EL INCREÍBLE PEDROSÁNCHE GANÓ PASAPALABRA

OPINIÓN

Una quilmeña ganó 2,7 millones en la televisión española, agradeció a la educación pública y terminó atrapada en la grieta de un país donde ya nadie le cree nada al presidente

Por Osvaldo Bazán

No ustedes, que son gente normal, pero yo me pasé el último año y medio viendo varias de las emisiones de Pasapalabra. No, no del Pasapalabra argentino, porque desde que participé y perdí con Mercedes Ninci ya no puedo verlo, más aún cuando me vuelve al cuerpo la sensación de no haber podido recordar el nombre de «Gabriel Batistuta».

No, estoy hablando del Pasapalabra español, que Flow difunde en la señal Antena 3 dos veces por día y que, mire usted por dónde, me ha permitido ver el futuro de España con una claridad que ni siguiendo a 20 analistas.

¿Por qué?

Pasen, siéntense, que total es sábado y empieza el fin de semana.

Ahí venía siguiendo la performance de Manu, el participante con su boquita de fresa, sus ojos de androide y sus movimientos de Chirolita (googleen, mocosos). Una de las grandes sorpresas del final del Pasapalabra español no fue sólo que la participante ganadora, Rosa Rodríguez, había nacido en Argentina, sino que Manu tenía novia, no era gay, cosa que podría haber apostado desde acá y que confirma que no es cierto eso de que ojo de loca no se equivoca. En fin, que Manu era una máquina de contestar cosas imposibles y venía superando rivales sin parar —Inma, Vicky, Javi, que no le duró nada, hasta el reciclado Nacho, que tenía experiencia—: a todos los pasó como postes caídos en el campo.

Un afluente de un afluente del Orinoco, Manu lo sabía.

El asistente de dirección de una película nominada —no ganadora— al Oscar en 1956, Manu lo sabía.

El nombre que tenía el primer botón de la capa de un capellán en la Edad Media, Manu lo sabía.

El nivel de preguntas del Pasapalabra español es imposible.

Los participantes se preparan con apps especiales durante años no para el programa, sino para tener la posibilidad de presentarse al casting del programa.

Un solo dato habla de lo obsesivos que son: aprenden de memoria el diccionario de la RAE.

¿Alguien puede imaginarlo?

Bueno, lo aprenden, lo saben y lo contestan cuando les dicen la primera letra, en el «rosco» final.

El rosco es un redondel que enmarca la cara del participante con las 25 letras del abecedario que deben ir contestando una a una. El que lo complete se lleva el pozo («bote», dicen los españoles) que se fue acumulando programa a programa.

El 18 de noviembre del ’24 Manu enfrenta por primera vez a Rosa Rodríguez, una quilmeña que nació el 18 de octubre del ’98 y que a los siete años se mudó con sus padres (su padre es gallego) a España. Rosa es filóloga inglesa, tiene tres másteres: en lingüística, en Educación Secundaria y en español como lengua extranjera. Es docente universitaria y enseña español para extranjeros.

Rosa —y esto se ha convertido en noticia internacional— ganó el 5 de febrero ante casi cuatro millones de espectadores el «rosco», todas las letras. Oficialmente, como anunciaban los enormes carteles que son parte de la escenografía del programa, 2.716.000 euros.

¡2.716.000 euros!

Una ganga, si se tiene en cuenta que, según la Fiscalía Anticorrupción española, los beneficios conseguidos por la banda del exministro de Transporte José Luis Ábalos (ahora en prisión) en contratos directos rondan los 15 millones de euros.

Pero bueno, Rosa es filóloga, no ministra.

Ahora bien, acá viene el tema.

El premio total es de 2.716.000 euros, pero por impuestos totales (entre nacionales y provinciales –es «autonómicos», pero para simplificar–) tuvo que pagar 1.260.000 euros.

Lo que le quedó a Rosa fueron unos 1.450.000 euros.

Después de la euforia lógica, después de la alegría de esa noche, vino la andanada de entrevistas. La llamaron Clarín, La Nación, C5N, Radio Mitre. En todas las notas lució un acento argentino que no se le había escapado desde noviembre del ’24, excepto el día en que ganó, hablando con su madre. Ahí, escuchando a la madre hablar en argentino, fue que, como dijo ella, «se le salió la cadena». Algo habitual en familias inmigrantes: en casa se habla «el idioma» natal; en la calle, el de la calle.

Pero no hay premio sin escándalo, y éste también lo tiene.

Cuando le preguntaron a Rosa, con intención de indignación, sobre casi la mitad del premio que se queda Hacienda, dijo que ella era quien era gracias a la educación pública y la salud pública; que estaba muy contenta de cómo ese dinero se había invertido en España y que gracias a esa inversión ella ahora podía ganar el premio; que por supuesto valoraba su trabajo, no era humilde: estudiar durante cinco años, a veces hasta 14 horas por día, no es poco, pero que eso fue posible por el contexto en el que creció, por la dedicación de su familia y porque el Estado le facilitó estudio y salud.

En tiempos normales, es una declaración normal.

Quizás el 49% que pagó sea excesivo, sí, pero en todo caso fue útil. Obviamente, no estaba hablando de la España actual, en donde un descarrilamiento por falta de cuidado del ministerio ahora acusado de desfalco produce 48 muertes, ni de las carreteras que hacen que por primera vez los europeos españoles aprendan el verdadero significado de la palabra «bache». Estaba hablando de esa España que permitió que ella fuera quien es. Y, seguramente, estaba recordando una Argentina en donde eso no pasa, en donde la carga impositiva es también enorme, pero la educación pública vive en crisis y la salud pública —con honrosas excepciones— también.

