que existe un camino claro hacia una vida mejor. Pero hay una diferencia fundamental entre exigir resultados graduales y exigir milagros inmediatos. La Argentina debería entenderlo.

Recuperar una moneda, reconstruir el crédito, atraer inversiones, aumentar la productividad y volver a generar empleos de calidad no son operaciones que puedan resolverse de un día para otro. Mucho menos después de décadas de deterioro.

Si cada elección se transforma exclusivamente en un plebiscito sobre cuánto dinero hay hoy en el bolsillo, ningún programa de transformación profunda tendrá tiempo suficiente para consolidarse.

Y entonces quedaremos atrapados en el eterno péndulo latinoamericano: un gobierno destruye, otro intenta reconstruir, la sociedad se impacienta, cambia nuevamente de rumbo y vuelve a comenzar la destrucción. El corsi/recorsi inacabable: destruir, reconstruir, impacientarse, volver a destruir.

Si esa termina siendo nuestra lógica política, el problema ya no será solamente económico. Será cultural. Tal vez tengamos que aprender algo elemental: no se puede exigir que la reconstrucción de un país demore lo mismo que demoró su destrucción. Construir un edificio lleva años. Derribarlo puede llevar diez segundos. No existe arquitecto capaz de levantarlo en diez segundos.

Tampoco existe gobierno capaz de hacerlo. Por eso, quizá la pregunta que deberíamos hacernos antes de cada elección no sea solamente si nuestro bolsillo está mejor hoy. Deberíamos preguntarnos algo mucho más importante: ¿Estamos construyendo algo que pueda durar? Porque si la respuesta es sí, tal vez tengamos que aprender a esperar. Y, sobre todo, a no volver a demoler el edificio antes de que termine de construirse.

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