OPINIÓN
La pregunta no es solamente si puede volver. La verdadera pregunta es qué significaría que volviera
Por Carlos Mira
La sola posibilidad de un regreso de Mauricio Macri abre una discusión mucho más profunda que la simple especulación electoral. La pregunta no es solamente si puede volver. La verdadera pregunta es qué significaría que volviera.
Porque si el experimento de Javier Milei terminara empujando nuevamente al escenario a cualquiera de sus antecesores, eso sería, antes que nada, una prueba de fracaso. El fracaso de una promesa que nació precisamente para romper con todo lo anterior. Si después de tanta épica anti-casta, de tanta demolición verbal del pasado y de tanta promesa refundacional, la Argentina terminara recurriendo otra vez a dirigentes ya conocidos, quedaría demostrado que la revolución libertaria no consiguió consolidar un nuevo liderazgo histórico capaz de reemplazar a la vieja política.
Pero si el que regresara fuera Macri, el fenómeno tendría un matiz distinto. Porque en ese caso podría significar algo que la Argentina nunca terminó de aprender: la diferencia entre las ideas y las personas; entre el rumbo y los métodos; entre los objetivos y la manera de alcanzarlos.
Ese sería el único escenario intelectualmente interesante detrás de un eventual regreso del expresidente. Una sociedad diciendo algo parecido a esto: “Queremos iniciativa privada. Queremos derechos individuales acompañados de responsabilidades individuales. Queremos pertenecer a Occidente. Queremos una sociedad libre. Pero la forma en que Milei intentó llevar adelante esas ideas no nos gustó”.
Si eso ocurriera, entonces sí habría un aprendizaje político real. Porque implicaría que una parte importante de la sociedad dejó de votar emocionalmente para empezar a discernir conceptualmente. Que entendió que el problema no necesariamente estaba en las ideas liberales o republicanas, sino quizás en el temperamento, en los modos, en la administración del poder o en la construcción política utilizada para implementarlas.
En otras palabras: Macri solo podría volver como consecuencia de una maduración colectiva. No como nostalgia. No como desesperación. No como “el menos malo”. Sino como una reinterpretación del fracaso mileísta sin abandonar el rumbo filosófico general que una mayoría social parecía haber respaldado en 2023.
Ahora bien: si ese aprendizaje no ocurrió, entonces la sola candidatura de Macri —o una profundización de las desavenencias entre el PRO y La Libertad Avanza— podría convertirse exactamente en lo contrario: un nuevo capítulo del viejo suicidio político no peronista.
Porque si el electorado sigue atrapado en la lógica pendular que históricamente destruyó toda posibilidad de estabilidad argentina, una fractura entre el PRO y LLA serviría únicamente para dividir el voto de quienes, con distintos matices, rechazan al peronismo. Y ahí aparece otra pregunta todavía más inquietante: ¿qué peronismo volvería?
¿El de Axel Kicillof? ¿El de Cristina Fernández de Kirchner y La Cámpora? ¿O el de los gobernadores moderados como Marcelo Orrego, Martín Llaryora o dirigentes dialoguistas del interior?
La experiencia histórica argentina aconseja no subestimar jamás la capacidad camaleónica del peronismo. El peronismo ha demostrado durante décadas que es capaz de mutar ideológicamente, de negar sus propias definiciones y hasta de unir facciones aparentemente incompatibles con tal de recuperar el poder. Pensar que sectores hoy irreconciliables no podrían convivir mañana dentro de una misma estructura sería desconocer completamente la naturaleza del movimiento.
Sin embargo, esta vez aparece un elemento novedoso. Por primera vez en mucho tiempo existe dentro del propio peronismo una fractura auténtica, profunda y difícil de disimular alrededor de una pregunta extremadamente concreta: qué hacer con un eventual indulto a Cristina Kirchner si el peronismo regresara al poder.
Y esa discusión no es menor. Porque introduce dentro de la principal oposición una tensión parecida a la que hoy atraviesa al propio oficialismo: una tendencia autodestructiva, una compulsión a dispararse en los pies aun cuando el escenario político parece favorable.
Finalmente, por encima de todos los dirigentes, está la sociedad argentina. Una sociedad que, lamentablemente, ya ha dado demasiadas muestras de sentirse cómoda saltando de extremo a extremo, como si en ese movimiento irracional fuera a encontrar finalmente la paz y la estabilidad que nunca logra construir.
La Argentina parece enamorada del vértigo. Del péndulo. Del maximalismo. De la demolición permanente del presente en nombre de una ilusión futura que nunca termina de llegar.
Y acaso la pregunta más incómoda de todas sea precisamente esa: si los argentinos realmente quieren vivir en paz. Porque después de décadas de repetir exactamente los mismos ciclos de entusiasmo, fanatismo, decepción y destrucción, la duda ya no resulta exagerada. Resulta inevitable.
The Post

Comentarios
Publicar un comentario