Rosa hablaba de una situación de normalidad: pagás impuestos que se usan en obras para mejorar tu vida.

Claro, el Gobierno español, en momentos en que tambalea su apoyo y ya ha decidido tomar el inequívoco rumbo de los tomates, vio en Rosa una oportunidad de decir «¿ven, ven que tenemos razón con el tema de los impuestos?». Nada dijeron de desfalcos ni ministros presos ni muertos de los trenes.

Y salieron en masa a apuntalar las palabras de Rosa, como si hoy todos los españoles tuvieran las oportunidades que tuvo ella. De hecho, si hoy para estudiar tuvieran que tomar el AVE, el ex tren de «alta velocidad», ya no podrían hacerlo, porque recién después de la tragedia empezaron a controlar las vías y constataron que no estaban en condiciones no ya de «alta», ni siquiera de «velocidad».

Como pasa en tiempos de grieta, y sin que Rosa dijera más que lo que dijo, pasó a entrar en el medio del quilombo.

Los del PSOE y la izquierda, aupándola como si Rosa en lugar de Quilmes fuera de Luxemburgo.

Todos los demás, denunciando conspiraciones interplanetarias. Es obvio para ellos que a Rosa le pasaron las preguntas para que lanzara sus elogios al sistema tributario. Ahí está la película Quiz Show, de Robert Redford, con John Turturro y Ralph Fiennes como ejemplo clarito.

Hay incluso una teoría dando vueltas por las redes que desvela «la terrible verdad detrás de Manu y Rosa y el bote de Pasapalabra«:

El análisis posterior revela que la victoria coincidió con un punto estadísticamente improbable: T+00:43:18 desde inicio del programa. El otro concursante, registrado como Manu, no era humano biológico. Era un androide de interacción social diseñado para modular microdecisiones cognitivas en audiencias masivas. Objetivo: provocar la aceptación emocional de un mensaje económico emitido inmediatamente después del premio. -Arquitectura del androide MN-U/3 («Manu»). Serie: Empathic Interface Unit Propósito declarado: pruebas de televisión adaptativa Propósito real: predicción y conducción de estados colectivos Componentes relevantes: Módulo NLC-Predictor, Predicción de respuesta emocional en 4,2 millones de espectadores Delay Engine, ajuste de tiempos de respuesta en conversación Failure Simulation, simulación creíble de error humano Audience Mirror, retroalimentación basada en latencia de aplausos El androide no debía ganar. Su tarea era calcular el instante óptimo para perder.

Es cierto, la cara de Manu durante el programa (no en las entrevistas posteriores; en el popular programa El Hormiguero, por ejemplo, pareció simpático, divertido y hasta casi persona, cuando contó que va a pasar más tiempo con su novia Lola) ayudaba a pensar en una especie de «androide humano no biológico».

Pero, principalmente, los españoles ya saben que el Pedrosánche es capaz de cualquier cosa. Porque ya lo vieron hacer cualquier cosa. Porque su instinto de poder es más fuerte que cualquier barrera, no ya política, sino moral y también legal.

Entonces, que haya inventado con tres años de anticipación que una concursante de un programa televisivo gane para apoyar sus políticas les suena convincente.

Lo paradójico es que nadie como el PSOE actual y el Pedrosánche hizo más para empujar la teoría de los bulos (las fake news). Instalaron la desconfianza absoluta en todo, pusieron en duda verdades irrefutables. En este caso de los ferrocarriles, por ejemplo, el actual ministro de Transporte salió a decir que habían hecho una revisación integral de las vías en el trayecto donde fue la tragedia. Cuando los técnicos comprobaron que no, que unas soldaduras no habían sido revisadas, salió lo más orondo a decir «una revisación integral no quiere decir que se revise cada elemento de la vía, quiere decir que se revisó de punta a punta».

Y así, con medias verdades, medias mentiras, ocultando el sol con un dedo, diciendo todo el tiempo que lo que ves no es lo que ves, el Gobierno español se ganó la desconfianza total hasta convertirse en un gran bulo.

El Gobierno español hoy es una gran fake news.

Entonces, desconfiarle es una regla.

Cuando hace casi dos años Óscar Díaz ganó el concurso anterior, el «bote» era de 1.816.000 euros y por impuestos pagó 826.280 euros. Le quedaron 989.720 euros. En aquel momento, el grandote de Óscar (un oso enorme cuya profesión era ¡marketing y publicidad de torneos de golf!) hizo declaraciones casi idénticas a las que hizo Rosa ahora. Que él había estudiado mucho, pero que solo no hubiera podido, que la educación y salud pública lo habían ayudado y que, bueno, si el dinero de los impuestos iba para ahí, todo bien, él estaba contento.

Sin embargo, en aquella circunstancia, nadie habló de campaña del Gobierno.

La credibilidad de Pedrosánche todavía no estaba tan derruida. Hoy, sólo dos años después, Pedrosánche es increíble.

Ya nadie le cree nada.

Ni siquiera que estudiando cinco años al menos 10 horas diarias, una filóloga con tres másteres pueda ganar un concurso de televisión.

Revista Seúl




Comentarios